A la fiesta de la Presentación del Señor, con la reforma litúrgica auspiciada por el Concilio Vaticano II, se le cambió el antiguo nombre que tenía de “la purificación de la Madre de Dios”.

En la antigua liturgia se insistía en el texto de Lucas que dice: “Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés”. Ahora la llamamos la Fiesta de la Presentación del Señor Jesús y se pone de relieve el texto del evangelio que dice: “Llevaron al niño a Jerusalén para ofrecerlo al Señor como está escrito en la Ley del Señor”.

La Presentación del Señor nos recuerda a Cristo que es la luz del mundo. Hoy se bendicen las velas que llevamos a las casas y las tenemos para los momentos difíciles que no necesariamente son terremotos.

La luz de Cristo debe iluminarnos en todos los momentos de la vida, especialmente en los momentos oscuros que como humanos siempre podemos tener, en todas las tempestades de la vida. Esa vela, esa candela, es símbolo de Cristo y de su luz.

También, al consumirse, es símbolo de sacrificio. Se quema la cera, pero se convierte en luz. Cristo con su sacrificio también ilumina. A través de la fiesta de la presentación del Señor, también nosotros podemos transformar esos pequeños sacrificios que hacemos en luz que nos conforta y nos ilumina.

En la fiesta de la Presentación del Señor, celebramos un misterio de la vida de Cristo. Este misterio está vinculado al precepto de la ley de Moisés que prescribía a los padres, cuarenta días después del nacimiento del primogénito, que subieran al templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (Cfr. Ex 13, 1-2. 11-16; Lv 12, 1-8).

Ahondando un poco en este texto, llegamos a comprender que es el mismo Dios quien presenta a su Hijo a todas las naciones, bajo la acción del Espíritu Santo que se le revela al anciano Simeón y a la profetiza Ana.

Simeón proclama que Jesús es la salvación de la humanidad, la luz de todas las naciones y signo de contradicción, porque desvelará las intenciones de los corazones (Cfr. Lc 2, 29-35).

En esta revelación maravillosa de la presentación del Señor, Cristo quiere hacerse presente hoy en nuestras vidas, quiere que le acojamos. El Espíritu Santo mora en nosotros, como en Simeón y Ana, para que podamos “ver al Salvador, a la luz que alumbra a todas las naciones”.

Qué maravilla si a lo largo de cada día, nuestra fe descubriera al Señor en cada hermano que se acerca, en cada situación y acontecer.
Algo extraordinario que se da en lo ordinario ocurre en la Fiesta de la Presentación del Señor. Entonces, el abrazo definitivo con él, podremos esperarlo en paz también nosotros para que se presente en nuestros corazones.

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