LA BARCA FUERTE DE LA IGLESIA – NO TENER MIEDO

«Soy yo, no tengan miedo»

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Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Sábado 17 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 60
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL SÁBADO DE LA SEMANA II DE PASCUA
Vieron a Jesús caminando sobre las aguas.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 6, 16-21
Al atardecer del día de la multiplicación de los panes, los discípulos de Jesús bajaron al lago, se embarcaron y empezaron a atravesar hacia Cafarnaúm. Ya había caído la noche y Jesús todavía no los había alcanzado. Soplaba un viento fuerte y las aguas del lago se iban encrespando.
Cuando habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús caminando sobre las aguas, acercándose a la barca, y se asustaron. Pero él les dijo: “Soy yo, no tengan miedo”. Ellos quisieron recogerlo a bordo y rápidamente la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: con toda seguridad un buen conocedor de la historia de la Iglesia puede entender mejor el mensaje de este pasaje del Evangelio. Tu Iglesia, Jesús, ha sufrido en estos 2000 años muchas tormentas, muchos vientos fuertes y olas encrespadas. Y el momento actual lo sigue padeciendo.
Por eso quisiste dejarnos esa lección con la barca de Pedro. Y sigues diciéndonos, una vez y otra, “¡ánimo! Soy yo; no teman”. Es una forma de decirnos que todas esas tormentas tú las permites, por alguna razón, y sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán contra tu esposa, la Iglesia.
Nosotros, los sacerdotes, nos damos cuenta de que, en medio de las tormentas, nos corresponde remar muy unidos, mar adentro, para echar las redes en tu nombre, bajo la guía de Pedro, quien nos conduce a puerto seguro, mirando a la estrella, mirando a María. Esa es nuestra misión, nuestra responsabilidad.
Y es normal que las personas consideren que lo que dice o hace un sacerdote, es lo que dice o hace la Iglesia. La representamos, en función de nuestro ministerio. Por tanto, nuestra responsabilidad es grande, porque la Iglesia no tiene mancha ni arruga.
Jesús, ¿cómo esperas que tus sacerdotes amemos a tu Iglesia, con obras y de verdad?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: te quiero para mí. Eres mío.
Aunque los vientos sean fuertes y la tribulación te inquiete, aunque otros tengan miedo y no puedan encontrarme, aunque en el mundo haya tanto ruido, tú, amigo mío, permanece aquí, humíllate ante el mundo y permanece de rodillas ante mí.
De ti quiero paciencia, obediencia, humildad, confianza, abandono.
De ti quiero prudencia, fortaleza, templanza, justicia.
De ti quiero tu amor, expresado en el perfeccionamiento de la virtud, que se consigue en el silencio y en la soledad de un alma compartida, en unidad conmigo.
Amigo mío, aun en medio de tormentas y vientos fuertes, aun en medio de grandes olas, mi barca es segura.
Dentro de mi Iglesia hay hombres muy ocupados, que construyen. Yo soy Cristo que pasa, pero no me ven, tienen miedo y se tambalean, y el viento fuerte y las tormentas destruyen lo que ellos construyen.
También hay otros hombres que trabajan y construyen, y a pesar de los vientos fuertes y los temblores de la tierra, oran, predican y confían. Y al pasar me ven y me siguen. Entonces los vientos cesan, y ni un solo pilar es destruido, porque están construyendo sobre roca.
Las obras que quiero son de misericordia, pero veo cómo discuten entre ustedes, todos quieren hacer, y critican y juzgan al que parece hacer menos, pero que hace lo más importante: buscarme, encontrarme, ir a mi encuentro, para llevar a los demás a mí.
Porque el que me busca me encuentra, y al que me encuentra y permanece conmigo no le falta nada.
Pero están tan ocupados, activos, trabajando y luchando, remando contra viento y marea, para cubrir sus necesidades humanas, que descuidan lo más importante. Entonces construyen sobre arena, y llega el viento y lo destruye.
Y están tan ocupados trabajando con sus manos que no se dan cuenta de lo poco que pueden lograr con sus propias fuerzas, y al primer viento todo se destruye, y ustedes mismos tiemblan, y no llegan a ningún lado, porque no están remando juntos, y no confían en la seguridad de mi barca.
Entonces no obedecen y no se ciñen a quien los dirige a puerto seguro, porque tienen miedo, pero les falta temor de Dios.
No tengan miedo, yo soy Cristo que pasa.
Se preocupan y se agitan por muchas cosas, cuando sólo hay necesidad de una sola. Al que escoge la mejor parte, no le será quitada.
Permanezcan a mis pies, orando, amando, enjugando mis pies y curando mis heridas con sus lágrimas. Confíen en mí y abandónense en mis manos, abandonándose en las manos de mi Madre, para que los lleve en la seguridad de mi barca hacia tierra firme, hacia puerto seguro. Confíen en ella y confíen en mí.
Sigan caminando y no se preocupen. Miren las aves del cielo, ¿acaso no valen ustedes más que ellas? Miren los lirios del campo, que Dios los viste y crecen sin fatigarse.
Perseveren en la fe, y todo lo demás se les dará por añadidura.
Ahí tienen a su Madre ¿Tienen necesidad de alguna otra cosa?».

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Madre de la Iglesia, Estrella del Mar: nos da mucha seguridad poder acudir a tus brazos maternales en momentos de dificultad, de vientos contrarios que se nos presentan en la vida. Qué pena que nos entre miedo cuando nos damos cuenta de que es el mismo Jesús el que no sólo permite eso, sino que se hace presente y nos pide algo que cuesta.
Ayúdanos a crecer en confianza en Jesús, para que podamos mantenernos seguros en la barca de Pedro, dando testimonio con nuestro ejemplo, conscientes también de que para el pueblo de Dios nosotros mismos somos Cristo que pasa a su lado, llevándoles la alegría y la paz con nuestra oración y la predicación de la Palabra.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: yo soy Madre de Cristo, que es la roca.
Él es la piedra angular.
Yo soy Madre de la Iglesia.
Es Pedro la piedra sobre la que se construye la Iglesia, y las puertas del hades no prevalecerán sobre ella.
A pesar de los fuertes vientos, de los temblores y la tribulación, la Iglesia se mantendrá firme y nunca será destruida, porque la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular, y los nuevos constructores construyen sobre cimientos firmes.
Permanezcan unidos al Papa, unidos a mí, para que permanezcan en la seguridad, que es Cristo.
Ustedes tienen miedo, porque, aunque están en una barca fuerte, no se sienten seguros, y los azota el viento, y las olas son grandes, y la obscuridad no los deja ver.
Y siguen remando, confiando en sus pocas fuerzas.
Cristo está con ustedes, pero no lo quieren ver, porque no quieren encontrarlo; no se quieren comprometer, no quieren confiar, les falta fe, les falta voluntad, tienen miedo a la disposición del corazón y al sufrimiento.
No se dan cuenta de que el que camina sobre las olas no es un fantasma, es Cristo.
No se dan cuenta de que ustedes mismos son quienes deben caminar con fe sobre las olas, para conducir la barca y darle seguridad a los que están en ella. La barca es la Iglesia. Los que van dentro son el pueblo de Dios, y ustedes no son fantasmas, son Cristo.
No se dan cuenta de que ustedes son los pilares y los constructores de la Iglesia.
No se dan cuenta de que ustedes son los que reúnen al pueblo en un solo pueblo santo, en una misma barca, en una sola Iglesia, que no puede ser destruida a pesar de los fuertes vientos, y que ustedes son en quien Dios confía para mantener la unidad, la confianza, la seguridad, la calma y la paz.
No se dan cuenta de que yo ruego por ustedes para que se abran a la gracia, para que abran los ojos, para que vean la luz, para que reciban la luz y sean ustedes la luz que disipa la obscuridad y el miedo, porque los hombres encuentran y reconocen en ustedes mismos a Cristo, cuando ustedes tienen fe y caminan sobre las aguas turbulentas, para llevar con la fe, en la Palabra y la oración, la seguridad, la confianza, la alegría, la paz y la calma de Cristo al mundo, para que el mundo lo vea, para que lo reconozca, para que no tenga miedo de permanecer en la barca, sabiendo que navega hacia puerto seguro».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – NO TENER MIEDO
«Soy yo, no teman».
Eso dice Jesús.
Y te recuerda que es Él, y no tú, quien sostiene a la Iglesia, sacerdote, y el Hades no prevalecerá sobre ella, porque el demonio no tiene sobre tu Señor ningún poder.
Tu Señor te da la paz y la calma en medio de la obscuridad, de la tormenta, de los vientos fuertes y de los tiempos difíciles. Te sostiene y cuida a tu esposa, la Santa Iglesia, y te pide que lo ayudes.
La Iglesia te necesita, sacerdote.
Necesita tu fe, tu esperanza, pero sobre todo tu amor, para que la sirvas, para que la cuides, para que la protejas, para que la proveas, para que en ella reúnas al pueblo santo de Dios en un solo rebaño y con un solo Pastor.
La Iglesia es madre. Y tú, sacerdote, estás desposado con ella, y te hace padre de los hijos de la Santa Iglesia, para que los enseñes, para que los gobiernes, para que los alimentes con la Palabra y con la Santa Eucaristía, que es el Cuerpo y la Sangre de tu Señor.
Tu Señor te dice: “no temas, yo soy”, y tú, sacerdote, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué le temes? ¿De qué te angustias?
Confía y abandónate a la voluntad de tu Señor, no con miedo, sino con santo temor de Dios, para que temas, no a los fantasmas, sino al Cuerpo y a la Sangre de tu Señor, con temor divino, por el que busques agradar y servir a su Divina Majestad.
Permanece, sacerdote, en la seguridad de la Barca que es la Santa Iglesia, y dale a tus hijos la tranquilidad de que navegas hacia puerto seguro, porque tu Señor es y está presente en cuerpo, en sangre, en alma, en divinidad, en presencia viva, en la Eucaristía.
Tú eres, sacerdote, quien representa a la divinidad de tu Señor, en cuerpo, en sangre, y en alma, en presencia viva, para darle a su pueblo seguridadtranquilidadcalma y paz, a través de la fe y de los sacramentos.
Permanece atento, sacerdote, no te quedes dormido, para que no dejes de brillar, para que ilumines el camino en medio de la obscuridad del mundo, para que en ti vean a tu Señor que viene a su encuentro, que les lleva auxilio en medio del sufrimiento, del miedo, de la angustia, de la tempestad, de los vientos fuertes.
Confía, sacerdote en tu Señor, y en la Iglesia, escuchando y obedeciendo la palabra de Dios, respetando su ley, su doctrina y su Magisterio, entregando tu vida, practicando bien tu ministerio, buscando siempre a tu Señor cuando tengas miedo, cuando te sientas cansado, cuando te sientas débil, cuando te sorprendan las olas fuertes, y hagan tambalear tu fe, cuando la soledad te invada y hayas perdido el rumbo y no sepas regresar, mira la estrella, mira a María, y deja que ella sea tu guía, porque ella siempre te lleva a Jesús.
Nunca pierdas la esperanza, sacerdote. Deja todo, y abraza tu cruz con la alegría de saber que después de la noche hay un nuevo día. Pero aún, en medio de la obscuridad, y de la tempestad, permaneces seguro dentro de la Barca.
Y recurre a la oración para llamar a tu Señor, y a la consagración al Inmaculado Corazón de su Madre, y al rezo del Santo Rosario, para que veas la luz en medio de la obscuridad y creas.
Es Cristo que pasa, caminando sobre las aguas del mar de su misericordia, sobre el que flota la Barca de la salvación.
Tú eres, sacerdote, quien la lleva a puerto seguro.
Tú eres, sacerdote la luz del mundo.

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SACIAR A LA MULTITUD – ALIMENTAR CON LA EUCARISTÍA

«Jesús distribuyó el pan a los que estaban sentados, hasta que se saciaron»

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Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Viernes 16 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 59
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Dale al mundo, sacerdote, de comer, el Sacramento de tu fe, para que sacies su hambre y su sed, y anuncies con ellos la muerte de tu Señor, y proclamen su resurrección, hasta que vuelva».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL VIERNES DE LA SEMANA II DE PASCUA
Jesús distribuyó el pan a los que estaban sentados, hasta que se saciaron.
Del santo Evangelio según san Juan: 6, 1-15
En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto las señales milagrosas que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: “¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?”. Le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: “Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan”. Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?”. Jesús le respondió: “Díganle a la gente que se siente”. En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.
Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: “Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien”. Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos.
Entonces la gente, al ver la señal milagrosa que Jesús había hecho, decía: “Este es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo”. Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, él solo. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?»” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: la multitud quiere escucharte y recibir tu favor, de modo que no le importa quedarse sin comer. Pero a ti sí te importa alimentarlos, porque te da compasión esa muchedumbre.
Dice san Juan que pusiste a prueba a Felipe, preguntándole cómo comprarían el pan para darles de comer. Era una prueba de fe, porque Felipe debía intuir que tú ibas a hacer una de tus señales prodigiosas.
Aparece una pobre contribución, de cinco panes y dos pescados, y comienzas a dar instrucciones. Aquello debió ser complicado. Había que organizar bien las cosas para repartir aquel alimento. Se necesitaban muchos voluntarios, canastos… y mucha fe, porque iban a repartir un alimento que se multiplicaría en sus propias manos.
Y así fue, y sobraron doce canastos, para que nosotros, ahora, nos alimentemos también.
Señor: nosotros, tus sacerdotes, nos damos cuenta de que nos toca esa misión de alimentar a tu pueblo, sobre todo con tu Cuerpo y con tu Sangre, pero también con tu Palabra. Somos ministros que obedecen y somos ofrenda que se entrega por los demás: esos pocos panes y peces, que se multiplican por obra de tu poder.
Jesús, ¿cómo debe ser mi humildad, para que hagas conmigo tus prodigios?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido. Humíllate tú, al pie de mi Cruz, acompañando a mi Madre, para que seas enaltecido conmigo.
Mira mis ojos llenos de luz, pero enrojecidos de sangre.
Mira mi rostro desfigurado, con un semblante de dolor y agonía, tan cerca de ti, que puedes tocarlo.
Mírame en la Cruz, y mira a través de mis ojos.
Mira lo que yo veo.
Yo veo a mi Madre, fuerte, de pie, dispuesta, entregada, valiente, firme en la fe, llena de esperanza, entregándose por amor como ofrenda en el sacrificio del Hijo que cuelga de la Cruz, y que se entrega a la muerte, pero que lo abraza en el que está junto a ella lleno de vida.
Yo veo una multitud hambrienta y necesitada, que ha puesto su esperanza en mí, buscando la misericordia de Dios, y se han humillado, porque han creído y han confiado en mí. Pero el mundo me ha despreciado, y me ha desechado, y se han quedado sin mí, sin esperanza, vacíos, sin nada.
Yo veo la esperanza en mi Madre y en mi discípulo amado, dispuestos a ser ofrenda conmigo.
Yo veo en ellos la humillación, haciéndose parte conmigo, para ser despreciados y desechados del mundo, para salvar a los hombres.
Yo veo en ellos cinco panes y dos pescados, para saciar a los que crean en mí, y aun después llenar doce canastos.
Yo veo en esta entrega la fe, la esperanza y la caridad de una Madre que me sostiene en esta Cruz, humillada por el mundo, suplicando compasión y misericordia al Padre para el Hijo.
Yo veo esa humillación enaltecida en Dios, que es compasivo y misericordioso, que acepta la ofrenda y la multiplica en gracias y en dones a través del discípulo, para que el Hijo permanezca para saciar a los que creen y confían en Él, y que nunca queden defraudados.
Yo veo un discípulo junto a mi Madre, que obedece y se queda con ella y la lleva a vivir a su casa, llenándose del Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen, porque el Espíritu Santo está con ella.
He aquí a tu Madre, para que la lleves a vivir a tu casa, para que se quede contigo, y te llene del Espíritu Santo, para que por tu fe abraces la cruz que es tu ministerio, y te subas en ella, y perseveres hasta el final, mientras mi Madre te sostiene, para que cumplas tu misión como Cristo en el mundo, sirviendo y alimentando al mundo con fe, con esperanza y con amor, haciéndote ofrenda conmigo, participando en mi sacrificio, para la salvación de los que creen y confían en mí.
Permanece en silencio, pero con valor, como mi Madre, al pie de la Cruz, cumpliendo tu misión, reunido con mi Madre, para que por ella seas lleno del Espíritu Santo, para que cumplas tu misión en la cruz de tu ministerio, con alegría y con valor, para saciar a la multitud que tiene hambre y tiene sed, que está cansada, pero que permanecen, porque creen en mí y confían en mí.
Yo veo a mi Madre abrazando en el discípulo al Cristo resucitado, que se queda para saciar al pueblo y que nadie se vea defraudado.
Yo veo las puertas del cielo que se abren por mí, y se mantienen abiertas por cada uno de mis sacerdotes.
Pero yo les advierto: ¡ay de ustedes los hipócritas que cierran a los hombres las puertas del Reino de los Cielos, porque ustedes no entran, pero no dejan entrar a los que quieren entrar!
¡Ay de aquellos que no reparten los cinco panes y los dos pescados que yo les he dado, porque en ustedes he confiado, y descuidan lo más importante que es la justicia, la misericordia y la fe!
¡Ay de aquellos hipócritas que purifican por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de inmundicia y suciedad! Que purifiquen primero la copa por dentro, para que también por fuera quede pura.
Yo envío profetas a los sabios y a los hipócritas, pero a algunos los matan, a otros los persiguen y los azotan. Cuantas veces he querido reunir a los hijos de mi pueblo como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no han querido. He aquí a tu madre, he aquí a tu hijo. El que tenga oídos, que oiga.
Con mi brazo reúno a todas las naciones, y con mi poder humillo a los que se enaltecen, y enaltezco a los que se humillan. Los que se enaltecen son hipócritas porque por su soberbia han conservado la luz para brillar ellos mismos, mientras el mundo permanece en tinieblas. Los que se humillan son los que han perseverado en la cruz cumpliendo su misión, y que han llevado con sus dones la luz al mundo y han dado mucho fruto, porque el Espíritu Santo está con ellos.
Yo he vencido al mundo, porque no hay nada imposible para Dios.
Acompaña a mi Madre al pie de mi Cruz, para que no digas: soy solo un muchacho. Porque a donde quiera que yo te envíe tu irás, y todo lo que te mande dirás, para que cumplas con tu misión y seas ejemplo, para que otros hagan lo mismo: acepten a la Madre como hijos, y se queden con ella, para que sean llenos del Espíritu Santo y venzan conmigo al mundo».

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Madre nuestra: tú siempre estás pendiente de nosotros para darnos lo que nos hace falta. Y, como buena madre, nos das el alimento necesario, para el cuerpo y para el alma. Contigo vamos siempre seguros. Te agradecemos tu compañía. Ayúdanos a corresponder.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: yo siempre cumplo los deseos de mi Hijo.
Yo quiero reunirlos a ustedes como una gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas, para protegerlos, para cuidarlos, para darles de comer, para guiarlos en el camino y que nunca se pierdan.
Permanezcan conmigo, para que sean llenos del Espíritu Santo, que siempre está conmigo, para que, fortalecidos en la fe y en el amor, alcancen la esperanza de mi auxilio, para que sean reunidos bajo mis alas y obtengan la protección de mi manto.
Yo intercedo por ustedes.
Para que se humillen.
Para que sean obedientes, y me acepten como madre al pie de la cruz.
Para que me lleven a su casa y se queden conmigo.
Para que Dios, que es compasivo y misericordioso, derrame sobre ustedes su Santo Espíritu, que siempre está conmigo.
Para que los fortalezca y tengan el valor de tomar su cruz.
Para salir al mundo y dar testimonio de la misericordia derramada, por la que Cristo resucitado y vivo se queda y permanece en cada uno de ustedes.
Para que con su luz iluminen el mundo entero, llevando con compasión la fe, la esperanza y el amor.
Para que los que buscan la misericordia de Dios la encuentren en Cristo, en su Cruz y en su resurrección.
Para que los que están cansados vayan a Él y los haga descansar.
Para que los que tienen hambre sean saciados, porque todo el que cree en Él tiene vida eterna.
Lleven su testimonio al mundo con su palabra, para alimentarlos, porque no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Permanezcan en mi compañía, dispuestos a la voluntad de Dios, valientes y firmes en la fe, en la esperanza y en el amor, en un sí y en una humillación constante, para que Dios los mire y se haga en ustedes según su palabra, y su cruz sea la alegría de servir a Cristo, porque el Espíritu Santo está conmigo, y está con ustedes, y con todos los que me acompañan».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ALIMENTAR CON LA EUCARISTÍA
«El que les comunica el Espíritu y obra milagros entre ustedes, ¿lo hace por virtud de las obras de la ley, o por obediencia a la fe?» (Gal 3, 5)
Eso dicen las Escrituras, y es palabra de Dios que te cuestiona a ti, sacerdote, como discípulo, como apóstol, como pastor, como ministro, como siervo, como amigo, como hijo de Dios.
Y tú, sacerdote ¿qué respondes?
¿Sigues el ejemplo de tu Maestro y lo obedeces?
¿Vives de la fe?
¿Confías en tu Señor y en su poder?
¿Haces sus obras?
¿Das testimonio de tu fe?
¿Realizas los milagros de tu Señor con el poder de tus manos, y le das a su pueblo de comer?
Tu Señor es quien obra en ti, sacerdote, pero, tú eres quien predica su palabra para que crean en Él.
Míralos, y ten compasión, porque caminan como ovejas sin pastor.
Aliméntalas con el Cuerpo y la Sangre de tu Señor, y luego llena doce canastos con tu testimonio de fe, para que pase de generación en generación, y todos crean que la Eucaristía es un milagro patente. Es el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios crucificado y resucitado, y su presencia viva, real y substancial que da vida.
Por tanto, sacerdote, el pueblo de Dios depende de tu fe, de tus palabras y de tus obras. Ten compasión y dale de comer, y luego recoge las sobras, porque el que no recoge desparrama.
Reserva, sacerdote, con devoción y con verdadera adoración, el Santísimo Sacramento, y protégelo con tu vida, porque en Él está la vida, que es el centro de la fe, porque si tú no crees que tu Señor ha resucitado, vana es tu fe.
Pon en obra tu fe, sacerdote, y practica lo que predicasejerciendo tu ministerio santamenteamando al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Confía en el poder que Él te ha dado para darle vida al mundo, y entonces harás milagros, para que el mundo vea y crea que tú eres un verdadero profeta, enviado por Dios; cuando no te vean a ti, sino al Cristo que vive en ti, y que se hacen uno, al ofrecerte con Él en un único y eterno sacrificio: el Santo Sacramento del altar, que siendo tan solo un pan, se convierte en alimento de vida, y se multiplica, y contiene en sí todo un Dios en cada partícula, para darse como alimento, para saciar a su pueblo, reuniéndolos en un solo rebaño y con un solo Pastor.
Tú eres, sacerdote, testimonio de fe.
Tú eres el primero que debe de creer, para que el mundo crea, para que confirmes su fe, y no mueran, sino que tengan vida eterna.
Dales, sacerdote, de comer, el Sacramento de tu fe, para que sacies su hambre y su sed, y anuncies con ellos la muerte de tu Señor, y proclamen su resurrección, hasta que vuelva.
Obedece, sacerdote, a la fe, como tu Señor.

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EL TESORO DE LA FE – DAR TESTIMONIO CON LA PALABRA

«Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres»

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Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.

Jueves 15 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 58
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, portador de la palabra de Dios, con la que Él da testimonio de sí mismo. Con la que alimenta y salva, con la que reúne a su pueblo en un solo pueblo santo».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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PRIMERA LECTURA DEL JUEVES DE LA SEMANA II DE PASCUA
Nosotros somos testigos de lodo esto, y también lo es el Espíritu Santo.
Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 5, 27-33
En aquellos días, los guardias condujeron a los apóstoles ante el sanedrín, y el sumo sacerdote los reprendió, diciéndoles: “Les hemos prohibido enseñar en nombre de ese Jesús; sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas y quieren hacemos responsables de la sangre de ese hombre”.
Pedro y los otros apóstoles replicaron: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes dieron muerte colgándolo dela cruz. La mano de Dios lo exaltó y lo ha hecho jefe y salvador, para dar a Israel la gracia de la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de todo esto y también lo es el Espíritu Santo, que Dios ha dado a los que lo obedecen”. Esta respuesta los exasperó y decidieron matarlos. Palabra de Dios.

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EVANGELIO
El Padre ama a su Hijo y todo lo ha puesto en sus manos
+ Del santo Evangelio según san Juan: 3, 31-36
“El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque Dios le ha concedido sin medida su Espíritu.
El Padre ama a su hijo y todo lo ha puesto en sus manos. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que es rebelde al Hijo no verá la vida, porque la cólera divina perdura en contra de él”. Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: el que cree en el Hijo tiene vida eterna. Y el Hijo habla las palabras de Dios, da testimonio de lo que ha visto y oído.
Qué importante es la fe, para aceptar ese testimonio. La fe la da Dios al que dice sí a su palabra, al que está dispuesto a poner por obra esa fe, al que obedece a Dios antes que a los hombres. Tú me das y yo te doy. Y tú no te dejas ganar en generosidad: me das la vida eterna.
Es impresionante la actitud de los apóstoles, cuando les prohibían enseñar en tu nombre y, sabiendo que les costaría la vida, se mantuvieron firmes poniendo en primer lugar a Dios. Se sabían testigos, fortalecidos por la gracia de Dios y de la misión que se les había confiado, de llevar a Israel la gracia de la conversión y el perdón de los pecados.
Te pido Jesús, para mí, esa fortaleza para cumplir muy bien mi misión, para administrar con eficacia tu misericordia, para el perdón de los pecados.
Nuestra Madre Santa María dijo que sí porque estaba llena de gracia. Pero mantuvo su sí obedeciendo a Dios, siguiendo las mociones del Espíritu Santo, quien siempre estaba con ella.
Señor, hay muchos modos como el Espíritu Santo me dice lo que debo hacer, y soy consciente de que debo ser dócil, de que debo decirle que sí a todo. Además, no sólo me da sus luces para ver, con los ojos de la fe, sino también la gracia, para actuar, con la fuerza del amor.
Yo quiero dar testimonio de lo que he visto con la fe y de lo que le he oído al Espíritu de amor, para alcanzar la vida eterna. Ayúdame, Jesús.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: ven.
Escúchame, aunque no me veas.
Búscame, aunque no me encuentres.
Acércate al altar y mírame. Parece pan, y parece vino, pero es mi Cuerpo y es mi Sangre, es Eucaristía.
Permanece conmigo acompañando a mi Madre, recibiendo los dones y gracias que necesitas, porque el Espíritu Santo está con ella.
Dios le da el Espíritu Santo a los que me obedecen, para que den testimonio de mí.
Obedece obrando en la fe con misericordia, confiando en mí, y en que yo nunca te abandono, porque yo siempre estoy contigo, todos los días de tu vida, hasta el fin del mundo.
Hoy te hablaré del pecado, que no está fuera del hombre, que no entra por la boca, ni por el oído, ni por los ojos. Que sale de dentro del corazón del hombre, de la intención y de la voluntad.
Ustedes, mis sacerdotes, tienen el poder para perdonar, para limpiar, para retener o para reparar. Ustedes escuchan el pecado, ven el pecado, piensan el pecado, pero el pecado no sale por su boca, se queda, para repararlo con su sacrificio, con su oración.
Cuando esto no sucede, soy yo, amigos míos, quien borra los pecados con mi sacrificio».

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Virgen de Guadalupe: tú le diste a san Juan Diego un encargo, y le pediste que subiera al cerro a cortar rosas, fuera de lugar y tiempo; él obedeció, y Dios hizo, por su fe, lo que no ha hecho con ninguna otra nación.
Yo quiero también obedecer siempre, cumplir la voluntad de Dios, pero a veces, por mi fragilidad, no lo consigo. Ayúdame a dar un buen testimonio con mis obras de fe.
¿Qué debemos hacer nosotros para tener una fe fuerte, y colaborar así para que la luz de Cristo se irradie por todo el mundo? ¿Cómo debe luchar un sacerdote ante su propia fragilidad?
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijito mío, sacerdote: ven, te mostraré el tesoro de mi corazón que cuido especialmente, porque de este se enriquecen todos mis tesoros. Se llama fe.
Tus obras serán del tamaño de tu fe, pero ni tus obras ni tu fe son tuyas, son obras y gracias de Dios que Él te da y hace a través de ti, y de tu disposición a decir sí a cumplir la voluntad de Dios, y a recibir y a entregar el amor.
La fe es un tesoro que Dios regala a los hombres que dicen sí, en la disposición de aceptar y creer en Él, y en Jesucristo su amadísimo Hijo, para poner su confianza en Él. Disposición a escuchar su palabra, porque la fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo. Es en esa disposición del hombre en la que Dios hace su morada y permanece para obrar en él, y a través de él, para el bien de otros y de ellos mismos.
Ésta es la disposición que mi Hijo quiere encontrar en ti, para hacer su morada en ti, para que tu fe sirva para transmitir la confianza y la seguridad en lo que crees: que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.
El que cree en Jesucristo y cumple sus mandamientos tiene vida eterna. Eso es poner la fe por obras. Creer y obrar con misericordia, y con la fe, para dar testimonio del amor de Dios con su vida en medio del mundo.
Las obras que son de Dios implican un abandono total del hombre en sus manos, para que, por su fe, lo dejen obrar.
La verdadera fe implica amar a Dios por sobre todas las cosas y hacer su voluntad, cumpliendo sus mandamientos, amándolo a través del prójimo.
La verdadera fe implica generosidad y rechazo total al egoísmo, para poderse abandonar en Dios.
Yo te pido que te mantengas en la disposición de hacer la voluntad de Dios, porque es así como fortaleces tu fe, para que, con esta fe, des testimonio de lo que has visto, de lo que has oído, de lo que has vivido, de que Dios ha hecho morada en ti para que seas instrumento fidelísimo y dócil de su amor, a través de tu ministerio, en el que Él obra en ti y a través de ti.
Yo te pido, hijo mío, que tú creas que todo lo que eres es Jesucristo. Tú tienes una configuración total con Cristo Buen Pastor. El sacerdote se hace a Él del mismo modo que un alma que comulga en gracia se transforma en el cuerpo y en la sangre de Él, una sola alma, un solo corazón, un mismo espíritu, perfecta comunión. Pero para eso hace falta creer. Dios no pide nada que antes no les dé. Por eso les da la fe, pero se requiere la voluntad para creer.
La gracia del querer, eso es lo que yo pido para cada uno de mis hijos, porque esa fe se alimenta de los sacramentos, se fortalece cuando se pone por obra, y eso es mostrar el querer, practicar el querer, dando testimonio de que ese querer también viene de lo alto. Por eso hay que pedir la gracia del querer.
Fortalece, hijo mío, tu fe, cada día, acudiendo a mí. Eso es lo que representa la Madre al pie de la Cruz del Hijo, y el Hijo sostenido por la Madre. Ahí tienes a tu Madre, eso dijo Él, para que tú me llevaras contigo a vivir a tu casa, para dar testimonio de fe, para fortalecer el querer. Y Él nos envía de dos en dos para sostenernos unos a otros, para interceder unos por otros, para sostenernos en la fe unos a otros.
El demonio es el padre de la mentira, y busca engañar, complicar, desanimar, desalentar, envolverlos en tinieblas, para que no pidan lo que necesitan. Por tanto, es un ladrón del querer. Es lo único que no es de Dios por propia voluntad de Él: la libertad de tu voluntad, que depende de tu querer.
Y dime, hijo mío, ¿cómo sabes tú lo que quiere Dios? ¿Cómo sabes que no es un engaño del demonio lo que escuchas en la oración?
Hay sólo una cosa que te impide saber si algo viene del bien o viene del mal. Tu miseria, hijo mío, ese es el impedimento. No confíes nunca en tus propias fuerzas, porque el demonio es astuto. Por tanto, lo que hay que hacer siempre es un justo discernimiento.
El justo discernimiento se hace en la oración, sabiendo por la fe que frente a la presencia de Cristo vivo, alimentado y fortalecido por los sacramentos, invocando al Espíritu Santo, por la disposición de un corazón abierto, contrito y humillado, mantienes al demonio alejado.
Si estás atento a la escucha de lo que por la fe te ha sido dado, podrás hacer siempre un justo discernimiento, si has tenido la prudencia de tu conciencia haber formado. Por tanto, formación permanente, hijo mío, oración, presencia de Cristo en tu vida, un alma contemplativa y una buena disposición, teniendo en tu corazón rectitud de intención.
Y si eso no bastara, porque no supieras si algo te faltara, ahí tienes a tu Madre. He ahí el misterio: la Madre que te acompaña, que consigue la gracia que tú no sabes pedir, para que tu disposición al discernimiento sea justo y tenga eficacia. Sólo Dios es justo, solo Dios es santo.
Por tanto, para un buen discernimiento se requiere la presencia de Dios. Y dime, hijo mío, ¿a dónde siempre te llevo yo? A Jesús, a quien se va y se vuelve por María.
Yo soy la siempre Virgen, Santa María de Guadalupe, y escogí mi casita en un lugar concreto del mundo, como mi morada, para quedarme; y quiero encender la luz en los corazones de todos mis sacerdotes, para que brillen como las estrellas de mi manto, y sean la luz para el mundo.
Yo intercedo para que aumenten su fe y sean como niños, porque de los niños es el Reino de los cielos.
Que sean como niños que creen y confían en su padre, y le obedecen.
Que por su fe reconozcan a Dios como su Padre del cielo, y a Jesucristo como su Hijo que viene del cielo, y que está por encima de todos, para que estén dispuestos y acepten su testimonio, y obedezcan en todo a Dios, antes que a los hombres, para que Él los llene del Espíritu Santo.
Yo te agradezco, hijo mío, que pongas tu fe por obra con tu testimonio, y participes de la alegría de servir a Cristo.
Hijos míos, sacerdotes: el testimonio que deben ustedes dar, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, implica que se purifiquen, que se santifiquen, porque por un sólo sacerdote que va al infierno las llamas llegan hasta el cielo, pues ustedes son los elegidos, los amados de mi Hijo. Les pido que renuncien al pecado, porque el dolor que me causan es mucho.
He visto a algunos de ustedes confesando sin dar absolución, a otros dando la comunión sin consagración, a otros guardando dinero en sus bolsas y comprando joyas, a otros en intimidad con mujeres, con hombres, con niños, a otros mintiendo, engañando, acusando, a otros en el ocio, en el vicio… y siento tanto dolor que mis lágrimas no me alcanzan para expresarlo.
 Los pecados que se quedan, que no confiesan, que permiten, el demonio los aprovecha en su debilidad para tentarlos, porque al demonio le fue permitido conocer la fragilidad del hombre, para temerle en su fortaleza.
El pecado está en la voluntad. Por eso yo les pido que le entreguen su voluntad a mi Hijo, porque donde está Él lo llena todo, y no cabe el pecado; pero donde está el pecado no está Él y entra el demonio.
Por eso yo les pido que cuiden su corazón y la pureza de sus intenciones. Los sacramentos son primero para ustedes, porque para llevar el perdón, deben saber pedir perdón.
Para llevar amor, deben tener amor.
Para llevar consuelo, deben tener consuelo.
Para llevar compasión y misericordia, deben ser compasivos y misericordiosos.
Para llevar alegría, deben vivir en la alegría del encuentro con mi Hijo, que no hay sacerdote sin Cristo.
La fragilidad humana permite el pecado, pero la misericordia de Dios le ha dado al hombre el tiempo, el principio y el fin, para que se arrepienta y vuelva a comenzar, para que cada nuevo día sea una oportunidad, porque la eternidad de Dios perdona para siempre, redime para siempre, salva para siempre, pero concede al hombre el tiempo para la conversión.
Conserven la pureza de intención, porque la misericordia del Padre llega a lo más profundo del corazón, pero también su justicia.
A ustedes, los sacerdotes, se les ha dado el poder de expulsar demonios, pero la limpieza empieza en casa».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – DAR TESTIMONIO CON LA PALABRA
«El que viene de lo alto está por encima de todos; pero el que viene de la tierra pertenece a la tierra y habla de las cosas de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. Da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie acepta su testimonio».
Eso dicen las Escrituras.
Y también dicen, que tú, sacerdote, no eres del mundo.
Y si tú, sacerdote, no eres del mundo, entonces has sido enviado de lo alto, para dar testimonio de que Dios es veraz, para que el mundo reciba su palabra y crea, porque, también está escrito que todo el que crea en el Hijo de Dios no morirá, sino que tendrá vida eterna.
Tú eres, sacerdote, portador de la palabra de Dios, con la que Él da testimonio de sí mismo. Con la que alimenta y salva, con la que reúne a su pueblo en un solo pueblo santo.
Por tanto, tú das testimonio de que las Escrituras vienen de lo alto, y pones de manifiesto los deseos de tu Señor, haciendo sus obras y dando testimonio de lo que has visto y de lo que has oído, para que otros crean y se cumpla la voluntad de Dios, construyendo a través de tus manos el Reino de los Cielos en la tierra.
Porque el reino de tu Señor no es de este mundo, viene de lo alto, y tú mismo le ayudas a construirlo en este mundo, que Él con su sangre, ha ganado para Dios.
El que ha venido de lo alto y está sobre todos, ha subido de nuevo al cielo a sentarse a la derecha de su Padre, y te ha enviado al Espíritu Santo para confirmar tu fe, para que tengas el valor de ir a todo el mundo, anunciando la Buena Nueva, dando testimonio de que tu Señor está vivo.
Porque ha resucitado de entre los muertos, y ha subido al cielo, pero tú tienes el poder de hacer bajar el pan vivo del cielo, todos los días, y tú das testimonio de tu fe, al adorar, al alabar, al reconocer a tu Señor crucificado, muerto y resucitado, elevándolo entre tus manos, exultando de alegría, dando testimonio de fe, de que tu Señor está vivo, y es Eucaristía.
Y tú, sacerdote, ¿tienes el valor de dar testimonio de tu Señor?, ¿llevas al mundo ese testimonio, cargando tu cruz de cada día con alegría? ¿Muestras al mundo el cuerpo y la sangre de tu Señor, su alma y su divinidad, no con miedo sino con fe y con el santo temor de Dios? ¿Administras la misericordia que tu Señor ha puesto en tus manos, y cumples su voluntad impartiendo sus sacramentos a su pueblo?
Examina tus actos, tus obras, y tu conciencia, sacerdote, y confiésale a tu Señor si estás dando verdadero testimonio, y predicas la palabra de tu Señor, o hablas de las cosas de la tierra porque estás atado al mundo.
Haz conciencia y examina tus palabras, para que descubras el testimonio que estás dando de ti mismo, porque la boca habla de lo que hay en el corazón, y las palabras dan testimonio de lo que hay dentro de ti.
Pídele a tu Señor que aumente tu fe, para que creas en ti, y en que tú tienes el poder de dar testimonio de Él, porque no eres tú, sino es Cristo quien vive en ti, y quien da testimonio de sí mismo.
Pero se requiere tu voluntad para actuar, y a través de tus obras revelar al mundo la verdad, porque tú das testimonio con tu vida y tu ejemplo.
El mundo ve y oye a través de ti, sacerdote, y entonces cree.
La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que la espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo y convierte los corazones.
La palabra de Dios viene de lo alto. El que la recibe da testimonio de esto.
Tú eres, sacerdote, el testimonio fiel y veraz de tu Señor.
El que te recibe en su nombre, a Él lo recibe, y el que lo recibe a Él no lo recibe a Él, sino a aquel que lo ha enviado.

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DISIPAR LAS TINIEBLAS – ILUMINAR CON LA PALABRA

«Habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz»

ESCUCHAR EN AUDIO

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Miércoles 14 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 57
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, la luz del mundo. No permitas que tu Señor sea rechazado, ni que el mundo sea condenado. Participa en el misterio de la vida, pasión y muerte de tu Señor, con tu vida, para que lleves al mundo la vida de su resurrección».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL MIÉRCOLES DE LA SEMANA II DE PASCUA
Dios envió a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 3, 16-21
Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.
La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?»” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: en tus diálogos con los judíos, más de una vez hablaste del contraste entre la luz y las tinieblas. Tú eres la luz, y había que creer en ti para no permanecer en las tinieblas. Y el que te sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Creer en ti es aceptar tu palabra, porque tu palabra es la verdad. Y aceptar tu palabra implica ponerla en práctica: la fe se manifiesta por las obras.
Es duro que tú digas que, habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas… porque sus obras eran malas.
Hay una realidad muy triste, a propósito de todo esto: la tibieza. La situación de una persona que no vive en la oscuridad, sino en las tinieblas. Es el que piensa que ya “cumple”, porque hace su trabajo. Pero es un tibio, porque sus obras no proceden del amor. Ese cumplimiento es un “cumplo” y “miento”.
Nosotros los sacerdotes hemos recibido mucho de Dios. Por tanto, se espera mucho del sacerdote. Espera Dios y esperan las almas.
No podemos limitarnos a realizar el trabajo que nos corresponde. Hemos de excedernos en el amor y en el sacrificio.
Jesús ¿qué debe hacer un sacerdote para ser luz del mundo?
Aparta de mí todo género de tibieza, y ayúdame a identificarme con tu entrega generosa.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: el amor de Dios ha sido derramado. Yo soy la luz para el mundo.
Es tan grande el amor de Dios por ustedes, que no les pido que lo entiendan, porque no podrían. Quiero que lo acepten, que lo reciban, que lo vivan, que lo demuestren, que lo compartan.
Es tan grande el amor de Dios, amó tanto a los hombres, que envió a su único Hijo para salvarlos, demostrando amarlos con el amor de un padre, que ama más al hijo que a su propia vida, y es así como se entrega, dándose en el Hijo, entregando la vida del Hijo al mundo, para morir y recuperar la vida de los que estaban muertos en el mundo, compadeciendo las miserias de los hombres, padeciendo en el Hijo como hombre, derramando desde lo alto el amor a través de la Cruz, en un mar de misericordia que alcanza a todos los hombres para hacerlos hijos.
Amor derramado por el que brilla la luz para el mundo, que es Cristo y salva a los que creen en su nombre.
Luz que ilumina la obscuridad en la que estaba el mundo.
Luz que disipa las tinieblas para los que tienen fe.
Luz que ilumina los corazones con la esperanza de la vida eterna, para los que creen en el amor.
Yo no he sido enviado al mundo para condenar, sino para salvar, y he venido al mundo a traer la luz, para que vivan en medio de la luz, para encender sus corazones en el fuego del amor de Dios, para la vida eterna.
Pero los hombres, aunque han visto la luz, han preferido seguir en la obscuridad, pero una vez que la luz se hace presente, no hay más obscuridad, y el que rechaza la luz y no vive en la obscuridad, vive en las tinieblas, como los tibios. Ojalá fueran fríos o calientes. Pero conozco su conducta y muchos son los tibios. Yo a los tibios los vomito de mi boca. Y al que vomito ya no es parte de mi cuerpo, es separado de mí, no tiene vida, se seca y es arrojado al fuego eterno.
Todo el que cree en mí tiene vida eterna. Sólo por la gracia, y mediante la fe, serán salvados. Pero por sus obras serán juzgados, de acuerdo y en la medida de todo lo que les ha sido dado.
Yo vendré de nuevo con todo el poder y la gloria de Dios, y ya no vendré a salvarlos, porque mi salvación la han alcanzado todos, por un solo y eterno sacrificio, por el que han alcanzado también la vida.
Entonces vendré a juzgar a los vivos y a los muertos. Congregaré a todas las naciones y pondré a unos a mi derecha y a otros a mi izquierda.
Entonces bendeciré en mi Padre a los que estén a mi derecha, y les daré el Reino preparado para ellos, porque obraron para mí con misericordia.
Entonces apartaré de mí a los que estén a mi izquierda, y los maldeciré en el fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles, porque no obraron para mí con misericordia.
El amor de Dios ha sido derramado a través de mí, y yo los he amado hasta el extremo. Yo a los que amo los reprendo y los corrijo. Yo los amo a ustedes, mis amigos. Y los reprendo y los corrijo, para que se arrepientan y vuelvan al fervor que tenían cuando me dijeron sí, cuando su corazón estaba encendido en el calor del fuego del amor en el que creyeron, que aceptaron, que recibieron, que vivieron, que compartieron, y que demostraron renunciando al mundo para tomar su cruz y seguirme.
Pero sus corazones se han enfriado, porque sus voluntades se han tropezado en el mundo, y se han alejado de la luz, no buscando la obscuridad sino acomodándose en las tinieblas, en donde aparentan esconderse de mí, aunque saben que yo lo veo todo. Y se resignan a vivir en la tibieza, pretendiendo que soy un tonto y que no me doy cuenta.
Yo he rogado al Padre que perdone a los hombres, porque no saben lo que hacen, porque viven en la ignorancia del daño causado a su Creador y a tan grande amor.
Pero a ustedes, mis discípulos, mis pastores, mis sacerdotes, yo les he enseñado el camino, ustedes han visto la luz, ustedes han abrazado la fe, ustedes creen en mí, ustedes han experimentado mi amor, mi amistad y mi fidelidad, ustedes han sido enviados al mundo a iluminar la obscuridad, ustedes son luz para el mundo. Pero si apagan su luz, el mundo permanece en tinieblas.
Algunos de ustedes sí saben lo que hacen, y sin embargo no hacen lo que deben, porque no se esfuerzan, no dominan su voluntad, se dejan dominar por el que tiene dominado el mundo, y se entregan a sus pasiones, viviendo en el mundo entre falsos placeres, en la tibieza de sus corazones, aunque tienen fe y creen en mí; pero los demonios también creen, y tiemblan. Por eso yo les digo, que una fe sin obras está muerta. Es una fe tibia. La fe alcanza la perfección por las obras. Pero las obras dependen de la voluntad. Las heridas más grandes de mi corazón son su tibieza, su infidelidad, su falta de amor.
Yo los envío a encender los corazones tibios con sus obras, con su testimonio y con mi amor, para que regresen de las tinieblas a la luz, y con mi luz iluminen el mundo entero, esperando mi próxima venida, obrando y sirviendo con alegría, con fe, con esperanza y con caridad, porque estoy a la puerta y llamo, y si alguno me abre la puerta, entraré a su casa y cenaré con él y el conmigo.
Alégrense, y no tengan miedo, porque Dios protege a los que ama, y hasta los cabellos de su cabeza están contados, y todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en el cielo; pero al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en el cielo».

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Madre de la Luz: enciende mi corazón con tu amor, para mantenerme siempre vibrante en mi trabajo sacerdotal. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos sacerdotes: permanezcan unidos a mi corazón, y para que se mantengan en el fervor ardiente del celo apostólico de mi corazón, para que enciendan con el fuego de mi amor al mundo entero, para que en ese amor reciban la gracia y aumente su fe, para que pongan su fe en obras de misericordia para Cristo, a través de la oración y al servicio de las almas, para que pidan para ellas la gracia de la conversión, para que obren en la verdad y se acerquen a la luz.
Para que los corazones fríos, de piedra, sean cambiados por corazones de carne, encendidos y calientes.
Para que los corazones tibios se arrepientan y sean reavivados en el fuego vivo del amor, y no sean arrojados al fuego del castigo eterno.
Para que los corazones calientes permanezcan encendidos y perseveren hasta el final, y sea para ellos la justificación, por creer en la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, y consigan por sus obras de misericordia un juicio misericordioso, para gozar conmigo, en Cristo, de la vida eterna, en la gloria del Padre.
Para que vivan con fe, con esperanza y con caridad, en mi compañía, bajo la protección de los ángeles y los santos, en la alegría de servir a Cristo resucitado hasta que vuelva».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ILUMINAR CON LA PALABRA
«En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Jn 1, 4-5).
Eso dicen las Escrituras.
Y eso sucedió en el principio, antes de todos los tiempos.
El discípulo no es más que su maestro. Por tanto, sacerdote, tú no eres más que tu Señor.
No te lamentes, sacerdote, cuando el mundo te desprecia, cuando no te recibe, cuando te rechaza, cuando se burlan de ti, cuando te persiguen, cuando te encarcelan, cuando te juzgan injustamente, cuando te injurian, o cuando te tratan con indiferencia, porque tú no tienes un maestro que no te comprenda.
Tú tienes un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de tus flaquezas, porque ha sido probado en todo, como tú, excepto en el pecado.
Acércate, sacerdote, confiadamente al trono de la gracia, para que alcances su misericordia y su auxilio, para que alcances a ser igual en todo como tu Maestro, que ha venido al mundo a eliminar el pecado, para hacerte como Él, perfecto.
No te lamentes, sacerdote, de todo lo que te ha pasado. Mira a tu Señor. A Él lo han crucificado. Pero Él está vivo, porque ha resucitado.
Tu Señor ha sido enviado a traer la luz al mundo para darles vida a los hombres, porque vivían en la obscuridad, sometidos a la muerte por el pecado, en medio de las tinieblas de la mentira, por la que todos estaban condenados.
Pero tanto amó Dios al mundo, que le dio a su único Hijo para salvarlos. Y lo envió a mostrar el camino, porque Él es el Camino. Y lo envió a revelar la verdad, porque Él es la Verdad. Y lo envió a darles vida a los hombres, porque Él es la Vida.
Y así, sacerdote, tu Señor te envía, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.
Acércate, sacerdote, al trono de la sabiduría, para que te llene de amor, porque no es más sabio el que sabe, sino el que ama.
Acércate, sacerdote, a la fuente de luz, para que seas transformado en la luz que brilla de su costado, del que se ha derramado el amor en misericordia, porque ahí, sacerdote, está la vida.
Recibe, sacerdote, la luz, para que no sea rechazada por las tinieblas, sino que disipe la obscuridad e ilumine los corazones de los hombres, para que tengan vida.
En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios, y todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la vida.
Sacerdote, tú eres la luz para el mundo, en ti está la vida. Recibe al Verbo que se ha encarnado en el vientre puro de mujer virgen, para nacer al mundo, para ser crucificado, para resucitar, y que tú seas perdonado, y llamado a compartir la misión de tu Señor resucitado, llevando con su luz la vida al mundo.
Escucha, sacerdote, su Palabra, para que recibas la luz.
Pon en práctica, sacerdote, en tu vida la Palabra, para que brille en ti la luz.
Predica, sacerdote, la Palabra, para que ilumines con su luz, a todos los rincones de la tierra, y disipes de una vez por todas, las tinieblas de los que viven en la obscuridad, para que muestres el camino a los que están perdidos, para que enseñes la verdad a los que viven en la mentira, y para que des al mundo la vida, confirmándolos en la fe, para que cuando tu Señor vuelva, encuentre la fe sobre la tierra.
Tú eres, sacerdote, la luz del mundo. No permitas que tu Señor sea rechazado, ni que el mundo sea condenado. Participa en el misterio de la vida, pasión y muerte de tu Señor, con tu vida, para que lleves al mundo la vida de su resurrección.

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UN SOLO CORAZÓN, UNA SOLA ALMA – EL SIGNO DE LA CRUZ

«La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma»

ESCUCHAR EN AUDIO

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Martes 13 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 56
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, el que predica, el que alimenta, el que bendice, el que ata, el que desata, el que perdona, el que libera, el que participa y el que practica la misericordia de Dios, y la administra, el que actúa in persona Christi para hacer sus obras».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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PRIMERA LECTURA DEL MARTES DE LA SEMANA II DE PASCUA
Tenían un solo corazón y una sola alma.
Del libro de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-37
La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía (…)
EVANGELIO
Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 3, 7-15
En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: “No te extrañes de que te haya dicho: Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”. Nicodemo le preguntó entonces: “¿Cómo puede ser esto?”.
Jesús le respondió: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no sabes esto? Yo te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán si les hablo de las celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el Hijo del hombre, que bajó del cielo y está en el cielo. Así como levantó Moisés la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: entiendo a Nicodemo. Tenía un deseo enorme de conversar contigo. Había oído mucho hablar de ti, y tenía sus inquietudes. Y tú conocías muy bien lo que había en su alma, igual que conoces a todas las almas. Y sabías que era un hombre de fe.
Le hablas de cosas del Espíritu (del viento que sopla donde quiere), de las cosas celestiales, del Hijo del hombre, y de creer en Él, para tener vida eterna.
Aquel hombre nació de nuevo, y tuvo la fe y la valentía para reclamar tu cuerpo muerto, porque ya se sentía uno de tus discípulos y, después de tu resurrección, estaba seguro de que él pertenecía a un cuerpo vivo, el cuerpo de tu Iglesia.
Formaba parte de esa multitud de los que habían creído, de los que tenían un solo corazón y una sola alma. Los que tienen visión sobrenatural, y entienden de cosas celestiales.
Señor: san Pablo explica a los corintios la doctrina sobre tu cuerpo místico de una manera muy gráfica, para que nosotros también entendamos que significa eso de tener un solo corazón y una sola alma. Para que entendamos que tú nos das la vida sobrenatural, pero que quieres que nosotros cumplamos con nuestra parte, para dar salud a todo el cuerpo, siendo fieles.
Jesús, yo confío en ti, en que me ayudarás a cumplir con lo que a mí me toca.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: confía en mí, como yo confío en ti. Cree en mí y en que vives en mí, como yo vivo en ti. Un solo cuerpo, un mismo espíritu, un solo corazón, una sola alma.
 Yo te mostraré cómo debes confiar en mí, para que seas parte de mí, para que juntos seamos uno.
Te lo diré de esta manera:

  • así como confías en que tu pie se moverá en una dirección, sólo porque tú lo quieres;
  • así como confías en que tu mano hará lo que tú quieres;
  • así como confías en que tu boca hablará de lo que hay en tu corazón;
  • así como confías en que tus ojos verán lo que quieres ver, y tus oídos escucharán lo que quieres oír;
  • así es como yo confío en ti.

Así como tú confías en que respiras, y en que tu corazón late, y tu sangre corre por tus venas, sin que tú lo quieras o lo controles, pero que es para tu bien, para que vivas, así, amigo mío, debes confiar en mí.
Así como cada miembro de tu cuerpo por sí solo no sirve, pero cada uno tiene una función, que en conjunto hacen una sola cosa maravillosa, así son ustedes en mí.
Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo forman un solo cuerpo, así también es mi cuerpo, el cuerpo de Cristo.
Todos los que son bautizados son miembros de mi cuerpo, porque son bautizados en un solo Espíritu.
Pero, así como en tu cuerpo hay muchos miembros, y no todos desempeñan la misma función, pero todos se necesitan, así también en mi cuerpo son los unos para los otros.
Si un miembro del cuerpo está enfermo, afecta a los otros, pero si todos están sanos el cuerpo funciona en armonía.
Por eso, bendice a los que te persiguen; alégrate con los que se alegran, y llora con los que lloran; dale de comer a tu enemigo; dale de beber al que tiene sed; no te dejes vencer por el mal, antes bien, vence al mal con el bien.
Porque todo lo bueno es para tu bien.
Y ya que en mí fueron creadas todas las cosas, soy el cuerpo, y soy también la cabeza del cuerpo.
Yo soy la salud y la vida.
Mi cuerpo es la Iglesia, y el corazón de la Iglesia es la carne y la sangre de mi cuerpo, que sana, que redime, que salva a todos los miembros de mi cuerpo.
Pero, para ser parte conmigo para siempre, tienen que creer en mí, para que sean uno conmigo, un solo cuerpo y un mismo espíritu, para la vida eterna.
Yo y el Padre somos unoAsí serán uno en mi Padre conmigo.
Por eso ruego al Padre por ustedes, mis sacerdotes, los que yo he enviado al mundo, así como Él me envió. Porque por ustedes me santifico a mí mismo, para que ustedes también sean santificados en la verdad.
Y ruego también por los que por ustedes creerán en mí, para que todos sean uno, como mi Padre y yo somos uno. Que ustedes sean uno en nosotros, y el mundo crea en mí, y en que el Padre, que me ha enviado, los ha amado igual que me ha amado a mí.
Amigos míos: a cada uno le han sido dado diferentes dones. No para que se estimen de más, sino para que se estimen según la medida de la fe que les ha sido otorgada, a fin de que todos se ayuden según la gracia que les ha sido dada, amándose unos a otros, como yo los amo a cada uno.
El que crea en mí, que me siga.
El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz, y que me siga.
Porque el que salva su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.
Negarse a sí mismo es renunciar al ego, salir del egoísmo que trae consigo el peso de todos los pecados del mundo.
Si un miembro del cuerpo se despoja de sí mismo para servir a los otros miembros, beneficiará no sólo a los otros miembros, y a todo el cuerpo, sino también a sí mismo.
Que todos los miembros del cuerpo hagan lo mismo, porque ¿de qué le sirve al cuerpo tener un miembro sano, si todos los demás están enfermos?
¿Y de qué le sirve a un miembro sanar a todos los miembros, si él mismo sigue enfermo?
El egoísmo lleva a la soberbia, que aísla al miembro de su propio cuerpo, y un miembro sin cuerpo se seca, se autodestruye, se entrega a la muerte.
Yo he sido enviado al mundo a destruir la muerte, para traerles vida.
Y he sido elevado como Moisés elevó en el desierto a la serpiente, para que todo el que crea en mí tenga vida eterna.
Mi cuerpo ha sido muerto y resucitado, y los que han nacido en el Espíritu dan testimonio de mí, para que otros crean y renazcan de lo alto.
Para que todos sean parte y todos seamos uno en el Padre, en su Divina Trinidad.
Así como Dios es uno, pero es Trino, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas distintas, un solo Dios verdadero, así todos los miembros de mi cuerpo serán uno conmigo, para ser uno en mi Padre por el Espíritu.
Un solo cuerpo, un mismo espíritu, para la vida eterna en la Gloria de Dios Padre.
Confía, amigo mío, en mí. Yo confío en ti».

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Madre nuestra: el tiempo que pasaste todavía en la tierra después de que Jesús subió a los cielos fue especialmente precioso para la primera comunidad cristiana. Tu sola presencia les daba mucha paz y, sobre todo, tus palabras y te ejemplo los enriquecían.
El libro de los Hechos de los Apóstoles deja constancia de que los discípulos permanecían muy unidos contigo en oración. Tú eres Madre de la Iglesia, y sigues ahora cuidando esa unidad.
Nosotros, tus sacerdotes, tenemos la gran responsabilidad para mantener unido al Cuerpo Místico de Cristo, que es también su esposa, la Iglesia.
Pero el cuerpo tiene muchos miembros, y algunos son más importantes que otros, porque de su buen funcionamiento depende en buena parte el de los demás.
El corazón se encarga de purificar la sangre, y las arterias y venas se encargan de conducirla por todo el cuerpo, llevando el alimento a todos los miembros.
Así tus sacerdotes, hemos de llevar a todo el pueblo de Dios el alimento de vida eterna, que brota del Corazón de Cristo. Carne y Sangre del Cordero sin mancha, que quita los pecados del mundo. El corazón de la Iglesia, que es Eucaristía.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijo míos, sacerdotes: permanezcan conmigo en la confianza y en la fe.
mense de mi mano y entren en comunión conmigo, participando con mi Hijo en su único y eterno sacrificio, como miembros de este cuerpo que es la Santa Iglesia, del que soy Madre, porque es el cuerpo de Cristo.
Y ustedes, como miembros de este cuerpo, lleven la salud, por medio de la fe, la esperanza y la caridad, a los demás miembros, principalmente a los que están más unidos al corazón del cuerpo, los que son las venas que conducen el torrente de vida desde el corazón a todos los miembros del cuerpo: mis sacerdotes.
Para esto es la gracia que ustedes reciben: para fomentar la unidad y la vida de todos los miembros de este cuerpo, del que ustedes son parte, y que vive en mí, como yo vivo en Él, y que juntos somos uno solo en Cristo, por quien somos divinizados, para ser por Él, con Él y en Él, un solo cuerpo y un mismo espíritu, en Dios y en su Santísima Trinidad.
Permanezcan unidos a mi corazón y al corazón de la Santa Iglesia».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – EL SIGNO DE LA CRUZ
«El mensaje de la Cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan es fuerza de Dios» (1 Cor 1, 18).
Eso dicen las Escrituras.
Por lo tanto, sacerdote, para ti la Cruz de Jesús es una bendición.
Tú has sido enviado a predicar el Evangelio, sacerdote, pero no con palabras sabias, para no desvirtuar la Cruz de Cristo, sino con palabras de locura divina, que es más sabia que los hombres.
Tú has sido llamado, y has sido elegido, y has sido enviado, para mostrarle al mundo el poder de Dios, para que el mundo crea en que Jesucristo es el único Hijo de Dios, que murió en una cruz para destruir el pecado y la muerte de los hombres, y darles la vida eterna.
Por tanto, sacerdote, tu misión es llevarle al mundo la salvación que ha ganado tu Señor para cada uno, a través de su muerte y de su resurrección.
Tú eres, sacerdote, el que predica, el que alimenta, el que bendice, el que ata, el que desata, el que perdona, el que libera, el que participa y el que practica la misericordia de Dios, y la administra, el que actúa in persona Christi para hacer sus obras.
Pero nunca te gloríes, sacerdote, si no es en la Cruz de tu Señor, por la que el mundo es un crucificado para ti, y tú eres un crucificado para el mundo.
Que sea la predicación de la Cruz una alegría para ti, sacerdote, la buena nueva que lleves al mundo, mientras construyes el reino de los cielos. Porque la Cruz de tu Señor no es una cruz de muerte, sino de vida, no es una cruz de tristeza, sino de alegría, no es una cruz de dolor, sino de amor.
La Cruz es el signo con el que tú demuestras a los hombres que tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo único para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.
La Cruz es el signo con el que tú demuestras al mundo que tu Señor se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
La Cruz es el signo con el que tú demuestras al mundo el poder de Dios, que ha vencido a la muerte, porque no era posible que el creador de la vida, permaneciera sometido bajo el poder de la muerte.
La Cruz es el signo con el que tú demuestras tu amor a Dios, humillándote, como su Hijo se humilló; entregando tu vida por la salvación de los hombres, como Él se entregó; uniendo tus sacrificios y tus ofrendas al único y eterno sacrificio agradable a Dios.
La Cruz es el signo con el que muestras al mundo que tu Señor tenía que ser levantado de la tierra, para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna.
Exalta la Cruz, sacerdote, y adórala, porque es el signo de la unión de Dios con los hombres, a través de la crucifixión de Jesús, que entregó su carne para la vida del mundo.
Exalta la Cruz, sacerdote, que es signo de triunfo, a través de la cual el Padre atrae a todos los hombres al Hijo, y los hace uno, para que el Hijo los lleve a Él.
Exalta la Cruz, sacerdote, que es signo de la nueva alianza, por la que los hombres son unidos a Dios en filiación divina.
Exalta la Cruz de tu Señor, sacerdote, y confía en su misericordia, por la que Él te resucitará en el último día.

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RESUCITAR CON CRISTO – RENACER EN EL ESPÍRITU

«Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios»

ESCUCHAR EN AUDIO

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 18 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 55
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Cree, sacerdote, en el poder de tu Señor, que te renueva cuando te perdona, aunque haya sido muy grave tu pecado, aunque lo hayas traicionado, aunque lo hayas negado, aunque lo hayas abandonado, aunque lo hayas crucificado…»

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL LUNES DE LA SEMANA II DE PASCUA
El que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios.
Del santo Evangelio según san Juan: 3, 1-8
Había un fariseo llamado Nicodemo, hombre principal entre los judíos, que fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer las señales milagrosas que tú haces, si Dios no está con él”.
Jesús le contestó: “Yo te aseguro que quien no renace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios”. Nicodemo le preguntó: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?”.
Le respondió Jesús: “Yo te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne, es carne; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: ‘Tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu”. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: la liturgia pascual tiene un fuerte contenido bautismal. Desde los comienzos de la Iglesia se preparaban los catecúmenos para recibir el Bautismo en la Vigilia pascual, y se sigue haciendo ahora.
Ayer todavía nos decía san Pedro, en la liturgia del último día de la Octava de Pascua, que el Padre “nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse”.
Hoy le dices a Nicodemo que hay que renacer de lo alto. Nacer de nuevo significa tener un “nuevo cuerpo”, dejar el hombre viejo para llegar a ser un hombre nuevo.
Dice san Pablo que por el bautismo fuimos sepultados contigo en tu muerte, para que, así como tú resucitaste, así también nosotros llevemos una vida nueva.
Jesús, por el Bautismo somos incorporados a la Iglesia, que es tu cuerpo. Yo quiero renacer de nuevo, siendo un miembro vivo de tu cuerpo, recibiendo la vida nueva del vientre bendito de Santa María, viviendo del Espíritu, e inmolándome contigo en el sacrificio del altar. ¿Cómo puedo tener parte contigo en este nuevo nacimiento?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: no puedes resistirte a mi gracia, porque eres mío.
Mírame, contempla la sangre que brota de cada herida, y que lava con la gracia cada miembro de mi cuerpo.
La sangre brota de una fuente puesta a disposición del pueblo santo de Dios, para lavar el pecado y la impureza.
La fuente soy yo, crucificado en la Cruz, y mi sangre es abundante y preciosa, y a través de ella se derrama la gracia, que es recibida en un arca inmaculada y pura. El arca tiene nombre. Y su nombre es María.
Contempla cada herida y cada gota de sangre que brota incesante, y contempla mi cuerpo inmolado y mi rostro desfigurado.
Contempla cada parte de mi cuerpo vaciarse, hasta quedar sin vida.
Contempla mi corazón que late lentamente, y de pronto se detiene, mientras expiro de mi boca el último aliento.
Contempla en mis ojos cómo se apaga la luz.
Amigo, mío, el que quiera tener parte conmigo que se deje lavar los pies por mí. El que se ha bañado no necesita lavarse, porque está todo limpio.
Yo los hago a todos parte conmigo en la transubstanciación. Yo bendigo y parto el pan, y cuando yo digo “esto es mi cuerpo”, y cuando yo digo “éste es el cáliz de mi sangre”, los hago a todos parte de mi cuerpo, que se hace presente de manera verdadera, real y substancial en la Eucaristía, para lavarlos con mi sangre y limpiarlos de toda suciedad e impureza, para encarnarlos conmigo en el vientre de mi Madre, y sembrarlos en tierra buena, haciéndolos a todos hijos del Padre, haciéndolos parte conmigo, para que todos seamos uno; haciéndola madre de todos los hijos.
Es en este cuerpo en el que son todos incluidos, y en el que yo asumo todas sus culpas. Así como los hijos comparten la sangre y la carne, así comparto yo mi carne y mi sangre, para destruir, con mi muerte, la muerte por el pecado.
Un solo cuerpo formado de muchos miembros, para que, en un solo y único sacrificio mueran todos, y sean redimidos y resucitados en la gloria de mi resurrección. Todos los hombres unidos en un solo cuerpo: el mío, para morir y resucitar por mí, conmigo, en mí.
Pero si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes, porque no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía.
Yo los envío para que ustedes den fruto y ese fruto permanezca. Quien acoja a quien yo envío, es a mí a quien acoge, y quien me acoge a mí, acoge a aquél que me ha enviado.
Yo te he dado mi semilla, que es mi Palabra. Yo te envío a llevar mi semilla y a sembrarla en la tierra buena que yo les he dado.
Prepara bien la tierra y esparce la semilla. Yo te aseguro que lo que caiga en tierra buena y fecunda, dará buen fruto.
No puedes resistirte a mi gracia, porque mi Madre, que es madre de todas las gracias, te las da a través de ella misma, como una madre alimenta a un hijo en su vientre dándole al cuerpo del hijo lo que él necesita. Pero debes querer ser parte y permanecer en ese cuerpo, del cual yo soy cabeza: la Santa Iglesia, que es tierra buena, es Madre.
Tú eres la semilla que yo mismo he plantado en la Iglesia, a imagen mía, en el vientre de mi Madre.
Pero la semilla tiene que ser inmolada, abierta, para que dé fruto y que cada uno sea conductor de la sangre en mi cuerpo, administrando la gracia, para lavar a todos los miembros del cuerpo.
Pero si tú mismo no mueres al mundo, no puedes ser resucitado de entre los muertos, porque la semilla que se siembra tiene que morir para que nazca la planta.
Cada uno de mis sacerdotes es también mi cuerpo, configurado conmigo, para hacer lo mismo, reunir sus miembros corruptibles, miserables, débiles, humanos, y se inmola renovando en la Eucaristía, cada vez, el mismo sacrificio uno y santo, mi muerte y mi resurrección, para resucitarlos en un cuerpo incorruptible, glorioso, fuerte, vivificado en el espíritu divino, porque los hombres no viven según la carne, sino según el espíritu, porque el espíritu de Dios habita en ustedes.
El que no tiene mi espíritu no me pertenece.
Pero si mi espíritu habita en ustedes, aunque el cuerpo haya muerto por el pecado, el espíritu les dará la vida.
Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios, y si son hijos también son herederos de Dios, y coherederos míos, si comparten mis sufrimientos, para ser glorificados conmigo. Por tanto, cada hijo de Dios es tierra buena, en la que Él planta su semilla para que muera, para que de esa muerte brote la vida nueva.
Esa es la renovación del alma sacerdotal.
Y todo el que haya dejado casa, hermanos, padre, madre o tierras por mí y por el Evangelio, recibirá el ciento por uno ahora y después la vida eterna.
Porque el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.
Quien a ti te recibe a mí me recibe, y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado.
Yo te envío a dar testimonio de fe, de esperanza y de caridad a través de la obediencia, para que se vea lo que hago yo en tierra buena, bien dispuesta.
 Yo te envío a llevar la paz de mi resurrección a cada casa.
Mi Madre acoge a quien yo he enviado, y por amor a Dios y por amor al prójimo, te acogió a ti, porque te ama, cumpliendo con esto todo lo que yo les he venido a enseñar: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo».

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Madre de los sacerdotes: tú me recibiste a mí, como tu hijo, junto a la Cruz de Jesús, y Dios te dio la gracia para engendrarnos a todos espiritualmente, especialmente a tus hijos sacerdotes, representados por Juan, y con esa gracia amarnos con amor de madre.
Como buena madre, quieres lo mejor para tus hijos, y por eso quieres nuestra plena identificación con Cristo, haciéndonos una misma cosa con Él. Ayúdanos a que nuestra entrega sea completa, para morir y resucitar con Él.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: ustedes han sido engendrados espiritualmente en mi vientre, y han sido plantados como semilla buena en tierra buena, para que crezcan, para que se alimenten y den fruto, y ese fruto permanezca.
Pero hay que triturar la semilla en el vientre, para que muera al mundo, aunque duela. Porque no se puede resucitar en el Cuerpo de Cristo si no se muere primero, en ese mismo cuerpo con Él. Y no se puede morir en ese cuerpo si no se pertenece primero a Él. Es necesario ser sembrado en el cuerpo de Cristo para nacer, morir y resucitar con Él. Todo lo que no pertenece a ese bendito y sagrado cuerpo de Cristo no se aprovecha, y no sirve para nada.
El sacerdote, que es Cristo, debe asumir a cada miembro de la Iglesia como suyo, inmolarse y morir al mundo, para resucitarlos en Cristo y darles vida eterna.
La semilla que cae en tierra buena, crece y da fruto al ciento por uno. Pero si el sacerdote no resucita, no sirve de nada a su alma haber resucitado a tantas otras.
Mi misión como Madre es acompañar y auxiliar en todo momento al hijo, para que él entregue todo, hasta el espíritu. Porque el espíritu es lo que resucita y da vida. Así es como la Madre da vida a la Iglesia».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – RENACER EN EL ESPÍRITU
«En verdad, en verdad te digo, que, si uno no nace de lo alto, no puede ver el Reino de Dios».
Eso dijo Jesús.
Y ¿cómo puede renacer alguien que ya ha nacido?
Eso es lo que ha venido a enseñarte Jesús.
Él es tu Maestro, sacerdote. Cree en Él.
Tu Maestro te enseña que para nacer de nuevo hay que morir primero.
Tu Maestro te enseña, sacerdote, a morir a la carne, para renacer en el Espíritu.
Eso, es lo que Él ha venido a enseñarte.
Tu Señor te enseña con el ejemplo, y tú aprendes por experiencia que no es más el discípulo que su maestro, y para que llegues a ser como tu Maestro, debes seguir su ejemplo, debes aprender como Él, debes vivir como Él, debes morir como Él, pero no puedes resucitar como Él, porque Él es la vida, y Él es quien te resucita a la vida, para que renazcas en Él como un hombre nuevo, para que vivas por Él, con Él y en Él.
Es en el Espíritu de Dios en quien renaces, sacerdote, cuando mueres a la carne muriendo al mundo, cuando renuncias a ti mismo y tomas tu cruz para seguirlo, cuando lo dejas todo para servirlo.
Tú has sido bautizado con agua, con fuego y con el Espíritu Santo. Es así, como has nacido de lo alto.
Pero tu Señor te ha llamado y te ha elegido para que mueras al mundo por tu propia voluntad, y ya no seas tú, sino Cristo quien viva en ti, y te ha llamado “sacerdote”.
Tu Señor te ha enviado a renovar el mundo, a enseñarlos como Él te ha enseñado, a bautizarlos como tú has sido bautizado, para nacer al mundo nuevo, que con su sangre ha ganado, y que tú construyes con Él el Reino de los Cielos en la tierra, porque Él ha hecho nuevas todas las cosas.
Pero, si un día, sacerdote, te sientes perdido; si sientes que estás como muerto en vida, y no logras sentir que Cristo vive en ti,
pídele a tu Señor que te renueve;
pídele que encienda el fuego de tu corazón y el celo apostólico de tu vocación;
pídele que te ayude a regresar al amor primero;
pídele con toda humildad la renovación de tu alma sacerdotal;
y pídele que aumente tu fe, y que te  la fuerza para hacer sus obras, para que le muestres al mundo que tu fe está viva, porque una fe sin obras es una fe muerta.
Acércate, sacerdote, con confianza, a la oración, meditando todas las cosas que hay en tu corazón, y ábrete a la gracia y a la misericordia de Dios, porque Él te está esperando para llenar de amor tu corazón, con el Espíritu Santo.
Pero primero debes morir, vaciándote de ti mismo, crucificando tu carne, despreciando todo apego al mundo y rechazando el pecado. Morir al hombre viejopara ser renovado, pedir perdón para ser lavado con el agua y la sangre de tu Señor, que brota de la fuente de misericordia abundante e infinita de su costado.
Cree, sacerdote, en el poder de tu Señor, que te renueva cuando te perdona, aunque haya sido muy grave tu pecado, aunque lo hayas traicionado, aunque lo hayas negado, aunque lo hayas abandonado, aunque lo hayas crucificado…
Tu Señor ha muerto y ha resucitado, y ha pagado el precio de tu pecado.
Vuelve a Él, sacerdote, vuelve a la graciaacude al sacramento de la reconciliación, para que vuelvas a la vida, y lleves con alegría la misericordia de tu Señor al mundo, dándoles nueva vida, con el agua y el espíritu, porque es a través de ti, sacerdote, que el mundo renace de lo alto.
Tú tienes la vida del mundo en tus manos, sacerdote, renuévate y ábrete a la vida del Espíritu para que lo que esté muerto, viva.
Porque tu Señor, estaba muerto, pero ha resucitado, y Él no es un Dios de muertos sino de vivos.

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JESÚS ES MISERICORDIA – EL PODER DEL SACERDOTE

DOMINGO DE LA MISERICORDIA

ESCUCHAR EN AUDIO

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Domingo 11 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 54
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú tienes, sacerdote, el poder en tus manos, de transformar al mundo, buscando a los pecadores y convirtiéndolos en justos a través de los sacramentos. Usa bien tu poder, y lleva al mundo la paz a través de la misericordia».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL DOMINGO II DE PASCUA
Ocho días después, se les apareció Jesús.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 20, 19-31
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: cuando te apareces a tus discípulos el día de tu resurrección lo primero que haces es desearles la paz. Luego se los dices de nuevo, soplas sobre ellos, y les comunicas el Espíritu Santo, para el perdón de los pecados. Eso es darles la paz.
Es darles el poder de perdonar los pecados a los hombres, que es la mejor manera de recuperar la paz. El pecado es lo que quita la paz, y con tu muerte y resurrección nos has conseguido esa paz, perdonando nuestros pecados.
Tomás tampoco tenía paz, y por eso quería tocar tus llagas, para estar seguro de tu resurrección. De nada sirvió que durante ocho días tus otros discípulos trataran de convencerlo, diciéndoles que ellos habían visto tus llagas. Él quería también tocar tus llagas y meter su mano en tu costado. La falta de fe también quita la paz.
Jesús, tú nos has dado el poder a los sacerdotes de perdonar los pecados, de atar y desatar. Es una gran responsabilidad. Y sabemos, sobre todo por la experiencia cuando estamos confesando, que haces efectiva esa paz.
Hoy es el domingo de la Misericordia. Tú eres la Misericordia, y la manifiestas, sobre todo, a través de tus sacramentos.
Señor, ¿cómo puedo ser un buen instrumento para administrar tu Misericordia?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: dichosos ustedes que han creído sin haber visto. A ustedes que han creído en mí, confiando en mi infinita misericordia, les ha sido concedido servirme como signo para que, los que no creen, al ver, crean y obtengan vida eterna.
Yo soy la Misericordia de Dios.
Contemplen mi rostro luminoso que refleja la bondad infinita de Dios y su amor por los hombres.
Contemplen las llagas en mis pies descalzos y en mis manos.
Contemplen mi túnica tan blanca que resplandece, y que, abierta en mi pecho, deja ver la llaga de mi costado, de la que emana sangre y agua, que se transforma en rayos de luz, unos rojos como la sangre y otros transparentes y brillantes como el agua.
Contémplenme y déjenme envolverlos en mi luz, sumergiéndolos en el mar de mi infinita misericordia.
La misericordia de Dios ha sido revelada en la Cruz, y derramada como un torrente desde la fuente de mi corazón abierto, para que llegue mi salvación a todos los rincones del mundo, para que los que crean en mí se salven.
Por tanto, la finalidad de mi misericordia es la salvación de los hombres que he ganado a través de mi muerte y mi resurrección, pero se necesita la gracia, para que crean, y al creer reciban mi salvación.
Es por misericordia que reciben la gracia para creer en mí.
Bienaventurados los misericordiosos, porque recibirán misericordia, y por esta misericordia la gracia para creer en mí. Porque son salvados por la gracia mediante la fe, que no viene de los hombres, sino que es un don de Dios.
Pidan al Padre la fe y Él les dará la gracia. Porque al que pide se le dará y el que busca encontrará, y al que llama se le abrirá. Porque si ustedes, que son malos, dan cosas buenas a sus hijos, cuanto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden.
La misericordia ha sido derramada, pero sus corazones están cerrados a la gracia, y no piden, porque no saben pedir, porque no saben recibir, y les falta fe, y les falta esperanza, pero sobre todo les falta amor.
Ustedes, mis sacerdotes, son el cauce del mar de la misericordia de Dios para el mundo y, por tanto, son los que llevan mi salvación a todos los rincones de la tierra.
Pero están dormidos, están acomodados, están resignados, y la misericordia está esperando, con paciencia, para ser administrada y entregada a todas las almas, para que reciban la gracia y crean, para que por mi muerte y resurrección se salven, y en mí tengan vida eterna.
Es tan grande la misericordia de mi corazón, que mi compasión alcanza a los corazones más dormidos, más llenos del mundo, más pobres de gracia, a los más acomodados, a los más resignados, a través de la misericordia de corazones encendidos de celo apostólico, vivos, llenos de mi amor, que se donan gratuitamente como yo, por amor a Dios, a través del amor al prójimo, para la salvación de las almas, para la gloria de Dios.
Esta es la misión que les he encomendado: encauzar, a través de sus obras, en sus ministerios, el mar de mi infinita misericordia a los corazones de los hombres, apelando a la misma misericordia, porque no saben lo que hacen, porque no saben pedir, porque les falta fe.
Que su oración y entrega generosa consiga encauzar mi misericordia y la gracia, para que el mundo crea.
Que sean instrumentos, como las venas que llevan el torrente de mi sangre a todos los miembros de mi cuerpo, uniendo y dando vida a través de los sacramentos.
Que entiendan que sin gracia no hay Sacramento, porque el sacramento es gracia de Dios, don gratuito de su divina misericordia, que salva mediante la fe, para alcanzar la vida eterna.
En mi infinita misericordia les he dado a mi Madre, que es madre de gracia y de misericordia, que en el acto más grande de amor a Dios acoge a todos sus hijos, para amar a Dios en el Hijo, a través de sus hijos, y llevarles su auxilio de Madre, haciendo llegar mi misericordia a todos sus hijos. Reúnanse con ella, para que reciban los dones y las gracias de mi Divina Misericordia, porque el Espíritu Santo está con ella.
El que crea en mí, que me ame y confíe en mi Divina Misericordia, y que demuestre su confianza en la fidelidad a mi amistad y a mi amor, realizando obras de misericordia en la caridad, amando a Dios por sobre todas las cosas, y a sus hermanos, como los he amado yo.
Acompañen a mi Madre y pídanle su auxilio, para que lleven mi misericordia y mi salvación al mundo entero.
Mi misericordia es derramada desde mi corazón, para conducirla a todos los rincones del mundo, a través los corazones que obran la misericordia.
Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán misericordia».

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Madre de Misericordia: tú que eres la Reina de la paz, ayúdame a llevar la paz al mundo, administrando bien la Misericordia. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: ésta es la misericordia de Dios derramada para el mundo: que crean en Él y en Jesucristo, su único Hijo, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, encarnado en el vientre virgen y puro de mujer inmaculada, para hacerse hombre, que fue crucificado, muerto y sepultado, que descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre los muertos, y se apareció a sus discípulos para que dieran testimonio de todo esto, para que el que crea en él tenga vida eterna, y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, y de nuevo será enviado, y vendrá para juzgar a vivos y a muertos.
Por tanto, el mundo será juzgado por la misericordia infinita de Dios, que es Cristo mismo, y por su justicia, a fin de que sea manifestada la misericordia antes que la justicia.
Misericordia es la Santa Iglesia Católica y Apostólica, en donde el Reino de Dios se construye para reunir a todo el pueblo de Dios en un solo pueblo santo.
Misericordia es la filiación divina, conseguida por Cristo con su muerte y su resurrección, para que sean por Él, con Él y en Él todos los hombres hijos de Dios.
Misericordia es el Espíritu Santo, que da la vida y que procede del amor del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo es un solo Dios verdadero, derramado en los corazones de los hombres, y que los fortalece en la fe, en la esperanza y en el amor, para que crean en Cristo, para que obren en Cristo, y sean salvados por la sangre derramada de Cristo, para el perdón de los pecados, y sumergidos en el agua viva que emana de su corazón, para hacerlos hombres nuevos y darles la vida eterna.
Misericordia es Cristo resucitado y vivo en la Eucaristía, que permanece en manos de los hombres, para alimentar a los hombres, para vivir en los corazones de los hombres, y conducirlos por la fe y las obras a la salvación, y a su resurrección en el último día.
Misericordia es la caridad de Dios, que deben recibir y entregar los hombres en comunión fraterna, para ser partícipes de la gloria de Dios.
Yo soy Madre de Misericordia.
Permanezcan en unidad conmigo y reciban la misericordia de Dios derramada en la Cruz, para que la conduzcan a todos mis hijos, a través de sus ministerios, de la oración y de obras de misericordia corporales y espirituales, desde mi corazón de madre. Mis venas conducen el torrente de la misericordia que fluye en mi sangre, compartida con el hijo de mi vientre, para ser el alimento que emana de mis pechos, para que ustedes reciban lo que necesitan y que no saben pedir.
Sean como niños, porque de los niños es el Reino de los Cielos.
Yo los recibo y acojo como verdaderos hijos, para que, por la Divina Misericordia, reciban como alimento la fe, la esperanza y el amor, para que crean y profesen su fe, dando testimonio de la verdad, proclamando el Evangelio, contagiando al mundo su fe, practicando con esperanza sus ministerios en virtud y santidad, demostrando su amor, poniendo su fe en obras, como misioneros de paz y de misericordia».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – EL PODER DEL SACERDOTE
«Vayan y aprendan qué sentido tiene Misericordia quiero y no sacrificios. Porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 13).
Eso dijo Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿has aprendido el sentido que tienen estas palabras?
¿Conoces el significado de la misericordia?, ¿la practicas a través de obras?, ¿o haces sacrificios vacíos que no son agradables a tu Señor?
La misericordia de Dios ha sido derramada en la Cruz desde el Sagrado Corazón de Jesús.
Tú eres, sacerdote, instrumento de salvación, para llevar la misericordia de tu Señor al mundo entero.
Tu Señor te ha llamado y te ha elegido para darte una gran responsabilidad, porque Él te conoce desde antes de nacer, y te ha consagrado para Él.
Y Él confía en ti, porque te da la gracia, y su gracia te basta.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de perdonar los pecados, y todos a los que tú perdones, les quedarán perdonados, pero a los que no perdones, les quedarán sin perdonar. Y de eso, sacerdote, tú darás cuentas.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de consagrar el pan y el vino, para que sean transubstanciados en verdadera comida y en verdadera bebida, para llevarle a los hombres la vida y la salvación.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de llevar su paz al mundo. Esa, sacerdote, es tu cruz, para que la lleves todos los días con alegría.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de predicar su palabra con tu boca, y te da la autoridad para que tengas credibilidad ante el mundo al proclamar la buena nueva haciendo sus obras.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de unir el cielo con la tierra, por lo que todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder para hacer sus obras y aún mayores, porque Él, que ha subido al Padre, está contigo todos los días de tu vida para ayudarte.
Tu Señor ha puesto el poder de Dios en ti, sacerdote, entregándose totalmente en tus manos, y Él es la misericordia misma que te envía a darle de comer al hambriento, a darle de beber al sediento, a vestir al desnudo, a visitar al enfermo, a acoger al peregrino, a visitar al preso, a darle santa sepultura al muerto, a enseñar al que no sabe, a dar consejo al que lo necesita, a corregir al que se equivoca, a perdonar los pecados, a consolar al triste, a sufrir con paciencia a los errores de los demás, y a orar por los vivos y los muertos.
Y tú, sacerdote, ¿eres misericordioso?
¿Haces lo que tu Señor te manda?
¿Cumples la misión que Él te ha dado, y para la que has sido enviado?
¿Aceptas tu ministerio con alegría para llevar al mundo la paz?, ¿o tienes cerrado tu corazón endurecido, que no da nada porque está vacío, y nadie puede dar lo que no tiene?
Acude, sacerdote, a la oración, y pídele a tu Señor que te dé la disposición para abrir tu corazón a recibir su gracia y su misericordia.
Mira que está a la puerta y llama. Si tú lo escuchas, y abres la puerta, Él entrará y cenará contigo y tú con Él.
No pierdas la oportunidad, que siempre está vigente, de acudir a tu Señor y a su Divina Misericordia, para convertir tu corazón, y de participar de la obra redentora de tu Señor, construyendo con Él el Reino de los Cielos, por lo que tú alcanzarás también su misericordia, al derramarla para el mundo entero, porque tu Señor ha dicho “Bienaventurados serán los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia “.
Tú tienes, sacerdote, el poder en tus manos de transformar al mundo, buscando a los pecadores y convirtiéndolos en justos a través de los sacramentos.
Usa bien tu poder, sacerdote, y lleva al mundo la paz a través de la misericordia.

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REDES FUERTES – ALIMENTO DE VIDA

«Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces» 

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Viernes 9 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 52
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Escucha, sacerdote, las palabras de tu Señor, y echa las redes al mar, para que puedas pescar, y lleves en tu ofrenda muchas almas al altar, para que sean transformadas en acción de gracias, en Eucaristía».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA
Se acercó Jesús, tomo el pan y se lo dio a sus discípulos y también el pescado.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 21, 1-14
En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Cana de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.
Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?”. Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.
Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados. pues no distaban de tierra más de cien metros.
Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastro hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: los Apóstoles vuelven a su oficio de pescadores después de tu resurrección.
Y tú también vuelves a hacer lo mismo que aquel día cuando ellos decidieron seguirte, realizando algo grandioso, una pesca milagrosa, que sería una lección que se quedaría grabada en su mente toda la vida.
Eso querías: que les quedara claro que tú ibas a darles un fruto abundante de almas, cuando echaran las redes del apostolado, en la barca de Pedro, tu Vicario, si obedecen siempre a tu voz, tu Palabra, y al Magisterio de tu Iglesia.
Y todo eso, también, permaneciendo muy unidos en la oración y en la fracción del Pan.
A veces resulta difícil reconocerte, por nuestras limitaciones personales, o por nuestra falta de fe. Pero contamos con tu ayuda, y tú siempre sales a nuestro encuentro, sobre todo cuando nos ves agobiados porque nos parece que no hay fruto.
Jesús, me siento privilegiado porque cuento con el alimento de tu Cuerpo y de tu Sangre que me da vida y salvación. ¿Cómo quieres que yo, sacerdote, viva mi fe?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes de mi pueblo: Yo Soy.
Este es mi cuerpo, y esta es mi sangre. Yo soy el Hijo de Dios hecho hombre, resucitado y vivo, yo soy el Cristo, y soy Eucaristía.
Quiero que ustedes, mis sacerdotes, me reconozcan y profesen su fe.
Quiero que escuchen mi llamado, que dejen todo, que se echen al mar de mi misericordia y vengan a mí. Entonces yo les daré de comer, comeré con ustedes y serán parte conmigo.
Quiero que me escuchen y hagan lo que yo les digo; que obedezcan y echen las redes al mar. Pero primero hace falta su voluntad de salir a pescar: voluntad de trabajar, realizando sus ministerios con perfección, caminando en mi camino, que es en donde yo salgo al encuentro constante para darles de comer, para que sean parte conmigo. Es en sus manos en donde yo me aparezco, en cuerpo y en sangre, en presencia real y viva.
Quiero que me reconozcan al elevarme en la hostia y en el cáliz. Yo Soy.
Quiero que se ofrezcan conmigo en una misma ofrenda al Padre, en comunidad. Es así como se unen a mi sacrificio.
Quiero que agradezcan conmigo, porque en esta unión somos gratuidad.
Quiero que coman mi cuerpo y que beban mi sangre, porque es así como yo me doy y los hago míos. Yo soy la piedra que desecharon los constructores y ahora es la piedra angular. El Papa es la roca sobre la que construyo mi Iglesia.
Quiero que en él me reconozcan.
Quiero unidad y obediencia.
Quiero que sean enviados a demostrar su fe con obras y vayan a pescar en el mar de mi misericordia, para que echen las redes, y traigan los peces al pie de mi altar.
Quiero que oren para que aumente su fe. Para que cuando les hable me escuchen, y cuando sus manos me toquen y sus ojos me vean en la Eucaristía, me reconozcan.
Quiero que profesen su fe al consagrar, al elevar mi cuerpo y mi sangre, al comer mi cuerpo y beber mi sangre, al compartir y darme a los demás, entregándose conmigo en unidad, en la Palabra, en la Eucaristía y en obras de misericordia.
Quiero que, con su fe, echen redes al mar de mi misericordia, y traigan almas a mi altar.
Quiero que pidan al Padre su divina Providencia de vocaciones sacerdotales, porque la mies es mucha y los obreros pocos. Vocaciones al pie del altar y vocaciones en el altar.
Quiero que se abran a la gracia y reciban mi misericordia, para que los que tengan amor, amen, los que tengan esperanza, alienten, y los que tengan fe, contagien, y enciendan corazones.
Quiero que eleven en sus manos la carne del Cordero de Dios, que es mi presencia viva, es pan vivo que sus manos bajan del cielo, es alimento de vida eterna y es Cristo resucitado y vivo.
Quiero que en sus manos eleven el cáliz con la sangre del Cordero, que es bebida de salvación, es presencia viva de mi divinidad contenida en cada gota.
Quiero que unan a mi pueblo con mis ángeles y mis santos, en mi sacrificio, para que todo sea unidad en el Espíritu y ofrenda al Padre, porque eso es agradable al Padre, es unión en comunidad, es alimento, es vida, es presencia viva, es ofrenda, es gratuidad, es don, es cuerpo, es sangre, es alma, es divinidad, es un pueblo de sacerdotes con los ángeles y los santos, con la madre de Dios, unido todo en Cristo, y es Eucaristía.
Yo les enseñaré a pescar.
Yo los he escogido a ustedes de entre mis redes, y los he llamado por ser los más pequeños; porque hay que hacerse ignorantes del mundo para llegar a ser verdaderamente sabios, para reconocerse pequeños ante la grandeza de Dios, porque la sabiduría del mundo es ignorancia ante Dios.
Ustedes son míos, y todo lo mío es de Dios y todo lo de Dios es mío.
Yo no ruego al Padre por el mundo, sino por los que Él me ha dado, porque son suyos y yo he sido glorificado en ustedes.
Yo ruego al Padre por ustedes, para que sean uno como nosotros somos uno, yo en ustedes y Él en mí, para que sean perfectamente uno. Por eso los traigo a mí. Los busco, los llamo, los encuentro, pero no me escuchan. Porque nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae, y yo lo resucitaré el último día.
Todos serán enseñados por Dios, y todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
Es tiempo de echar las redes, porque así, valiéndose de medios humanos, es que el Padre los atrae a mí.
Las redes son las obras de ustedes, los que predican mi palabra, y los mantiene unidos a mí. Pero las redes están rotas y los peces se han perdido en la inmensidad del mar, están dispersos, no escuchan, no se dejan encontrar.
Ustedes han sido llamados para acompañar a mi Madre a remediar, a reparar, a renovar las redes, para que la pesca sea segura; porque yo echo mis redes, pero se rompen, porque los peces están muy gordos, henchidos de orgullo, de egoísmo y de soberbia.
De ustedes se requiere la paciencia de los santos, de los que guardan los mandamientos y mi fe, para que los peces se hagan pequeños y no rompan las redes, para que los traigan hasta la orilla, para que lleguen a mí.
Pero antes de pescar, hay que remar mar adentro, en donde la palabra verdaderamente se escucha y llega a lo más profundo, porque mi palabra está viva.
Cuando piensen que todo les falta, se sienten solos, no creen, no confían, no aman, han debilitado su fe.
Cuando estén cansados, se sientan perdidos, no estén resguardados en la seguridad de mis redes, siempre queda la obediencia y la fidelidad.
Al que le obedece, Dios le concede todo lo demás, no por sus méritos, sino por la filiación divina que yo les he conseguido, porque Dios es Padre.
Pero, para obedecer, primero hay que escuchar.
Escuchen mi palabra y obedezcan. Si me obedecen guardan mis mandamientos, y el que guarda mis mandamientos permanece en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Mi mandamiento es que se amen los unos a los otros como yo los he amado.
El que guarda mis mandamientos, ese es mi amigo. Yo soy el Buen Pastor y doy la vida por mis ovejas. Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Es tiempo de que suban a la barca y naveguen mar adentro, y echen las redes al mar. Pero asegúrense de que las redes no estén rotas.
Aquí tienen a mi Madre. Ella arregla, ella zurce, remienda, repara, renueva, remedia. Es Madre».

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Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ayúdame a tener unas redes muy fuertes, para que la pesca sea abundante; y una fe muy grande, para obedecer siempre y en todo a Jesús. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: nadie cose un vestido viejo con remiendos nuevos sin tratar, porque la tela nueva podría desgarrarse y hacer un daño peor. Remendaremos las redes con remiendos de sacrificio y oración, para conseguir redes fuertes, que mantengan la pesca de mi Hijo segura.
La buena pesca de mi Hijo son ustedes, los sacerdotes. Pero algunos se han salido de las redes rotas; otros no se han dejado pescar; y algunos, que permanecen en las redes y están en la barca, no han llegado a la orilla.
Dios toca los corazones de todo el que caiga en mis redes, y escuche y obedezca la voluntad de Dios, cumpliendo sus mandamientos.
Aquí tienen a mi Hijo, para que lo escuchen y lo obedezcan. Y, una vez renovados, echen cada uno sus redes al mar, y la pesca sea abundante, pero con redes fuertes, para que no se rompan, y no se pierda ninguno, para que, cuando lleguen a la orilla, den buenas cuentas al dueño de la barca, de las redes y de los peces.
Las redes fuertes son la palabra de Dios.
Escuchen y obedezcan: lleven la palabra de Dios a todos los rincones del mundo, para una nueva reevangelización. Usen las redes fuertes y pesquen, mientras yo remiendo las redes rotas con mi oración de intercesión, pidiendo vocaciones, para que los Seminarios se llenen.
Lo que pidan en nombre de mi Hijo, el Padre se los concederá, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Porque ustedes lo escuchan y lo aman, y lo obedecen, y guardan sus mandamientos.
Hijos míos, sacerdotes: en mi vientre está la luz de la fe, la esperanza y el amor. Es desde aquí que brilla la luz para el mundo, para que el mundo reconozca por la fe a Cristo, resucitado y vivo, que reina en mí, que reina en ustedes, que reina en todos los corazones que tienen fe.
Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, pidiendo la providencia del Padre, para que, con su gracia, nos envíe más vocaciones, y perfeccione las que ya nos ha enviado.
Pidan esto conmigo y en comunidad, y todo lo demás se les dará por añadidura».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ALIMENTO DE VIDA
«Muchachos, ¿tienen algo de comer?»
Eso preguntó Jesús a sus discípulos.
Y eso mismo te pregunta a ti, sacerdote.
te envía a echar las redes al mar, para que consigas el alimento con tu trabajo y el sudor de tu frente.
Y tú, sacerdote, ¿has pescado algo?
¿Escuchas la palabra de tu Señor y lo obedeces?, ¿o echas las redes al mar y pretendes pescar con tus propias fuerzas?
¿Confías en la providencia de un Padre misericordioso y amoroso, que te da todo, hasta su heredad por filiación divina?
¿Pides al Padre con humildad y con la insistencia de un hijo?
Confía, sacerdote, porque ¿qué padre hay que, si su hijo le pide un pez, le dé una piedra?
disponte a recibir, uniendo tu voluntad y tu trabajo, a la voluntad y la providencia de tu Padre, para que ofrezcas el fruto de tu trabajo a tu Señor, y Él lo una a su sacrificio redentor, y sea una sola ofrenda agradable a Dios.
Transforma, sacerdote, la ofrenda, en alimento de vida y en bebida de salvación. Tú tienes el poder en tus manos, de transformar tu trabajo y el trabajo de los hombres, en el Cuerpo y en la Sangre de tu Señor, en el único y eterno sacrificio que renuevas todos los días en cada celebración.
Participa, sacerdote, de la mesa de tu Señor. Mira que está a la puerta y llama. Si tú le abres la puerta, Él entrará y cenará contigo y tú con Él.
Escucha, sacerdote, las palabras de tu Señor, y echa las redes al mar, para que puedas pescar, y lleves en tu ofrenda muchas almas al altar, para que sean transformadas en acción de gracias, en don, en comunión, en alimento, en sacrificio, en ofrenda, en sacramento, en Eucaristía.
Permanece atento, despierto, en vela, porque tu Señor viene a tu encuentro en todo momento, para que lo reconozcas cuando escuches su voz, cuando parta para ti el pan, cuando coma contigo, compartiendo todo con alegría, como lo hacen los amigos.
Realiza tu trabajo, sacerdote, buscando la perfección, practicando con virtud tu ministerio, pero dedicando siempre un tiempo para la oración, porque muchas cosas son importantes, pero sólo una es necesaria: escuchar a tu Señor.
Acude, sacerdote, con prontitud, cuando tu Señor te llama, pero procura nunca ir con las manos vacías. Llévale al altar tu ofrenda de cada día, fruto de tu trabajo y de tu sacrificio, pero siempre con alegría, para unirla a la cruz de tu Señor, para que sea transformada en la vida de su resurrección.
Pero recuerda, sacerdote, que tu Señor ha dicho: “misericordia quiero y no sacrificios”.
Dale de comer al hambriento, y dale de beber al sediento.
Y reconoce que ese alimento y esa bebida es tu Señor, y lánzate a su encuentro.
¡Reconócelo!, tu Señor está vivo.
¡Atrévete!, échate al mar.
Deja las redes y síguelo.

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HOMBRE DIVINIZADO – PRESENCIA VIVA DEL SEÑOR

«No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan?» 

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Jueves 8 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 51
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, testigo fiel de que Él resucitó, y vive en ti, y a través de ti se entrega una y otra vez al mundo, para llevar su perdón a todos los hombres, y su paz hasta los confines de la tierra».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA
Está escrito que Cristo tenía que padecer y tenía que resucitar de entre los muertos al tercer día.
Del santo Evangelio según san Lucas: 24, 35-48
Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?”. Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.
Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: para tus discípulos, y para nosotros ahora, es muy diferente cuando tú dices “yo soy”, que cuando lo dice cualquier otra persona.
Para el pueblo elegido “Dios es”: Yahvé.
Era comprensible el desconcierto y temor cuando te vieron resucitado, les costaba creer, aunque te veían.
Y después de decirles que eres Dios, les demuestras que sigues siendo hombre, comiendo delante de ellos, y mostrándoles tus llagas. Era el mismo cuerpo que había estado en la cruz.
Y a mí me ayuda mucho contemplarte como hombre verdadero, porque eres mi modelo, y quiero tener tus mismos sentimientos.
Y me ayuda también contemplarte como Dios, porque yo, sacerdote, soy Cristo en el mundo, y tengo que aprender a ser hombre divinizado.
Lo primero que dijiste a tus discípulos el día de tu resurrección fue: “la paz esté con ustedes”. Eso mismo quieres que hagamos nosotros: llevar a las almas tu paz.
Y nos das tu poder, con el Pan y la Palabra. Con la Eucaristía se abren los ojos, y con tu perdón se recupera la paz del corazón.
Jesús, ¿qué debo hacer para dar testimonio de que soy tu presencia viva en el mundo?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío, mírame: Yo soy. Mi paz te doy.
Yo soy un hombre de carne y hueso. Mi cuerpo y mi rostro es de hombre divino y glorioso. En mi costado tengo una herida, abierta, profunda y fresca. A través de esa herida se expone mi corazón vivo y herido, por el que corre la sangre de mis venas. Mis manos y mis pies, también tienen heridas profundas, que los atraviesan de un lado a otro. No son cicatrices, son llagas frescas.
Entrégate a mí, amándome, adorándome, sintiendo el gozo y la plenitud de mi paz. Me muestro ante ti, te uno a mi corazón, te hago parte de mí, y te hago mío, me hago tuyo, para que des testimonio de mí. Lleva tu testimonio al mundo, para que crean en mí.
Yo soy alimento, pan vivo bajado del cielo, para alimentar al mundo y darle vida.
Yo soy Dios, y también soy un hombre, y tengo hambre y tengo sed. Dame de comer y dame de beber. Tráeme almas. Lleva mi paz y diles que yo soy.
Yo soy el mismo, ayer, hoy y siempre.
Yo soy Jesucristo, el Hijo de Dios, que tenía la gloria con Él antes de que el mundo existiera.
Yo soy el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo.
Yo soy el que ha sido enviado al mundo, para salvar a los pecadores.
Yo soy el que es, el que era y el que ha de venir.
Yo soy Dios hecho hombre, engendrado por el Espíritu Santo en vientre virgen de mujer, palabra encarnada, para nacer de una mujer inmaculada y pura, para llevar la luz al mundo.
Yo soy Dios y hombre, para ser en todo como los hombres, menos en el pecado, pero para hacerme pecado, y con mi muerte destruir la muerte causada por el pecado, y venciendo a la muerte dar vida a los hombres.
Yo soy el que nació entre los pobres, para traer la riqueza del Reino de Dios al mundo.
Yo soy el bebé indefenso, que dependía totalmente de los cuidados de su madre, el que ella cuidó y alimentó.
Yo soy el que su padre protegió y educó.
Yo soy el que aprendió a hablar y a caminar, de la mano de su madre.
Yo soy el que aprendió a obedecer, y a someterse al cuidado y dirección de sus padres.
Yo soy el que siendo niño jugó y creció entre los niños, para aprender a vivir con la humildad y mansedumbre de la inocencia de un niño.
Yo soy el que creció entre jóvenes para adquirir la madurez de los hombres, viviendo entre la miseria y el pecado de los hombres, conservando la gracia por el Espíritu, resistiendo a las tentaciones, aprendiendo a amar y sufrir, soportando con paciencia.
Yo soy hombre y Dios.
Yo soy el Hijo del Padre, y es a través de mí que el Padre se dona a los hombres, y compadece y sufre en la carne el dolor, y se alegra y vive como hombre.
Yo soy quien siente y sufre en el cuerpo y en el alma, como los hombres, y teme al dolor, pero lo acepta, y lo ofrece porque teme más a Dios.
Yo soy quien ha sentido hambre y sed, frío y calor, cansancio y descanso, como los hombres, y he trabajado y he reído y he llorado, como los hombres, y me he entregado totalmente en manos de los hombres, amando hasta el extremo como Dios y como hombre, amando a Dios por sobre todas las cosas a través de los hombres, obedeciendo a Dios hasta la muerte, por mi propia voluntad, por amor a Dios y a los hombres. Y una muerte de cruz.
Yo soy el hombre que entregó la vida siendo probado en cuerpo y en voluntad, como hombre.
Yo soy el mismo, el que han rechazado y condenado, el que ha sido exaltado en la cruz crucificado, y el que han bajado de la cruz y puesto en un sepulcro.
Yo soy el hombre y Dios vivo, que ha resucitado como hombre y como Dios.
Yo soy el camino en el que deben caminar.
Yo soy quien les da el ejemplo de vida, y con la gracia todo lo pueden.
Yo soy el hombre frágil y el Dios omnipotente.
Yo soy el hombre resucitado en cuerpo, en sangre, en alma y en divinidad, que sube al cielo a la gloria del Padre, pero que se queda como alimento de los hombres, en cuerpo, en sangre, en alma, en divinidad, en Eucaristía, para que el que crea en mí, y coma mi cuerpo, y beba mi sangre, viva en mí y yo en él, y tenga vida eterna.
Yo los resucitaré en el último día, para que sean como yo: almas santas y cuerpos gloriosos de carne y hueso, divinizados en Cristo.
El que cree en mí, y vive en mí, da testimonio de mí. Tú crees en mí, permaneces en mí, y yo permanezco en ti.
Cree en mí y en que tú eres como yo soy: hombre divinizado, para ser Cristo en el mundo.
Sigue mi ejemplo, porque como hombre conservé la gracia para resistir a la tentación, para vivir en virtud, para entregarme a Dios con pureza y humildad de corazón. Y como hombre pude haberme negado y pude decir que no a la voluntad de Dios. Y en cambio dije no a la tentación del pecado y dije sí a la voluntad de Dios. Porque el amor es libre, y si no es libre no es amor.
Con esa libertad, con tu voluntad, dile no al mundo y renuncia a ti mismo, para que a Dios le digas sí, y tomes tu cruz de cada día y me sigas.
La cruz de cada día es de dolor, de perdón, de resistir la tentación, de sufrimiento, de trabajo, de obediencia, de amor, de renuncia, de crucificar el pecado, y de alegría de servir a Dios. Porque nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero.
He venido a traerte la paz, para que no vivas preocupado, y busques primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura. Bástale a cada día su afán.
He venido a darte la certeza de que sí puedes ser como yo soy, si vives en mí, como yo vivo en ti, y aceptas la gracia de Dios, para que seas como yo soy, por mí, y no por tus propias fuerzas. Y de que, por mí, puedes ser como yo soy, porque yo soy el mismo, ayer, hoy y siempre, y por mi vida, mi muerte y mi resurrección, te he hecho como yo: mi hermano, mi amigo, hijo del Padre, Cristo vivo, para que seas luz y lleves con mi poder mis obras, mi salvación y mi paz a todos los rincones de la tierra.
Mi Padre ha dado al hombre la compañía de mujer, que es carne de su carne, de su costado. Yo les doy a mis sacerdotes la compañía de mi Madre, ella es carne de mi costado, de mi corazón, y yo soy carne de su carne y sangre de su sangre. Ella vive en mí y yo vivo en ella. Es ella quien los cuida y los alimenta, los auxilia y los hace crecer, los mantiene en el camino de la gracia que lleva a mí, para que resistan a las tentaciones, para que se levanten de sus caídas, para sostenerlos en su cruz, para que mueran al mundo y vivan por mí, conmigo y en mí.
Cuando ustedes son ordenados mueren siendo hombres para nacer como sacerdotes. Yo soy quien los bendice. Yo soy el Sumo y Eterno Sacerdote.
Tendidos a mis pies, que sean como niños jugando a ser Dioses, que la emoción que alberga su espíritu y la ilusión de su alma permanezca como infantes, en la inocencia del primer amor.
Aquí les son dados los dones y las gracias, desde aquí los envío al mundo con mi espíritu, aquí los fortalezco en esta entrega de amor, para que vengan con valor y valentía, a dejarlo todo para tomar la cruz, que les es entregada con la misión encomendada de llevarme a mí al mundo, entre el mundo, para salvar las almas del mundo.
Que sus manos benditas, hacedoras del milagro, unan su entrega conmigo en el sacrificio del Cordero, y sea siempre, para ustedes, una espera Pascual.
Que en cada gota de vino, convertido en mi sangre, esté un alma convertida y traída por ustedes a mi cielo.
Que en cada partícula de pan, convertido en mi cuerpo, lleven luz y vida.
Que siempre se sorprendan ante este gran misterio, y agradezcan que les haya sido confiado.
Que sean como yo después de convertir el vino, y salgan a anunciar el reino de los cielos, como yo los envío.
Que cuando a mis pies yazcan tendidos, adorando en el momento culmen de su entrega, para decirme sí, sea mi Madre quien los sostenga. Que se tomen de su mano y se levanten, que caminen a su lado, que se dejen abrazar por ella, y descansen en su regazo, y que por ella nazcan como yo, para entregarse, para crecer en espíritu y en amor, para aprender a vivir en el mundo, sin pertenecer al mundo, para ser pescadores de hombres, pastores de mi rebaño, labradores de mi huerto, salvación de las almas, Cristos.
Que su vida sea oración continua, que fortalezca su vocación, que permanezca la fe y prevalezca el amor.
Que los sacerdotes mayores sean ejemplo, que sean luz y guía, y que los jóvenes los refresquen con su alegría, que caminen juntos llevando esperanza, que se levanten unos a otros cuando caigan, y que sea sólo yo su camino, su verdad y su vida.
Que vuelvan, al primer día, al amor primero, a la ilusión de la entrega, que todos pertenezcan al mismo cuerpo místico, que juntos sean uno sólo conmigo, unidad en el amor primero.
Que sean como niños con la confianza entregada al Padre, la mirada hacia el cielo, los brazos abrazando mi Cruz, y los pies en mi camino.
Que mantengan los ojos del cuerpo cerrados y los ojos del alma atentos.
Que se dejen amar por mí, porque cuando nace un sacerdote hay fiesta en el cielo.
Que las almas elegidas para mí sean vocaciones para amar.
Que cuando yo los llame se dispongan a su entrega, y que me digan sí, como mi Madre dijo sí.
Que oren como ella, entregando su vida a Dios como ella, que me amen como ella, y la acompañen, para que ella los lleve a mi encuentro. Reciban en mi paz la gracia para que sean como ella, siguiendo su ejemplo, y sean ustedes ejemplo, para que otros hagan lo mismo».

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Madre mía, Reina de la Paz: soy consciente de que tu Hijo quiere hacerse presente a todas las almas a través de mí. Ayúdame a ser un fiel portador de Cristo. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: Cristo vivo y resucitado quiere llevar la luz y la paz al mundo, a través de ustedes.
Es a través de ustedes que Cristo alimenta al mundo con su cuerpo y con su sangre, y se hace presente en cuerpo, en sangre, en alma, en divinidad.
Es a través de ustedes que el hombre encuentra la reconciliación con Dios.
Es a través de ustedes que el hombre vuelve a la vida, y se une a Dios, por los sacramentos.
Es por ustedes que el hombre adquiere el conocimiento y la paz, a través de la Palabra.
Es por sus manos que Cristo se entrega constantemente y se hace presente, como pan vivo bajado del cielo.
Es en ustedes en quienes el Espíritu Santo derrama sus dones, para que adquieran la sabiduría y el entendimiento, para morir al mundo y vivir una vida plena de unión en Cristo, para que sean ejemplo y otros hagan lo mismo.
Ustedes son testimonio de fe, de esperanza y de amor.
Permanezcan en comunión conmigo, unidos al corazón de Jesús, cumpliendo los mandamientos y entregando su voluntad a Dios, viviendo en la fe, en la esperanza y en el amor, para que permanezcan en Cristo y Él en ustedes, y con su vida y con mi ejemplo, lleven su testimonio y mi amor a través de su corazón sacerdotal, para que crean en Él, y en que Él está presente en cuerpo, en sangre, en alma, en divinidad, como hombre y como Dios, en la Sagrada Eucaristía, y le abran la puerta, para que Él entre, coma con ustedes, y les dé su paz, para que ustedes quieran ser como Él, para que sean como Él y hagan lo mismo que Él, ayer, hoy y siempre».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PRESENCIA VIVA DEL SEÑOR
«La paz esté con ustedes».
Eso dice Jesús.
Se lo dijo a sus discípulos.
te lo dice a ti, sacerdote, presentándose en medio de los hombres como Dios y como hombre, en cuerpo, en sangre, en alma y en divinidad, en presencia viva, al partir el pan, en Eucaristía.
Él es la paz, y Él es el mismo ayer, hoy y siempre.
Tu Señor ha venido a traerte la paz, sacerdote, abriendo tus ojos para que lo veas, y tu entendimiento para que creas en las Escrituras, y en que se cumplirá hasta la última letra, porque Él es la Palabra encarnada en un hombre de carne y hueso, como tú, sacerdote.
Él es el Verbo hecho carne, que habitó entre los hombres, y que fue crucificadomuerto y sepultado, y que resucitó de entre los muertos al tercer día, para que se cumpliera lo que está escrito de Él en las Escrituras, que dicen que el Mesías tenía que padecermorir y resucitar de entre los muertos al tercer día.
Tú, eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, y eres testimonio de que Él es el Mesías, el Cristo, el Hijo único de Dios, que ha venido al mundo a morir para el perdón de los pecados, porque Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, testigo fiel de que Él resucitó, y vive en ti, y a través de ti se entrega una y otra vez al mundo, para llevar su perdón a todos los hombres, y su paz hasta los confines de la tierra.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, que se presenta en medio de los hombres, como hombre de carne y hueso, que revela al mundo su divinidad, para que el mundo crea que Cristo es el Hijo único de Dios, que ha traído la paz al mundo a través de la redención, pero que es necesario que cada uno se acerque a pedir perdón, y reciba con tu poder la absolución, en el sacramento de la reconciliación.
Tu eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, y tienes su poder en tus manos, y su palabra en tu boca, para que al partir el pan se abran los ojos de los hombres y lo reconozcan, y para que al recibir el perdón y la Sagrada Comuniónla paz de Dios reine en cada corazón y sea extendida en cada casa, en cada familia, en toda la tierra.
Arrepiéntete, sacerdote, y cree en el Evangelio.
Conviértete y confirma tu fe en filiación al Papa, que es Pedro, la Roca sobre la que tu Señor construye su Iglesia, y permanece sometido a su obediencia, fortaleciendo la unidad y la fidelidad a la Santa Iglesia.
Es así, sacerdote, como llevas al mundo la paz: reconociendo en el Supremo Pastor, la presencia viva de tu Señor. Él predica en su nombre a todas las naciones.
Tú, sacerdote, eres testigo de esto.

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VERDADEROS APÓSTOLES – RECONOCER A JESÚS

«Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre» 

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Martes 6 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 49
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Reconócete, sacerdote, en Él, y a Él en ti, y permanece con Él, para que sea Él y no tú, quien viva en ti, para que camines confiado cumpliendo la misión a la que Él mismo te ha enviado, renunciando a todo por Él, hasta a ti mismo».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA
He visto al Señor y me ha dado este mensaje.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 20, 11-18
El día de la resurrección, María se había quedado
llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿por qué estás llorando, mujer?”. Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.
Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¡A quién buscas?”. Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’ “.
María Magdalena se fue a ver a los discípulos y les anunció: “¡He visto al Señor!”, y les contó lo que Jesús le había dicho.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: primero preguntan los ángeles a María por qué está llorando. Después tú mismo se lo preguntas. Estaba claro el motivo de ese llanto: no estaba tu cuerpo, y ella quería verte.
A la luz de tu resurrección habría que entender esa pregunta de otra manera: ¿por qué lloras… si ya no hay motivo? Sus lágrimas de dolor se convirtieron en lágrimas de amor, por la alegría de verte vivo.
Así también nos preguntas a nosotros, “cuando te perdemos”. El pecado entristece, y debemos recuperarte. Y eres tú el que nos buscas, y debemos reconocerte.
Sabemos, Señor, que has entregado tu vida, y la has recuperado, para salvarnos. De modo que harás siempre todo lo posible por recuperarnos. Y una vez recuperados nos pides que vayamos a anunciarte a nuestros hermanos.
Jesús, yo quiero hacer lo mismo que la Magdalena cuando te reconoció. Me imagino que te asió fuertemente, al grado de tener que decirle: “déjame ya”.
Te tengo en la Eucaristía, y no quiero soltarte, para sacar fuerzas para mi ministerio.
¿Cómo puedo permanecer siempre contigo, y así llevarte a los demás?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: ¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Estoy aquí, con ustedes.
Mi Padre me ha enviado para morir por los pecados de los hombres. Los hombres me pusieron entre los malhechores para morir entre los pecadores. Y yo entregué mi espíritu en manos de mi Padre.
Mi Padre me envió a descender a los infiernos para anunciar mi victoria, el triunfo de la vida sobre la muerte. Y he vuelto resucitado y vivo a mostrarme entre ustedes, para que den testimonio de la verdad, para que muestren el camino, para que otros crean en mí, y mi salvación llegue a todos los rincones de la tierra.
Yo he venido a traerles alegría.
Yo les he mostrado la verdad, el camino y la vida, para que den testimonio de todo esto: yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es por mí, y el que me ha visto a mí, ha visto al Padre.
Yo subo a mi Padre, que es su Padre y mi Dios, que es su Dios. Pero no los dejo solos. El Padre enviará al Espíritu de la verdad para que viva en ustedes, y aunque el mundo no me verá, ustedes si me verán, porque yo vivo y ustedes viven también.
El que me ama y cumple mis mandamientos vive en mí y yo en él, como yo vivo en mi Padre. Mi paz les dejo, mi paz les doy. Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.
Ahí tienen la Roca que yo he elegido, y en quien confío para construir mi Iglesia.
Ahí tienen a mi Madre, que los reúne, para fortalecer su fe, para que reciban al Paráclito, al Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, para que les enseñe y les recuerde todo lo que yo les he dicho, para que encuentren el camino y sean luz para el mundo, para que defiendan la verdad y la vida, y lleven mi salvación a todos los rincones de la tierra.
Permanezcan reunidos, porque donde están dos o más reunidos en mi nombre, ahí estoy yo, y si se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre, que está en el cielo, se los concederá.
Pidan al Padre que derrame su Santo Espíritu sobre ustedes, para que sean verdaderos apóstoles, verdaderos discípulos, verdaderos pastores, verdaderos sacerdotes, verdaderos Cristos.
Yo les doy mi alegría, en compañía de mi Madre, como un eterno Pentecostés.
Yo siempre estoy con ustedes. Permanezcan conmigo, y lleven a mi pueblo la alegría de un encuentro cotidiano con el amor resucitado y vivo.
La misericordia ha sido derramada en sus corazones por mi sangre, y el Padre, por mi sacrificio, me ha entregado su justicia.
Yo subo al Padre, para ser glorificado en Él, para ser sentado a su derecha y para ser enviado de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos.
Miren que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré a su casa y cenaré con él y el conmigo, y así como yo vencí y me senté con mi Padre en su trono, les concederé sentarse conmigo.
El que tenga oídos, que oiga.
Yo los envío, pero también voy con ustedes. Yo soy el camino por el que el agua de mi misericordia será llevada y conducida a todas las almas, como el agua que va buscando sus caminos entre las piedras, y llega a la tierra por donde hace surcos y sigue abriendo caminos con la fuerza de la energía que emana de la fuente de donde brota el agua.
El sembrador ha sido desterrado, pero ha dejado las semillas en la tierra. El agua está haciendo esa tierra fértil, y los labradores dan el rumbo a esa agua por cada arroyo, por cada surco por donde alcanza a la semilla, y el germen brota y reverdece y crece para dar fruto. Fruto de la vid y del trabajo del hombre, que será ofrecido al Padre para que lo convierta en alimento vivo.
Pero la tierra es mucha y lo labradores pocos, oren al Padre, para que mande más obreros a su mies. Yo soy el agua viva, yo soy la fuente y el cauce, yo saciaré su sed para que puedan trabajar y cosechar frutos buenos para la ofrenda.
Los frutos malos serán tirados a la hoguera. Las semillas que los vientos han llevado fuera del camino serán lavadas con la lluvia y sembradas en la tierra fértil. Lluvia de las lágrimas de mi Madre.
Permanezcan en la esperanza y en el amor, porque serán saciados y recompensados al atardecer, en la puesta de sol, al terminar el día, porque ustedes provienen del sembrador, quien ha vuelto para dar luz y calor al huerto, para dar vida nueva al labrador y fruto a la semilla. Ustedes son labradores, instrumentos de salvación.
Reciban mi amor, déjense amar por mí, para que todo este amor que ustedes reciben, lo entreguen en el agua de manantial de mi misericordia y con ella den de beber, por la caridad, a todas las almas, fruto de la semilla del sembrador y del trabajo del hombre».

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Madre nuestra: en algunas imágenes de Jesús crucificado se incluye, junto a ti, a santa María Magdalena. La piedad cristiana la imagina muy cerca de ti, acompañándote en ese momento de dolor, igual que san Juan.
Parece muy comprensible que Jesús haya querido tener un detalle de cariño especial por esa mujer valerosa, que fue fuerte al pie de tu Cruz, y que demostró así, una vez más, que ha amado mucho.
Tu Hijo la hizo apóstol de apóstoles, pidiéndole que llevara su Palabra a sus discípulos, con el anuncio gozoso de su Resurrección.
El ejemplo de la Magdalena y de las demás santas mujeres que acompañaron a Jesús me recuerda la importancia cada vez mayor del genio femenino en la Iglesia, del papel de las mujeres en la causa del Evangelio. Y de cómo los sacerdotes debemos tenerlas muy en cuenta en nuestro ministerio, acompañándolas y ayudándolas a cumplir con su misión de transmitir la fe.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ayúdame a tener también ese mismo valor en todo momento, para transmitir con alegría y fielmente el Evangelio, con la esperanza de que Dios no se dejará ganar en generosidad; déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: subir a la cruz no es suficiente. Hay que morir en ella, para resucitar a una vida nueva. Morir al mundo para vivir en plenitud.
Es renunciando a los placeres y a los vicios, y al pecado, como se muere en la cruz.
Es renunciando a todo y dejándolo todo como se puede tomar la cruz para subir, para morir, para vivir. Porque a los tibios Jesús los vomita de su boca.
Son ustedes, mis hijos, los sacerdotes, que se quedan como Juan, al pie de la Cruz, los que suben en ella, para perdonar, para absolver, para salvar a mis hijos, los pecadores, que se acercan arrepentidos y permanecen en la fe y en la esperanza, como María, acompañando a la Madre, adorando al Hijo, al pie de la Cruz, a los pies de Jesús.
Hijos míos: la luz que brilla en mi vientre es la Palabra de Dios, que es Palabra viva y eficaz
, como la espada de dos filosYo quiero que ustedes sean los primeros en recibir la buena nueva, que es la misma Palabra, pero para una nueva reevangelización, apoyándose también en las mujeres, que son mi esperanza.

Yo quiero que ustedes, mis hijos sacerdotes, estén dispuestos a recibir mi auxilio de Madre a través de la oración y la fe puesta en obras, de mujeres que demuestran mucho amor al Cristo muerto, resucitado y vivo.
Yo les doy este tesoro de mi corazón: mi celo apostólico. Para que este celo por la casa del Padre los devore.
Celo apostólico para cumplir con su misión, y entregarse totalmente a la construcción del Reino de Dios.
Celo apostólico para dar acompañamiento y guiar a mujeres con corazón de madre, para que sean complemento espiritual de ustedes, mis hijos sacerdotes, porque han sido creadas de la costilla del hombre, a imagen y semejanza de Dios.
Celo apostólico para que dirijan a esas mujeres con corazón de madre, para que sean santas, y conmigo pisen la cabeza de la serpiente.
Celo apostólico para pedir constantemente los dones del Espíritu Santo y las gracias para su propia santidad, y para la de todo el pueblo de Dios a ustedes encomendado.
Celo apostólico para conseguir hombres y mujeres que sean verdaderos apóstoles de Cristo».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – RECONOCER A JESÚS
«Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?»
Eso dijo Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿por qué estás triste? ¿A quién buscas?
Alégrate, sacerdote, porque tu Señor está aquí. Tú lo has buscado, pero Él es el que te ha encontrado.
¡Cristo está vivo! Y ha salido a tu encuentro, para quedarse contigo.
¡Abre tus ojos para que lo veas! Y reconoce a tu Señor en tu hermano. Es así como Él sale a tu encuentro, y te llama por tu nombre, porque te conoce desde antes de nacer.
Él es Cristo, Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, y ellas lo conocen a Él.
Y las llama para que lo sigan, para llevarlas al Padre. Pero primero sube Él, confiando su rebaño a tus cuidados, sacerdote, para que, cuando te vean a ti lo vean a Él, para que, cuando tú les hables lo escuchen a Él, para que, cuando lo busquen, no busquen entre los muertos al que está vivo.
Y tú, sacerdote, ¿has buscado a tu Señor?
¿Te has dejado encontrar por Él?
¿Has escuchado su voz?
¿Lo has reconocido?
¿Has caminado con Él, sabiendo que Él es el camino?
¿Has llevado su palabra al mundo, para dar testimonio de que tu Señor está vivo?
La palabra de tu Señor es viva y eficaz, y da testimonio de sí mismo.
Y tú, sacerdote, ¿crees en su palabra?, ¿la predicas?, ¿la practicas?
Demuestra tu alegría, sacerdote, profesando tu fe y haciendo sus obras, y aún mayores, sabiendo que tu Señor está en su Padre, que es tu Padre, y en su Dios, que es tu Dios, y que también está en ti, porque se ha quedado para el mundo, a través de ti, sacerdote, para que tú salgas al encuentro de las almas, y consueles al triste, y des de comer al hambriento.
Participa, sacerdote, en la resurrección del que estaba muerto y ha vuelto a la vida.
vive, sacerdote, con alegría, acudiendo todos los días de tu vida al encuentro con Cristo resucitado y vivo en la Eucaristía, que te ha ganado para Él, porque estabas perdido y Él te ha encontrado, porque estabas muerto, y Él te ha resucitado.
Que sea tu alegría el testimonio de tu fe, sirviendo a los hombres con tu ejemplo y con tu guía, reuniéndolos a todos en un solo rebaño y con un solo pastor, a imagen y semejanza del Buen Pastor que reina y vive en ti, con quien eres configurado: Cristo, el Redentor crucificado y resucitado, que ha traído al mundo la salvación.
Reconócete, sacerdote, en Él, y a Él en ti, y permanece con Él, para que sea Él y no tú, quien viva en ti, para que camines confiado cumpliendo la misión a la que Él mismo te ha enviado, renunciando a todo por Él, hasta a ti mismo, tomando tu cruz, como Él, para seguirlo.
Tu Señor es el Camino, la Verdad y la Vida.
Reconócelo, sacerdote, cada vez que partes el pan y dices “ésta es mi carne”, y cada vez que elevas el vino y dices “ésta es mi sangre”. Es tu Señor en ti, sacerdote, y te llama por tu nombre.
Tu Maestro te ha buscado, y en ti ha encontrado a su discípulo amado.
Y tú, sacerdote, ¿lo reconoces?

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EL DON DE LA FE – SER TESTIMONIO

«No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea» 

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 5 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 48
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, la presencia viva de Cristo resucitado y glorificado, que se entrega una y otra vez a los hombres, todos los días, a través de tus manos, en la Eucaristía y a través de tu voz con la palabra de Dios, que es como espada de dos filos»

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA
Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 28, 8-15
Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”.
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Éstos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”.
Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: qué diferente es la actitud de las mujeres y la de los sumos sacerdotes. Es la actitud del que cree y del que no quiere creer.
El que cree se rinde a la realidad de los hechos. El que no quiere creer es porque esa realidad no conviene a sus intereses, y es capaz de creer lo que él mismo inventa.
El que sí cree no puede dejar de hablar de lo que ha visto y oído, se esfuerza por dar testimonio de su fe, de traducir su fe en obras.
Jesús, tú pediste a las mujeres que no tuvieran miedo. Había razones para tener miedo, pero también las había para ser valientes, porque te abrazaron y adoraron tu cuerpo glorioso. La valentía la daba la fe en tu resurrección.
Nuestra Madre, Señor, es maestra de fe. Ella es la que nos fortalece en el momento de la prueba.
Hemos de dar testimonio de ti, con palabras y con obras, sin miedo. Y del sacerdote se espera que sea fuerte en la fe, para dar seguridad a las almas.
Señor, ¿cómo quieres que sea mi testimonio de fe?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: ven a contemplar conmigo. Te llevaré a contemplar la fe de aquellos tiempos en estos tiempos, después de mi muerte, y el silencio, la desolación, la tristeza, el miedo, la incertidumbre, el llanto, de aquellos que al ver cómo temblaron cielos y tierra, creyeron.
Mira cómo los que no tenían fe, al ver, creyeron; pero los que tenían fe en mí, porque yo los llamé junto a mí, y me siguieron, y todo les fue revelado, al ya no verme dudaron. ¿Dónde está su fe?
Mira cómo entre ellos se esconden y tienen miedo, y acuden entonces a la única alma que siempre conservó la fe: la Madre que yo mismo les entregué. Y ella les dio consuelo y esperanza. Ella es testimonio de fe para mis pastores, para que aumente su fe, porque por mi misericordia les es dado el don, pero por sus méritos les es aumentado el don más precioso: el don de la fe, en la confianza, la entrega, el abandono de su voluntad, para hacer la voluntad del Padre, y en la disposición y la obediencia a esa voluntad, es fortalecida la fe.
Quiero que en el diálogo continuo conmigo, en la oración, me pidas fortalecer tu fe, y entonces moverás montañas, y harás milagros, y llevarán almas al cielo.
Quiero que busques a mi Madre, y te tomes de su mano, que ella te ayudará.
Quiero que sepas que a ella nada puedo negarle, que por ella y por la misericordia de Dios Padre, que por el mérito de mi pasión y muerte he conseguido, será fortalecida tu fe, para que me busques, para que me encuentres, y todos los días escuches y atiendas mi llamado.
Quiero que regreses al primer día, al primer llamado, al amor primero, y que acudas como aquel día, que lo dejes todo, que te niegues a ti mismo, que tomes tu cruz y que me sigas, porque el que pierda su vida la encontrará.
Yo soy la Vida: el que muera al mundo, resucitará en mí.
Yo soy la Resurrección: el que quiera venir conmigo, será llamado.
Yo soy el Camino: el que esté perdido, será encontrado.
Yo soy la Luz: el que muera por mi causa, ese tendrá parte conmigo en el cielo, ese será contado entre los preferidos de mi Padre, ese será santo entre mis santos.
Yo soy el Hijo único de Dios: el que me ame primero, que deje todo y me siga, y vivirá para siempre. En el misterio de la Eucaristía está la verdadera fe.
Amigo mío, quiero que des testimonio de mí. Yo soy el mismo ayer, hoy y siempre.
Contempla en mi rostro la fe, esperanza y amor.
Contempla en mi cuerpo el cuerpo de un hombre y la divinidad de un Dios.
Profesa tu fe, con tu corazón y con tu boca, con tus palabras y tus obras, con tu testimonio de mi amor por ti.
Tú, que me has amado vivo, muerto y resucitado, eres testimonio de mi amor por ti.
Tú, que me has escuchado, eres testigo de mi palabra.
Tú eres testigo de mi misericordia. Muestra este testimonio de fe con tu vida, en tus obras, en tus pensamientos, en tus palabras, en tu oración, y demuestra cuan capaz soy de derramar mi amor y mi misericordia con mi vida, con mi muerte y con mi resurrección, porque yo soy el mismo ayer, hoy y siempre, el principio y el fin.
Yo he abierto las puertas del cielo a través de la Cruz, para que todo el que crea en mí tenga vida eterna, para que todo el que crea en mí profese su fe, para que otros crean. Y su fe está en que yo he vencido a la muerte, pero no he sido entregado a la muerte, y mi carne no ha conocido la corrupción. He sido resucitado por el Padre que me glorifica con la gloria que tenía antes de que el mundo existiera.
Lleva tu testimonio al mundo, para que aumente su fe.
Contempla mi cuerpo glorioso, en el que yo los resucitaré en el último día.
Contempla la Cruz. Está vacía, un lienzo blanco cuelga de ella y se mueve con el viento. Está elevada sobre agua, como en un mar, y está toda manchada de sangre fresca. Es un madero inerte, pero el agua es como un fuerte nutriente que le da vida.
Del madero brotan ramas verdes como vástagos. Es una vid, de la que brotan frutos de los sarmientos, que se alimentan de la sangre de la Cruz, y los ángeles los cortan y los ofrecen a Dios en una sola ofrenda, y limpian los sarmientos para que den más fruto. Pero cortan los sarmientos que no dan fruto, y se secan, y son arrojados al fuego.
Contempla la Cruz transformada en vid, y la vid es el que Es, y el que da la vida. Y el fruto depende de la vid, y de que los sarmientos permanezcan en la vid. Los sarmientos son los hombres que han sido limpiados para que den mucho fruto para la gloria del Padre.
Contempla el tesoro que hace permanecer a los sarmientos unidos a la vid. Es la fe. Y el fruto de la fe son las obras. Mientras más fe, más fruto y mayores son las obras. El agua es un mar de misericordia, para que los sarmientos de la vid den buenos frutos y con la fe los frutos sean transformados en obras.
Cree y cumple mis mandamientos, para que permanezcas en mí como yo permanezco en ti, y el Espíritu Santo, que yo he recibido, sea derramado en ti, para que afirmes tu fe y des mucho fruto, porque habrá quien dé falso testimonio de mí.
Confía en mí, abandónate en mí, obedece mis palabras, y vive en la alegría de mi resurrección, en mi amor y en la plenitud de un encuentro constante conmigo por la fe que te he dado, para que esa fe se manifieste en tus obras».

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Madre mía, maestra de fe: enséñame y ayúdame a cuidar mi fe, e intercede ante Dios para que me la aumente y sepa corresponder con obras.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: cuiden su cuerpo y cuiden su alma, porque llevan un tesoro en vasija de barro. El tesoro es la fe.
Permanezcan conmigo al pie de la Cruz, que parece estar vacía, pero que está llena de vida; que es el signo del amor de Dios por los hombres, porque nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Permanezcan en oración conmigo, para que aprendan a transformar su fe en obras de auxilio y misericordia, por las que entregarán su vida por mi Hijo y por todas las almas. Acompáñenme».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – SER TESTIMONIO
“Yo soy el que da testimonio de sí mismo, y el Padre, que me ha enviado, también da testimonio de mí” (Jn 8, 18).
Eso dice Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿escuchas su palabra? ¿Le crees?
¿Das testimonio de que Cristo, que ha padecido y muerto en la Cruz, está vivo, porque ha resucitado para darte vida, para que vivas en Él y Él viva contigo?
Tu Señor da testimonio de sí mismo, y el Padre que lo ha enviado, también da testimonio de Él, haciéndote a ti y a Él, por un sólo sacrificio y una misma resurrección en perfecta configuración, una sola cosa, para que tú, sacerdote, vayas a Él y lleves a todas las almas del mundo contigo a través de Cristo, que por su pasión, con su muerte y su resurrección, ha abierto las puertas del cielo al mundo entero, y les ha ganado, por heredad, el paraíso, porque nadie va al Padre si no es por el Hijo, pero nadie va al Hijo si el Padre no lo atrae hacia Él.
Eres tú, sacerdote, instrumento fiel con el que el Padre atrae a los hombres al Hijo, para que el Hijo lo lleve a Él, pero de ti, sacerdote, se requiere la fe y la paciencia de los santos, para perseverar con docilidad, cumpliendo por tu propia voluntad y en la libertad que Dios te ha dado, la misión que te ha encomendado.
Escucha, sacerdote, la buena nueva, el anuncio del ángel del Señor y del mismo Cristo, resucitado y vivo, que sale a tu encuentro en el camino, como aquel día en que llegó a los oídos de los discípulos todo lo que las santas mujeres habían visto y habían oído.
Escucha, sacerdote, y cree.
Pídele a tu Señor que aumente tu fe, y contagia esa fe a todos los rincones de la tierra, porque tú eres, sacerdote, luz para el mundo.
Tú eres, sacerdote, la luz que Dios ha creado desde el principio de la creación del mundo para iluminar la obscuridad y ser la vida de los hombres.
Tú eres, sacerdote, la luz que vino al mundo y que los hombres no recibieron, porque prefirieron las tinieblas a la luz.
Tú eres, sacerdote, la Palabra encarnada que fue escuchada, pero que fue crucificada.
Tú eres, sacerdote, la Palabra resucitada que hace nuevas todas las cosas y la luz que ilumina la obscuridad del mundo para dar vida.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de Cristo resucitado y glorificado, que se entrega una y otra vez a los hombres, todos los días, a través de tus manos, en la Eucaristía y a través de tu voz con la palabra de Dios, que es como espada de dos filos que penetra hasta lo más profundo del alma, y abre cada corazón, para que reciban la vida y su resurrección a través de su gracia y de su misericordia.
Tú tienes, sacerdote, alimento de vida, bebida de salvación, y palabras de vida eterna.
Por tanto, sacerdote, grande es tu misión. Tu Señor ha puesto en tus manos la salvación que Él ha traído al mundo y te ha dado la fe, para que tú confirmes en la fe a tus hermanos, y te envía a construir su reino con ellos, porque por la fe serán salvados, pero por las obras serán juzgados.
Acude, sacerdote, con prontitud a este nuevo llamado, para que tú, como el discípulo amado que corrió, vio y creyó, tengas el valor de anunciar al mundo que Cristo ha resucitado y está vivo, y que Él es el Hijo de Dios.
Tú eres, sacerdote, verdadero profeta, y verdadera luz, para dar al mundo testimonio de la verdad.
Y tú, sacerdote, ¿cumplirás con tu misión?, ¿o permitirás que los falsos profetas convenzan al mundo con mentiras, y no alcance la salvación?
Sacerdote: en tus manos está el poder de Cristo crucificado y resucitado.

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DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Domingo 4 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 47
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, testimonio vivo de tu Señor resucitado, con tu vida y con tu ejemplo, configurado con el Crucificado, para que el mundo crea en Él, porque si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL DOMINGO DE RESURRECCIÓN
Él debía resucitar de entre los muertos.
Del santo Evangelio según san Juan: 20, 1-9
El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?… (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: tú les habías anunciado a tus discípulos varias veces que era necesario que padecieras, murieras en la cruz y resucitaras al tercer día. Ellos no lo entendieron.
Por eso, aquella mañana no les creyeron a las mujeres, y pensaron que eran desvaríos. Había pruebas, no estaba tu cuerpo en el sepulcro y los ángeles dijeron que habías resucitado.
Era difícil creer, aunque habían sido testigos de aquellas resurrecciones obradas por tu poder divino.
Tuviste que aparecerte a ellos visiblemente varias veces. Y le pediste a Tomás que tocara tus llagas, para creer. Era muy importante ser testigos de tu resurrección, porque toda nuestra fe se apoya en esa verdad.
Los Apóstoles darían su vida predicando a Cristo resucitado, y después la vida de la Iglesia ha seguido dando mártires, convencidos de que estás vivo, y que sus ojos verán a su Redentor.
Señor, esa misma fe me hace a mí, sacerdote, creer que yo soy ese Cristo vivo, sobre todo cuando administro tus sacramentos, cuando digo “esto es mi cuerpo”, “esta es mi sangre”.
Estoy convencido, pero a veces no actúo consciente de esa realidad.
La que nunca tuvo duda de que ibas a resucitar fue Santa María, nuestra Madre. La imagino, el día de tu resurrección, que desde temprano oraba en la soledad de una habitación, cuando todavía no amanecía. De rodillas y en silencio. Con las manos juntas, y sus lágrimas rodando por las mejillas de su rostro demacrado, doliente, sufriente, pero sereno y lleno de la paz, reflejando un corazón de carne que ha sido desbordado de fe, de amor y de esperanza. De repente, aparece una luz muy brillante y, así como en la Anunciación apareció un ángel, de la misma manera apareces tú, Señor, vivo, hermoso, resucitado, con el rostro limpio, alegre y resplandeciente, vistiendo una túnica muy blanca. En tu cuerpo no hay ni un solo rasguño, pero tienes llagas en tus manos, en tus pies y en tu costado. Sin detenerte mientras le hablabas te acercas a tu Madre, enjugas las lágrimas de su rostro, y te fundes en un abrazo con ella.
Imagino a tu Madre besar tus llagas, con el cuidado y la ternura con que una madre besa a su bebé. Y besar tus pies, y tus manos, y tu costado, mientras tú te dejas y la besas también. Es la alegría del encuentro de una Madre con su Hijo, que por hacerse pecado lo había perdido, y ahora lo había encontrado, que estaba muerto y había resucitado.
Jesús, ¿cómo debemos, ahora, tus sacerdotes, dar testimonio de tu resurrección?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

+++

«Sacerdote mío: eres mío, te he ganado para mí.
Este es mi triunfo. He ganado para Dios un Reino de Sacerdotes. He venido a traer la alegría de mi resurrección a la mujer que con su vida entregó la mía, y muriendo conmigo ahora vive en mí, a la que con su amor y su fortaleza me sostuvo, a la que en obediencia dijo sí, y con paciencia se mantiene en la esperanza de que se cumpla mi palabra hasta la última letra: mi Madre.
Alégrate, porque tú la acompañas. Yo soy el mismo, ayer, hoy y siempre. Soy el Alfa y la Omega. Aquel que es, que era y que ha de venir».

***

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, que ha sido enviado al mundo a morir para el perdón de los pecados de los hombres y ha sido crucificado en manos de los pecadores para salvarlos, y ahora ha resucitado para darles la vida».
«¿Quién soy yo para que mi Señor venga a verme?»
«Alégrate, porque tú eres la madre del Hijo de Dios y por Él eres madre de todos los hombres.
Eres arca de la nueva alianza de Dios con su pueblo.
Eres madre de la gracia, madre del amor, madre de misericordia, hija de Dios Padre y esposa de Dios Espíritu Santo.
Eres madre y corredentora del redentor del mundo, que he abierto las puertas del cielo y he venido a anunciar la buena nueva, y en mi victoria el triunfo de tu Inmaculado Corazón. Alégrate porque tú has creído que se cumplirían las cosas que te dijo el Señor».

***

«Amigo mío: era necesario que el Hijo del hombre fuera entregado en manos de los hombres, y fuera crucificado, y al tercer día resucitara.
Era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria.
Era necesario que los hombres vieran, para que creyeran y entendieran las Escrituras.
El templo que destruyeron los pecadores ha sido reconstruido en tres días, y la piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular.
Es uno de mis amigos la roca que yo he elegido, sobre la cual construyo mi Iglesia, y el Hades no prevalecerá sobre ella.
Es mi Madre quien te reúne a ti conmigo, y con mis amigos, los que me abandonaron, los que estaban escondidos, dominados por su debilidad, los que serán convertidos, porque yo cambiaré sus corazones de piedra por corazones de carne, para ser encendidos en el fuego de mi amor, iluminados con mi luz y llenos de celo apostólico y de los dones del Espíritu Santo, para que, ya fortalecidos, yo los envíe a anunciar la buena nueva, continuando mi misión, para que sean luz para el mundo, y lleven mi paz y mi salvación a todos los rincones de la tierra.
Tú eres parte del misterio de la redención por el que se renueva constantemente la alianza de Dios con su pueblo, cuando elevas tus ojos al cielo, y uniendo a todos en una misma ofrenda, tomas al cordero y lo bendices y lo elevas al Padre, ofreciendo su carne y su sangre como sacrificio para el perdón de los pecados de los hombres, mientras inmolas tu carne con la del cordero y ofreces tu sangre para ser derramada con la sangre del cordero, en un solo y único sacrificio agradable al Padre. Entonces la carne que parece pan y la sangre que parece vino, es el pan bajado del cielo, alimento de vida, y el vino es bebida de salvación, es misericordia, es Eucaristía.
Y tú, eres pastor y eres oveja, eres maestro y eres discípulo, eres hombre necesitado de ese alimento, pero también eres Cristo, porque estás configurado conmigo, y juntos somos una sola cosa: don, gratuidad y vida, presencia viva, unión de los hombres en comunidad, luz, alimento de vida eterna, palabra encarnada, camino, verdad y vida, en medio de la celebración del memorial de mi muerte, del sacrificio del Cordero que quita los pecados del mundo, en la esperanza de la resurrección, Cristo vivo, crucificado, muerto y resucitado, renovación de la alianza de Dios con su pueblo, por la vida, pasión, muerte y resurrección del Hijo, por quien fueron hechas nuevas todas las cosas, para unirlos al Padre, como hijos en el Hijo.
Es necesario que tú creas, para que te entregues conmigo, porque tú eres la luz para el mundo, para que des testimonio de mí y otros crean, porque todo el que crea en mí, y sea bautizado, será salvado.
Es necesario que seas verdadero sacerdote, para que impartas los sacramentos y reúnas al pueblo que yo he ganado para Dios en un solo pueblo santo, en una sola Iglesia, en un solo cuerpo y un mismo espíritu, para que los alimentes con la Palabra y la Eucaristía, que son alimento de vida.
Es necesaria tu fe en mi resurrección, para que la extiendas al mundo.
Es necesaria tu esperanza en mi resurrección, para que la manifiestes al mundo.
Es necesario que vivas en mi resurrección, para que seas ejemplo.
Pero, para resucitar, hay que morir. Y una muerte de cruz.
Es necesario que quieras morir conmigo, para que vivas en el gozo y la plenitud de mi resurrección, llevando la vida y la salvación a todos los rincones de la tierra.
Yo cambiaré tu corazón de piedra por corazón de carne, para que, renunciando al mundo, tomes su cruz y me sigas, para que continúes con la misión que te he encomendado, para que, en unidad conmigo, todo sea consumado.
Nadie va al Padre si no es por el Hijo y nadie va al Hijo si no lo atrae el Padre.
Era necesario que yo muriera y resucitara para que des testimonio de mí, porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna, y que yo le resucite el último día».

+++

¡Alégrate, María, Reina del Cielo!: yo quiero permanecer contigo. Ayúdame a vivir en la alegría de ser Cristo resucitado y vivo.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

+++

«Hijos míos, sacerdotes: en este día santo del Señor, que sea su resurrección la alegría de sus corazones. Y la fe, la esperanza y el amor, los hagan querer morir al mundo para vivir renovados en Cristo, para que entreguen su vida en adoración continua a la Sagrada Eucaristía, ofrecida por la conversión del mundo, para que Cristo resucitado le conceda a cada uno de ustedes, sacerdotes, un corazón de carne, que sea desgarrado por las heridas del pecado; y su sangre derramada se una a la de Cristo en un único y eterno sacrificio, que por ustedes sea consumado en cada misa, al consagrar, al elevar y al entregar el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado y vivo, para el perdón de los pecados y la salvación de las almas.
Permanezcan unidos a mi corazón, para que, así como comparten mi dolor y mi sufrimiento, compartan también mi alegría y el gozo en la plenitud del encuentro con Cristo resucitado, para que vivan conmigo y sirvan a Dios, por Cristo, con Cristo y en Cristo, y Él les conceda la alegría de la vida eterna en la gloria de su resurrección».

¡Muéstrate Madre, María!

+++

PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – TÚ ERES, SACERDOTE, CRISTO VIVO
«Y si hemos muerto con Cristo creemos que también viviremos con Él, porque sabemos que Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más, la muerte ya no tiene dominio sobre Él» (Rm 6, 8-9)
Eso dicen las Escrituras.
¡Cristo está vivo!
Y tú das testimonio de Él, sacerdote, porque tú vives, pero ya no vives tú, sino que es Cristo quien vive en ti, y ahora vives en la fe del Hijo de Dios, que te amó, y se entregó a sí mismo por ti.
Tú eres, sacerdote, testimonio vivo de la vida, pasión, muerte y resurrección de tu Señor.
¡Alégrate, sacerdote! Porque Cristo ha resucitado, ha vencido al mundo y a la muerte, ha perdonado tus pecados, y ha ganado, para la gloria de su Padre, un pueblo de sacerdotes.
¡Vive, sacerdote, vive en la alegría de tu Señor resucitado! anunciando al mundo la buena nueva a través de la palabra que Él te ha confiado.
Conmemora su muerte y anuncia su resurrección todos los días de tu vida, elevándolo entre tus manos, en presencia viva, adorando, alabando y glorificando a Dios en la Eucaristía.
Tú eres testimonio vivo de tu Señor resucitado, con tu vida y con tu ejemplo, configurado con el Crucificado, para que el mundo crea en Él, porque si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe.
Exulta de alegría, sacerdote, porque este es el día Santo del Señor, que dio su vida para recuperar la tuya, con su propia resurrección.
Lleva la vida al mundo, sacerdote, a través del agua viva del bautismo, que te ha dado tu Señor, para que, por su misericordia, y a través de tus manos, llegue a todo el mundo su salvación.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, que ha vencido al mundo cuando dijiste sí y, renunciando a ti mismo, tomaste tu cruz para seguirlo.
Tú eres, Cristo vivo, que ha caminado en el mundo, cuando guías a las almas conduciéndolas y reuniéndolas en un solo rebaño y con un solo pastor, configurado con Cristo Buen Pastor.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando limpias las almas con el agua del bautismo.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando perdonas los pecados en el confesionario, y absuelves a las almas, sabiendo que tu Señor ya ha asumido su culpa y pagado su deuda.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando consagras el pan y el vino, y lo transformas en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo crucificado, muerto, resucitado y vivo.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando lo entregas por primera vez y te entregas en comunión con Él, y confirmas a las almas en la fe.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando unes en matrimonio al hombre y a la mujer, y das comienzo a una nueva familia, y la bendices con tu poder, por el que lo que tú atas en la tierra queda atado en el cielo.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando das la unción a los enfermos llevándoles la fortaleza a sus almas y la paz de tu Señor.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando administras la misericordia que tu Señor ha puesto en tu corazón, para que la lleves a todos los rincones del mundo, con el poder de tus manos.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando das de comer al hambriento, cuando das de beber al sediento, cuando vistes al desnudo y visitas al enfermo, cuando acoges al peregrino y vistas al preso, y bendices al muerto, cuando enseñas al que no sabe, cuando aconsejas, cuando corriges, cuando perdonas, cuando consuelas y soportas con paciencia los defectos de los demás, y rezas por los vivos y los muertos.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando te revistes y te presentas ante el mundo en la sede, en el ambón y en el altar.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando eres misionero y llevas su luz hasta los confines de la tierra.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando abres tu corazón para recibir la gracia y la misericordia de tu Señor, reconociéndote necesitado de Él para permanecer en Él y hacer sus obras.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando pones en obra tu fe, porque sabes que una fe sin obras es una fe muerta.
Tú eres, sacerdote, Cristo vivo, cuando escuchas la palabra de Dios y la pones en práctica, cumpliendo el mandamiento de tu Señor, amando a los demás como Él los amo.
¡Vive, sacerdote, en la alegría de llevar al mundo la vida! porque tú eres, sacerdote, Cristo vivo para el mundo.
Tú eres el instrumento fidelísimo de Dios, para que, por la pasión y la muerte de su Hijo, cada alma del mundo acepte ser partícipe de la vida en su resurrección, y tenga vida eterna para la gloria de Dios.
Alégrate, sacerdote, porque tú has muerto con Cristo, pero tú eres Cristo vivo, porque Cristo ¡ha resucitado!

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ORAR AGRADECIENDO – ACOMPAÑAR A LA MADRE

SÁBADO SANTO

Para la oración personal del sacerdote
Sábado 3 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 46
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Acude a la Madre, sacerdote, y acompáñala, porque ella también te necesita, porque su misión no ha terminado, antes bien, apenas ha comenzado. Su misión es sostenerte».

+++

Del himno de Laudes
La Madre piadosa estaba
junto a la cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía;

cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y afligida
estaba la Madre herida,
de tantos tormentos llena,

cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena! 

¿Y cuál hombre no llorara
si a la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.

y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en Él que conmigo.

Y, porque a amarlo me anime
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;

porque acompañar deseo
en la cruz, donde lo veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas
que el llanto dulce me sea;

porque su pasión y muerte
tenga en mi alma de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance, vida y alma estén;

porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

+++

REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Madre mía: hoy no está Jesús con nosotros, está en el sepulcro. Y acudimos a ti, porque te dejó como madre nuestra, sabiendo que te íbamos a necesitar mucho. Nosotros a ti.
Te acompañamos en este día de dolor, para hacer memoria.
Vienen a tu mente tantos recuerdos de Jesús, desde el anuncio del Ángel hasta su sepultura. Cada segundo de la vida de tu Hijo fueron lecciones para ti, que conservabas todo en tu corazón. No podía ser de otra manera. Era el Verbo de Dios hecho hombre, carne de tu carne, sangre de tu sangre.
Maternidad única, que se ha hecho universal junto a la Cruz.
Es un día de oración, de agradecimiento por la vida y muerte de Cristo, para que aprendamos a vivir su vida y a morir con Él.
Tus hijos sacerdotes estamos configurados con tu Hijo, y por eso nos amas con predilección.
Ayúdanos a cumplir muy bien con nuestra misión, sobre todo con la gran responsabilidad de seguir haciéndolo presente al renovar su sacrificio todos los días en el altar.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ¿cómo debe ser mi agradecimiento? ¿Qué debo hacer para tener siempre los mismos sentimientos que tu Hijo? Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

+++

«Hijo mío, sacerdote: acompáñame en este día de dolor, de soledad y de obscuridad, y oremos agradeciendo a Dios, porque se ha hecho su voluntad.
Ora conmigo, agradece conmigo, comparte mi silencio y el dolor de mi corazón. Es así como me acompañas.
Mira cuánta gente ha venido, y les he pedido lo mismo: oración, oración, oración.
No todos se han quedado, no todos han entendido el verdadero sufrimiento de mi corazón y el agradecimiento que debo a Dios.
Acompáñame. Demos gracias, porque Dios se ha dignado mirar la humillación de su esclava y ha tomado mi carne para hacerse carne.
Gracias porque me dio la gracia para decir sí, hágase en mí según tu palabra.
Gracias porque la Palabra se hizo en mí, y en mi vientre brilló la Luz para el mundo.
Gracias por esta obscuridad, en la que los hombres verán brillar la luz de nuevo y para siempre. Mi corazón sufre porque mi Hijo fue rechazado por todos los hombres. José el primero. Pero él no lo sabía. Doy gracias porque Dios le hizo ver que no era yo, sino que era Él quien lo necesitaba, para cuidarme y protegerme, porque llevaba un tesoro en una vasija de barro. Y lloró amargamente su culpa, y pidió perdón, aunque él no lo sabía.
Gracias porque el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, para traer la salvación al mundo entero.
Gracias por el fruto de mi vientre virgen, en el que fue engendrado por obra del Espíritu Santo, para nacer en medio de la pobreza y la miseria de los hombres, para hacerse débil con los débiles, y siendo libre hacerse esclavo, para ganar a muchos, porque Él no vino al mundo a ser servido sino a servir.
Gracias porque fue cuidado y protegido, cuando fue perseguido desde su nacimiento.
Gracias por su niñez, en la que lo vi dar sus primeros pasos, jugué con Él, lo cuidé como una madre a un niño, y lo vi crecer en estatura y en sabiduría.
Gracias porque fue discípulo y fue maestro. Y siendo discípulo nos enseñó a cumplir la ley de Dios, atendiendo las cosas de su Padre. Y, aunque no lo entendimos, vimos que aprendió a obedecer, sometiéndose a sus padres.
Gracias por su juventud, en la que aprendía a ser un hombre sin dejar de ser un niño.
Gracias porque pude estar siempre junto a Él, y tantas veces compartir la mesa con Él.
Gracias porque aprendió de su padre a trabajar y a estudiar, despertando su inteligencia, su fortaleza y su sabiduría, con la que adquiría todo el conocimiento de la ley de los hombres y de la ley de Dios, desarrollando los dones con que lo llenaba el Espíritu Santo, y que lo hacían discernir con templanza y mansedumbre, lo que era el bien de lo que era el mal, para escoger siempre hacer el bien y amar a Dios a través de los hombres.
Gracias porque aprendió y demostró al mundo cómo se puede vivir en santidad en medio del mundo, del trabajo y las labores, sirviendo a Dios a través del servicio a los hombres, resistiendo a todas las tentaciones, rechazando el pecado, alabando y glorificando a Dios en cada obra, en cada acto.
Gracias por su madurez, en la que demostró su fe, su esperanza, pero sobre todo su caridad.
Gracias porque siempre cumplió mis deseos, aun cuando no había llegado su hora.
Gracias por someterse al bautismo de Juan, por el que el Padre revela al Hijo y la misión del Hijo.
Gracias por sus amigos, los que dejándolo todo lo siguieron, lo acompañaron, lo amaron y lo respetaron como su maestro.
Gracias por todos los milagros realizados, por su vida entregada en compasión, cada día sirviendo, enseñando, guiando a su pueblo, porque veía que caminaban como ovejas sin pastor.
Gracias porque a pesar de las persecuciones, los insultos, los engaños, las trampas que le tendían los sabios e inteligentes, perseveró en su misión, acompañado de humildes y pequeños.
Gracias porque es a ellos a quienes el Padre ha revelado al Hijo.
Gracias porque Él sabía que Él es el Hijo de Dios, y entendió cuál era su misión, y aceptó en obediencia la causa para la que fue enviado: morir por los hombres, para salvarlos crucificando el pecado.
Gracias porque su fe afirmó la mía.
Gracias porque su esperanza aumentó la mía.
Gracias porque con su amor me enseñó a entregar mi vida, unida a la suya, en un mismo sacrificio redentor, una misma misión: entregar la vida de un solo hombre para la salvación del mundo.
Gracias porque amó tanto a sus amigos, que se entregó por ellos, amándolos hasta el extremo, confiando a ellos su cuerpo y su sangre, su alma y su divinidad, instituyendo la Eucaristía, como memorial de su muerte, hasta que vuelva.
Gracias porque pude acompañarlo siempre, porque cuando no lo hacía en cuerpo, lo hacía espiritualmente, pero siempre unidos, siempre presente.
Gracias porque pude acompañarlo en el momento más difícil de su vida, cuando todos lo rechazaron, lo insultaron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte entre los malhechores; pero aún más, cuando un amigo lo traicionó y los otros lo abandonaron.
Gracias por su fidelidad y la mía.
Gracias por su obediencia y la mía.
Gracias por ese encuentro bajo el peso de la Cruz, en la que le confirmaba mi presencia, mi solidaridad, mi apoyo y mi compañía.
Gracias porque siempre se levantó de sus caídas.
Gracias porque un hombre le ayudó a cargar su Cruz, cuando Él ya no tenía fuerzas.
Gracias porque a pesar de todo su cansancio y el dolor de su cuerpo, de la sangre perdida por tantas heridas, pero sobre todo de la corona de burla, de los desprecios, de la indiferencia, de la impiedad, de la inmundicia, de la ignominia, de la brutalidad, del odio, de los dolores de su alma, haya podido llegar hasta el final, para entregarse por amor hasta el extremo.
Gracias porque pudo soportar el sufrimiento como Dios y como hombre.
Gracias por su paciencia y su perseverancia en la agonía, gracias por sus palabras en medio del suplicio de la Cruz.
Sobre todo, gracias por hacerme lazo de unión entre Él y los hombres, a través de la maternidad, haciéndome madre de uno para ser madre de todos.
Gracias por darme la fuerza para resistir la pasión y muerte de mi Hijo, sabiendo que es mi Dios.
Gracias porque pude sostenerlo al pie de su cruz, para que cumpliera hasta el final con su misión.
Gracias porque alguien me sostuvo a mí, mientras yo lo sostenía a Él.
Gracias por la compañía de ese discípulo amado que nunca lo abandonó, porque siempre estaba conmigo.
Gracias al Señor, por hacer su voluntad.
Gracias por mi sufrimiento y mi dolor, que expresan el amor a Dios y la obediencia de una madre, que entrega al Hijo en sacrificio como cordero, en lugar del hijo de Abraham, asegurando en su descendencia a ese Hijo, para la salvación del mundo entero.
Gracias por cumplir en esta muerte hasta la última letra de la ley de los profetas, la muerte del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Gracias porque vio Dios que todo era bueno, y en un solo y único sacrificio renovó el mundo, limpiando el mal y haciendo nuevas todas las cosas.
Gracias porque creándome mujer sin mancha ni pecado, me concedió ser para el mundo una nueva Eva, que no cometió pecado, pero que con su Hijo se hizo pecado en la Cruz, para redimir al mundo.
Gracias porque en medio de este sufrimiento y dolor me permite llorar, no sólo por el Hijo que murió, sino por los que viendo no quieren ver, y oyendo no quieren oír; por los que habiendo sido ganados como hijos de Dios vuelven a rechazarlo, a abandonarlo y a crucificarlo, para que estas lágrimas sean agradables a Dios, que es un Dios compasivo y misericordioso, para que reúna a todos mis hijos en torno a mí y derrame sobre ellos su Santo Espíritu, para que den la vida como la dio el Hijo del hombre, por amor a Dios, amando a Dios a través de los hombres.
Comparte mi dolor, mi sufrimiento y mi deseo, y permanece orando conmigo y agradeciendo a Dios la vida, la pasión y la muerte de Cristo, esperando en su resurrección, para que todos los que crean en Él tengan vida eterna.
Yo intercedo por ti, para que, por la muerte de mi Hijo, entiendas, aceptes y cumplas tu misión, renunciando a ti mismo, abrazando tu cruz y siguiendo al que siendo Dios se entregó a la muerte para salvar al mundo, y una muerte de cruz, y que dejó en tus manos su cuerpo y su sangre, para que, en el cumplimiento de tu deber, seas la luz para el mundo, y lleves la salvación a todos los rincones de la tierra.
Acompáñame, une tus lágrimas a las mías, y oremos. Es en la oración en donde encontramos la fuerza que da la fe, la esperanza y el amor, para poder continuar la misión en la alegría de servir a Cristo, uniéndonos a su muerte, en la esperanza de su resurrección».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ACOMPAÑAR A LA MADRE
«Perseveren en la oración, velando en ella con acciones de gracias» (Col 4, 2).
Eso dice la Escritura.
Tu Señor ha muerto, sacerdote.
Ha sido traicionado, entregado, apresado, juzgado, despreciado, abucheado, burlado, golpeado, abofeteado, escupido, humillado, azotado, flagelado, cuestionado, expuesto, maltratado, torturado, clavado en una cruz, asumiendo la culpa de tus pecados, levantado de la tierra, y ha derramado su sangre hasta la última gota, y ha muerto por ti, porque te ama.
Y tú, sacerdote, ¿agradeces a tu Señor todo lo que ha hecho por ti? ¿Cómo agradeces?
¿Correspondes? ¿Cómo correspondes?
¿Eres el que se ha quedado al pie de la Cruz recibiendo a su Madre y llevándola a tu casa a vivir contigo?
¿O eres el que lo ha abandonado y lo ha dejado solo?
¿Has recibido, sacerdote, el regalo más preciado que Él te ha dejado? ¿o también la has abandonado?
Acompaña a la Madre, para que permanezcas con el Hijo.
Cuando sientas que estás solo, porque también Él se ha ido.
Cuando tengas miedo.
Cuando estés cansado.
Cuando en medio de la tribulación estés atormentado.
Cuando el sueño te venza y te quedes dormido, y estén al acecho la tentación y el peligro.
Cuando se acaben tus fuerzas y la duda te asalte.
Cuando se debilite tu fe, y la esperanza te falte.
Cuando el amor no llene tu corazón porque le has cerrado la puerta.
Cuando tu humanidad te traicione y la tristeza inunde tu alma.
Acude a la Madre, sacerdote, y acompáñala, porque ella también te necesita, porque su misión no ha terminado, antes bien, apenas ha comenzado.
Su misión es sostenerte.
Ser tu auxilio y tu refugio.
Ser tu salud y tu consuelo.
Ser tu guía y la puerta del cielo.
Interceder por ti, para que recibas las gracias que no sabes pedir.
Ser el faro que te guía cuando navegas en la obscuridad del mar profundo de tu soledad, mientras consigue para ti que Dios aumente tu fe, tu esperanza, pero sobre todo tu caridad.
Y tú, sacerdote, ¿estás dispuesto a ser acogido como verdadero hijo en un corazón de Madre?
Acude a la Madre como un verdadero hijo, porque lo eres. Y ella te llevará al encuentro del Hijo, que es el que es, el que era y el que ha de venir.
Agradece, sacerdote, su compañía y su ayuda, para permanecer en vela y en oración, esperando a tu Señor hasta que vuelva.
Tu Señor ha muerto, sacerdote, pero te queda la fe, la esperanza y el amor en su Palabra, que asegura su resurrección.
Agradece, sacerdote, y corresponde al amor de tu Señor, que te ha amado hasta el extremo como Dios y como hombre.
Honra su vida, honrando su muerte, procurando sus mismos sentimientos, amando lo que Él amó, amando como Él amó, haciendo tuyo todo lo suyo.
Permanece con la Madre, y haz tuyo su dolor ante el sepulcro frío, como el corazón de piedra de los hombres, en el que ha sido puesto y está dormido el Hijo de Dios.

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DONACIÓN TOTAL – SIETE PALABRAS EN LA CRUZ

VIERNES SANTO

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Viernes 2 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 45
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tu Señor confía en ti, sacerdote: en tu amor, en tu amistad, en tu fidelidad, en tu capacidad, en tu poder, en tu celo apostólico por las almas, en tu entrega de vida, y en tus promesas, porque Él, que ha derramado su sangre hasta la última gota, te ha dado todo, hasta su vida. Y su gracia te basta».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL VIERNES SANTO
Entonces se lo entregó para que lo crucificaran

Del santo Evangelio según san Juan:  19, 1-16
En aquel tiempo Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, le echaron encima un manto color púrpura, y acercándose a él, le decían:
– “¡Viva el rey de los judíos!”.
Y le daban de bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
“Aquí lo traigo para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa”.
Salió, pues, Jesús, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
– “Aquí está el hombre”.
Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y sus servidores, gritaron:
–  “¡Crucifícalo, crucifícalo!”.
Pilato les dijo:
–  “Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él”.
Los judíos le contestaron:
–  “Nosotros tenemos una ley y según esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios”.
Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más, y entrando otra vez en el pretorio, dijo a Jesús:
–  “¿De dónde eres tú?”.
Pero Jesús no le respondió. Pilato le dijo entonces:
–  “¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?”
Jesús le contestó:
–  “No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor”.
Desde ese momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
–  “¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César!; porque todo el que pretende ser rey, es enemigo del César”.
Al oír estas palabras, Pilato sacó a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman “el Enlosado” (en hebreo Gábbata). Era el día de la preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:
–  “Aquí tienen a su rey”.
Ellos gritaron:
–  “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!”
Pilato les dijo:
–  “¿A su rey voy a crucificar?”
Contestaron los sumos sacerdotes:
–  “No tenemos más rey que el César”.
Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?»” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: muchos de los personajes que aparecen en los relatos de tu Pasión “no saben lo que hacen”.
Yo pienso que si ellos hubieran sabido que tú eres el Hijo de Dios no habrían actuado así. A ninguno de ellos se le hubiera pasado por la cabeza la posibilidad de ofenderte. Al contrario, harían todo lo posible por salvarte.
Es verdad que había muchos indicios sobre tu verdadera realeza, sobre tu filiación única con el Padre, pero también es verdad que había muchos demonios ese día, y querían a toda costa quitarte la vida.
Todos los años meditamos tu Pasión en la Semana Santa, y siempre consideramos lo mismo: son mis pecados los que causaron la muerte de Cristo. No fueron sólo los pecados de esos personajes que cuenta el Evangelio, sino los míos y los de todos los hombres.
Jesús, ahora sí que sabemos bien quién eres, y aun así te seguimos ofendiendo. Ayúdame, Señor, a permanecer muy unido a ti en la Cruz para no ofenderte.
¿Cómo deben ser mis sentimientos, como sacerdote, al meditar tu Pasión?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte

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«Sacerdote mío: yo soy Rey, y me han sentado y me han coronado delante de mucha gente. Mi trono es el pretorio y mi corona es de espinas. Mi rostro está golpeado y desfigurado, mi cuerpo está lleno de heridas, flagelado, sangrante. Mi semblante es de un Rey, pero mi reino no es de este mundo. Un hombre me rinde los honores para presentarme al pueblo: “aquí está el hombre”. Y el pueblo grita a una sola voz: ¡crucifícalo!
Apóstol mío, acompáñame.
Pienso en mi Padre. Mira como lo humillan, mira como lo desprecian, mira como su pueblo lo rechaza. Esta es su creación, esto es lo que he venido a salvar en obediencia a su voluntad, estos son los que me seguían, los que me alababan, los que creían en mi palabra, los que me aclamaban como rey. Pero hoy ven en mí solamente al hombre. Están decepcionados, están enojados. Mira cuántos demonios los tienen dominados, están atados y esclavizados con cadenas y no se dan cuenta. Mira con cuánto odio me ven y me insultan. Mira cómo el pecado los vuelve contra mí. Y ¿dónde están mis amigos? Los que ayer decían amarme, hoy me han abandonado.
Todos se han ido. Sólo quedan los que quieren matarme con sus manos, los despiadados, los que no me quieren. Pero los que me abandonan también me matan, con su indiferencia, con sus miedos, con sus dudas, con su ausencia.
Y sufro por mi Padre, porque Él sufre a través de mí, porque Él es rechazado a través de mí, porque yo soy el rostro del Dios que amó tanto al mundo, que dio a su único Hijo para salvarlos. Y soy el rostro del Dios que los hombres han rechazado, desechado, perseguido, acusado, juzgado y entregado a la muerte.
Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, entregado a los lobos, entre sus garras y sus fauces, para ser sacrificado.
Y pienso en mi Madre, que no me abandona, que permanece unida a mí y me fortalece. Acompáñame y acompáñala a ella, consuélala, compadece su dolor y nunca la abandones.
Y pienso en ti, mi amado amigo, el que nunca me abandona, porque siempre está con ella.
Y pienso en esos otros amigos míos que sufren por mí, pero sufren más por ellos mismos, porque les falta valor, porque sus fuerzas los han traicionado, porque les falta fe, porque la culpa los mantiene escondidos, porque están paralizados por el miedo, resignados a vivir sin mí, en soledad, en angustia, sin luz, en tinieblas.
Permanece unido a mi Madre y ve a buscar a esos amigos míos cuando yo me haya ido. Reúnelos con mi Madre y permanezcan con ella, fortaleciéndose en la unidad del Espíritu Santo, celebrando el memorial de mi muerte, adorando esta carne y esta sangre, hasta que vuelva.
Los que me crucifican sólo ven un hombre, porque sus ojos han sigo cegados y no pueden ver que en este Hombre se entrega todo un Dios, para salvar a los hombres.
Dios Padre, que abraza en esta Cruz a su pueblo, para hacerlos hijos.
Dios Hijo, que extiende los brazos en esta Cruz, para crucificar los pecados de su pueblo.
Dios Espíritu Santo, que fortalece con sus Dones al hombre que carga esta Cruz, para perseverar en esta entrega, donación total de Dios hecho hombre a los hombres, para hacer nuevas todas las cosas, en unidad al Padre y al Hijo, renovando la creación de Dios, para hacerla suya para siempre, en unidad, en filiación divina.
Amigo mío: escucha mis palabras. Sigo hablando desde mi Cruz.
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
«Ustedes, sacerdotes, son a los que he llamado y he escogido para quedarse conmigo, para ser mis amigos, para ser Cristos como yo. Pero se han ido, me han abandonado, se han alejado de mi amistad, por su mal comportamiento, por su falta de fe, por no querer entregarse a mi voluntad, porque tienen miedo de hacer mi voluntad, porque dicen escucharme, pero no me escuchan, porque dicen seguirme, pero no lo dejan todo, porque dicen amarme, pero no lo demuestran, porque predican mi palabra, pero no creen en ella, porque enseñan los mandamientos de la fe, pero no los cumplen, porque confiesan y absuelven, pero no se arrepienten y no piden perdón, porque hacen bajar el pan vivo del cielo para alimentar al pueblo, pero no me ven, me tienen entre sus manos y no me sienten, me exponen en el altar y no me adoran. Porque no saben lo que hacen. Pero la puerta de la misericordia ha sido abierta, para que entren ustedes primero y luego traigan a mi pueblo».
“Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”
«Yo quiero que mis sacerdotes escuchen mi palabra, que crean y que se conviertan, porque el cielo los está esperando. Yo estoy sentado a la derecha del Padre, y vendré a buscarlos con todo mi poder y gloria. Pero tienen que querer y tienen que creer, para que tengan la vida eterna que con mi sangre les he conseguido».
“He aquí a tu hijo, he aquí a tu madre”.
«Acompañen a mi Madre».
Hijo mío, sacerdote: ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
“Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”
«El dolor y el sufrimiento del hombre por el tormento del pecado nublan la vista y tapan los oídos, y no permiten ver que Dios nunca abandona, sino que acompaña y compadece en silencio, hasta que te olvides de ti y te acuerdes de él, y entonces puedas verlo y puedas escucharlo».
“Tengo sed”.
«Tengo sed de almas. Quiero a mis amigos. No todos se han ido. Que los que no se han ido se reúnan en torno a mi Madre, para que el Espíritu Santo los encuentre reunidos, y con sus dones entregados, según su voluntad, sean fortalecidos, para que salgan a buscar a los que se han ido y me traigan almas, para que hagan mi voluntad, para saciar mi sed, para que permanezcan en mi amistad».
“Todo está consumado”.
«No tengan miedo, porque yo he vencido al mundo, y les he demostrado que se puede vencer la tentación, y rechazar el mal y el pecado, que no tiene ningún poder sobre mí. Cumplan con la misión que yo les he encomendado, para que cuando yo vuelva y les pida cuentas, me puedan decir, que todo está consumado, unido a mi sacrificio, de acuerdo a mi voluntad».
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
«Entréguenme su confianza, con su abandono a la voluntad de Dios, con la fe que los une en mi Espíritu, al creer que yo soy el Hijo de Dios, y que he venido a salvarlos, a unirlos conmigo, para unirlos con el Padre en un mismo Espíritu, por el que los he unido a todos en este cuerpo entregado y abandonado en las manos del Padre. Por ese mismo Espíritu reúnanse con mi Madre, porque se los he entregado como hijos, para que la escuchen como yo, para que la obedezcan como yo, para que cumplan sus deseos como yo, para que vean mis señales, y crean, y dejen todo, y tomen su cruz y me sigan».

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Madre mía: yo quiero acompañarte en este momento de sufrimiento. ¿Qué debo hacer para aliviar tu dolor y mantenerme firme, como tú, junto a la Cruz?
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijo mío, sacerdote: recibe el don de la fortaleza y acompáñame, oremos al Padre suplicando misericordia.
Ven, vamos al encuentro de mi Hijo, para fortalecer su voluntad, para alentar su entrega, entregándonos con Él, mientras extiende los brazos, soportando el dolor en cada golpe de cada martillazo, mientras su carne es traspasada y desgarrada, y su sangre brota sin parar, vistiendo la desnudez de su humanidad, con la sangre de su divinidad.
Y su carne y su sangre es exaltada en la Cruz, mientras Dios es humillado hasta la muerte.
Y yo permanezco aquí, totalmente humillada, pero fuerte, al pie de la Cruz de mi Hijo, diciendo sí, mientras tú me acompañas y dices sí, mientras lo contemplas totalmente entregado, destrozado, muerto; su costado abierto y su corazón expuesto, y las súplicas de su Madre escuchadas y atendidas, derramadas en un mar de sangre y agua viva, que brotaba del corazón de Dios, que es misericordia.
Ahora mira la Cruz, sin Él, sin nada, vacía.
Adora la Cruz, que lo sostuvo para redimir al mundo.
Ama la Cruz, que era madero inerte, y que con su muerte es ahora un árbol de Vida.
Abraza la Cruz, que abrazó Él, para abrazar al mundo y hacerse suyo, y hacerlo suyo.
Únete a la Cruz de salvación, que es fuente de vida, fuente de amor y fuente de la eterna alegría.
Mira su cuerpo en mis brazos, destrozado, ya sin sangre, sin Él, sin nada, vacío. Compadece mi sufrimiento y mi dolor
Mira el cuerpo muerto de mi Hijo en mis brazos, marcado por el pecado de los hombres.
Mira mi contrariedad, recordando el anuncio del ángel del Señor, la felicidad al recibir el don más grande, la encarnación del Verbo, el Hijo de Dios hecho carne de mi carne y sangre de mi sangre. Y ahora aquí estoy yo, con el fruto de mi vientre en los brazos, sin vida, porque la entregó en manos de los que le quitaron la vida, para recuperarla de nuevo para ellos.
Hijo mío, ¿a dónde se ha ido? La soledad me destroza el alma, pero me queda la fe, la esperanza y la caridad. De estas, la caridad es la más grande. Pero por la fe creo y uno mi voluntad a la de Dios. Por la esperanza creo y espero su resurrección. Por la caridad acojo a todos mis hijos a los que, por uno, me entregó, para reunirlos en mi abrazo maternal hasta que vuelva.
Mira cómo se llevan su cuerpo a esa cama de piedra, obscura y fría.
Mira el sepulcro de piedra y míralo a Él, envuelto en un lienzo, en el que parece sólo el cuerpo de un hombre, pero es el cuerpo del Hijo de Dios, y es Dios y es hombre.
Mira cómo cierran la puerta y me dejan afuera, sola, sin Él.
Mira cómo todos se van. Acompáñame tú, consuélame, une tus lágrimas con las mías, comparte conmigo el dolor y el sufrimiento de mi corazón, y nunca me abandones.
Ahora abre tus ojos: ¡mira el cuerpo y la sangre de Cristo vivo!, que ha sido crucificado en manos de los hombres, ha entregado el espíritu en manos del Padre, ha dejado su cuerpo destrozado inerte y su sangre derramada, pero la misericordia infinita de Dios ha sido derramada, se ha ido, pero se ha quedado: en carne, en sangre, en alma, en divinidad, en Eucaristía».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – SIETE PALABRAS EN LA CRUZ
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Eso dijo Jesús cuando estaba en la Cruz, y no estabas ahí, sacerdote, te habías ido, tenías miedo, te habías escondido, estabas débil, porque no habías orado, te quedaste dormido, y no te habías fortalecido con Él.
Y clavaron sus manos, y clavaron sus pies, y tu Señor fue levantado para atraer a todos los hombres a Él.
Y tú, ¿en dónde estás, sacerdote, cuando el Hijo de Dios es levantado sobre la tierra? ¿Estás presente? ¿Te dejas clavar con Él, para ser uno, como su Padre y Él son uno, o sólo lo entregas y luego lo abandonas? ¿Buscas la compañía de su Madre para que te lleve de regreso a Él, y te sostenga al pie de la Cruz con Él?
«Hoy mismo estarás en el Paraíso».
Eso te dice Jesús, sacerdote, cuando regresas con el corazón contrito y humillado que Él no desprecia, y le pides perdón, cuando te dispones a servirlo y le entregas tu corazón, y dejas padre, madre, casa, hermanos, tierras, y renuncias a los placeres del mundo para tomar tu cruz y seguirlo por amor a Él. Entonces Él te da el ciento por uno en esta vida, y en la otra, la vida eterna.
Entrégate, sacerdote, sin condiciones a tu Señor. Entrégale tu vida totalmente, y Él te dará su paraíso.
«He aquí a tu hijo, he aquí a tu Madre».
Y te lo dice a ti, sacerdote, configurándote íntimamente con Él, haciéndote hijo como Él, para que lleves a su Madre a vivir contigo, y tengas siempre la ayuda que tuvo Él, y encuentres en su Madre la protección, la compañía, el consuelo, el ejemplo, la gracia, la perseverancia, el aliento, la fe, la esperanza, el amor, el auxilio.
Él te entregó lo que más ama, porque te ama, para que te lleve a Él por camino seguro, y te da su compañía, porque a Jesús siempre se va y se vuelve por María.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Tu Señor se abaja a ti, sacerdote, de tal manera, que vive como túsufre como tú, siente como tú, habla como tú, y te compadece porque te comprende.
Porque tú no tienes un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de ti en tus flaquezas, porque ha sido probado en todo, igual que tú, sacerdote, excepto en el pecado.
«Tengo sed».
Tu Señor te llama, sacerdote, para que le des de beber. Tiene sed de almas. Tiene sed de ti. Quiere saciar su angustia con tu sí. Porque Él ha venido al mundo a traer la salvación con su muerte, pero te ha dado a ti el poder de conquistar la voluntad y el querer de las almas, para que las conduzcas a Él, y te ha dado los sacramentos y su Palabra, para que sacies la sed de su pueblo con la fuente de vida que es bebida de salvación, y que brota en esa Cruz desde su corazón, transformándose en misericordia para el mundo.
Y te convierte en instrumento de salvación, haciéndote parte con Él de su redención. Te da una gran responsabilidad, sacerdote, pero te da el poder de saciar su sed.
«Todo está consumado».
Eso dice Jesús, y te lo dice a ti, a punto de morir por ti, sacerdote.
Porque tú eres la obra maestra que tu Señor creó. Y en ti consuma sus deseos, sus planes, sus sueños, cuando alcanzas en Él la perfección de tu alma sacerdotal, sacerdocio real y sacerdocio ministerial.
te hace luz para que, a través de ti, llegue la salvación y la vida, que con su muerte y su resurrección ha ganado para el mundo.
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Eso dijo Jesús, y esas fueron sus últimas palabras, para que lo escucharas tú, sacerdote, para mostrarte el camino de vuelta a la casa del Padre. Él es el Camino para revelarte la Verdad y puedas salvarte, porque Él es la Resurrección y la Vida, y todo el que crea en Él aunque muera, vivirá.
Y Él entrega su espíritu en las manos de su Padre, totalmente abandonado a su confianza, para enseñarte a ti a hacer lo mismo: a entregar tu voluntad a aquel que te ha creado, y que tanto te ha amado, que te dio a su único Hijo para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.
Tu Señor duerme en la paz de la esperanza en su resurrección. Tu Señor ha puesto en Dios toda su confianza manifestada en ti, sacerdote, y te envía a reunir a su pueblo en un solo rebaño y con un solo Pastor, pero no te envía solo, ahí tienes a su Madre, Él te da su compañía, y también te dice “yo te ayudo”.
Tu Señor confía en ti, sacerdote: en tu amor, en tu amistad, en tu fidelidad, en tu capacidad, en tu poder, en tu celo apostólico por las almas, en tu entrega de vida, y en tus promesas, porque Él, que ha derramado su sangre hasta la última gota, te ha dado todo, hasta su vida. Y su gracia te basta.

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SACERDOTE PARA SIEMPRE – RENOVAR LAS PROMESAS

JUEVES SANTO

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Jueves 1 de abril de 2021

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 44
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DE LA MISA DE LA CENA DEL SEÑOR – JUEVES SANTO (I)
Los amó hasta el extremo.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 13, 1-15
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: en la Misa Crismal los sacerdotes renovamos las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación.
Entre otras cosas, prometemos unirnos y parecernos cada día más a ti, renunciando a nosotros mismos y consagrando toda nuestra vida a Dios para la salvación de todas las almas.
Prepararnos seriamente y con profundidad para predicar el Evangelio.
Orar por el Pueblo de Dios y presidir digna y piadosamente los sacramentos y demás acciones litúrgicas, no movidos por el deseo de los bienes terrenos, sino impulsados solamente por el celo de las almas.
Seremos vínculo de unidad con la iglesia local y universal, actuando siempre en comunión con nuestros Obispos y con el Papa.
Es muy grande el sacerdocio que nos configura contigo, y nos exige que luchemos día a día para parecernos cada vez más a ti.
El pueblo cristiano reza especialmente por nosotros en este día que conmemoramos la institución del Sacramento del Orden. Tenemos que corresponder.
Jesús ¿cómo puedo vivir mejor el mandamiento nuevo de amar a los demás como tú lo hiciste, y dar la vida por mis amigos?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: he ganado para Dios un pueblo de sacerdotes reales, un solo pueblo santo de Dios.
Yo soy el Sumo y Eterno Sacerdote, de estirpe y descendencia real, del orden de Melquisedec.
Yo soy el Maestro, Rey de reyes y Señor de señores.
El espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido, y me ha enviado a llevar la Buena nueva y la libertad a su pueblo.
Yo soy aquel que es, que era y que ha de venir, el Todopoderoso.
Yo tomo entre mis manos el pan y lo bendigo, lo parto y lo comparto con ustedes. Y tomo entre mis manos la copa con vino, y lo bendigo y lo comparto con ustedes. Les lavo los pies, y les muestro quién soy yo, y quiénes son ustedes.
Yo soy su Maestro, y me hago a ustedes, para que ustedes hagan lo mismo, para hacerse como yo, para que en mi Pascua todos coman, y todos beban de la sangre y de la carne del Cordero. El Cordero soy yo.
Apóstoles míos, permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.
Entréguense a mí, dando su vida por mi pueblo. Ustedes son mis discípulos, y los he hecho sacerdotes ministeriales para servir a Dios, pero no los he llamado siervos, los he llamado amigos.
Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su único Hijo para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.
Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Yo soy el Hijo de Dios, y amo a mi Padre. Como el Padre me amó, así también los amo a ustedes, y yo me quedo con ustedes para que permanezcan en mi amor, porque el que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto.
La gloria del Padre está en que ustedes den mucho fruto, y sean mis discípulos, y guarden mis mandamientos, para que permanezcan en mi amor, como yo he guardado sus mandamientos y permanezco en su amor.
Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y yo no los llamo siervos, los llamo amigos.
Ustedes no me han elegido a mí, yo los he elegido a ustedes, para que den mucho fruto y ese fruto permanezca. Y lo han dejado todo para tomar su cruz, y me han seguido.
Yo voy al Padre en obediencia y por amor, a través de la entrega de mi vida para salvar a los hombres, por mi pasión, muerte y resurrección. Y una muerte de cruz.
Pero los he amado tanto que voy al Padre, pero también me ha concedido quedarme, amándolo a Él a través de los hombres, amándolos hasta el extremo.
Y me quedo como Palabra encarnada en cuerpo y en alma, en sangre y en divinidad, haciéndome a todos, a través de ustedes, mis sacerdotes, para ganar a los más que pueda, en una entrega constante, amando hasta el extremo, en un sacrificio único y eterno, por el que me hago presente en cada Eucaristía, por el que me dono en gratuidad como Dios y como hombre, por el que uno a los hombres en una única ofrenda agradable al Padre, por el que me entrego a los hombres como alimento de vida y bebida de salvación, por el que los uno al Padre en un mismo espíritu, en una comunión.
Amigos míos, tanto los amo, que me he entregado en sus manos, dándoles el poder de hacerse uno conmigo y bajar el pan del cielo. Les he confiado la misión de llevar mi salvación a todos los rincones de la tierra, haciéndolos luz y sal de la tierra, para que, a través de los sacramentos, muestren al mundo el camino, proclamen la verdad y les den la vida. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Los he enviado a ser Cristos como yo, para ser como yo, haciendo lo que yo les he dicho, lo que por mí han visto y han oído.
El que quiera ser el primero que se haga el último. Porque yo no he venido al mundo a ser servido sino a servir, y a dar mi vida como rescate de muchos. Y todo lo que pidan al Padre, se los dará en mi nombre.
Yo pido al Padre por ustedes, para que sean uno conmigo, como el Padre y yo somos uno.
Yo les he dado mi Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Yo pido al Padre, no para que los retire del mundo, sino para que los guarde del maligno y los santifique en la verdad.
Así como el Padre me ha enviado, yo los envío a ustedes, y ruego para que ustedes sean uno, y todos los que por ustedes crean en mí sean uno con ustedes y conmigo, para que todos seamos uno en mí y en mi Padre.
Les he dejado la fe, la esperanza y la caridad. De estas tres, la caridad es la más grande. El que tiene amor, nada le falta.
Demuestren su fe, cumpliendo sus promesas.
Yo he venido al mundo para cumplir las promesas de mi Padre a su pueblo, promesas cumplidas en mi muerte y resurrección.
Cumplan sus promesas demostrando su fidelidad a mi amistad, a través del cumplimiento de los mandamientos, en una entrega total, en la obediencia, la pobreza y la castidad.
Obediencia a Dios, demostrando amarlo por sobre todas las cosas.
Castidad, dominando su cuerpo, crucificando sus pasiones, renunciando a los placeres del mundo, para vivir en mi divinidad.
Pobreza de espíritu, y de pertenencias que los atan al mundo, viviendo en la esperanza, abandonados en la confianza a la providencia del Padre, demostrando que quien tiene a Dios, no le falta nada, y viviendo la caridad a través de obras de misericordia, para que sean como yo, sacerdotes configurados conmigo, Cristo Buen Pastor, para llevar a Dios a los hombres y a los hombres a Dios, cumpliendo su misión: construir su Iglesia sobre la roca que Él mismo ha elegido, extendiendo su reino en el mundo, consiguiendo para Él un solo pueblo santo, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes, en un solo redil, en unidad conmigo, en un solo cuerpo y un mismo Espíritu.
Acompañen a mi Madre, compadézcanse de ella, y con ella acompáñenme todo el tiempo, no me dejen solo ni un momento, consuélenla y acompáñenla, porque este templo fue destruido, pero en tres días fue reconstruido, y han sido hechas nuevas todas las cosas».

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Madre mía: fue muy duro para ti este día, porque sabías cuál era la misión que tenía que cumplir tu Hijo, entregando su vida en la Cruz.
Yo quiero acompañarte en este sufrimiento, entregando al Señor mi vida contigo.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ayúdame a cumplir fielmente mis promesas sacerdotales; déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: el pueblo de Dios necesita muchos sacerdotes santos, verdaderos sacerdotes, instrumentos fidelísimos de Dios que administren su misericordia y lleven al mundo su Palabra y su amor. 
Mi Hijo Jesús se dio a sus discípulos con el ejemplo, instituyendo el sacerdocio real y ministerial, enseñándoles a amarse los unos a los otros, a obrar con humildad, y a hacerse el último, el servidor de todos. Y aun sabiendo quién lo habría de traicionar y quien lo habría de abandonar, se dio, a todos. 
Qué satisfacción, qué orgullo, qué alegría sentí en mi corazón de madre cuando lo vi lavando los pies de sus discípulos, sus servidores, a quienes había llamado amigos: mi Hijo estaba cumpliendo su misión, estaba dando ejemplo, dándose, entregándose, sirviendo, amando hasta el extremo, quedándose para siempre en la Eucaristía.  El Hijo de Dios entregándose con toda su humanidad y su divinidad, en manos de los hombres. 
Y qué impotencia sentí al ver a mi Maestro y Señor haciendo tal labor, cuando su esclava soy yo.  Y quise hacerlo en su lugar. Pero entendí que Él debía sufrir su pasión redentora, que comenzaba allí, mientras yo lo acompañaba con mi oración y con el sufrimiento de mi corazón, participando de su pasión como corredentora. 
Yo también compartí la Pascua con mi Hijo, y lo abracé despidiéndome de Él, para luego quedarme con las mujeres, mientras Él se iba con sus amigos.
Y compartí con Él su angustia. Y lloré y oré.
Y en ese abrazo entregué mi vida al Padre, en lugar de la suya, pero Él me pidió entregarla con la suya en comunión, como una sola ofrenda y un mismo y único sacrificio.
Ustedes son sus amigos. Entreguen su vida conmigo, en una sola ofrenda, y un mismo y único sacrificio.
Ustedes han sido llamados para ser pastores, para dar la vida por sus ovejas.
¿Y quién dará la vida por ustedes?
Aquí tienen a su Madre. Yo he dado la vida por ustedes, intercediendo, sirviéndolos, auxiliándolos, acompañándolos para que nunca estén solos, porque la soledad los debilita ante las tentaciones, pero mi compañía los fortalece y los protege, a través de mi oración y el servicio en obras de misericordia.
Compartan conmigo el dolor de mi corazón, y acompáñenme».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – RENOVAR LAS PROMESAS
«Tomen, esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre de la Nueva Alianza, que es derramada por muchos» (Mt 26, 26-28).
Eso dijo Jesús, cuando instituyó la Eucaristía.
Y eso dices tú, sacerdote, en cada celebración en memoria suya, mientras Él se hace presente a través de la transubstanciación.
Y tú, sacerdote, lo haces posible.
Tú eres sacerdote para siempre. Para partir el pan, para convidar el vino, verdadera carne y verdadera sangre de tu Señor, que es verdadera comida y verdadera bebida de salvación.
Él te da ese poder, y también te da el poder de perdonar los pecados y de impartir los sacramentosenseñando renovando su sacrificio único y eterno, pero incruento, hasta el final de los tiempos, instituyendo el sacerdocio, para compartir no sólo su Cuerpo y su Sangre, sino también la gloria de su resurrección y la vida eterna.
Tu Señor te ha lavado los pies, sacerdote, para enseñarte lo que tú debes de hacer, para que aprendas a amar hasta el extremo, como Él, humillando tu humanidad y su divinidad, ante la ignorancia, la indiferencia, la impiedad, la iniquidad, la maldad, la crueldad y la obscuridad de los hombres, que no saben lo que hacen, porque no conocen la verdad.
te pide amarlos, como los ama Él, y te pide enseñarlos a amar como Él, y te hace luz del mundo y sal de la tierra, y te da el poder de ser Cristo, como Él, para reunir a su pueblo en un solo rebaño y con un solo Pastor.
te configura con Él mismo, que es el Buen Pastor, y te envía a llevar su misericordia a todos los rincones del mundo, para cumplir con Él su misión de salvación, que es para lo que Él ha venido al mundo, porque Dios amó tanto al mundo, que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna. El cual, siendo de condición divina, no codició ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, y hecho semejante a los hombres, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Y tú, sacerdote, ¿eres un siervo digno de ser en todo igual a tu Señor?
Déjate lavar los pies, déjate limpiar por Él, porque Él es quien te hace digno. Él te perdona y te llena de su amor y de su misericordia, para que tú vayas y hagas lo mismo.
Renueva, sacerdote, tus compromisos.
Humíllate ante tu Señor, pide perdón, y la conversión de tu corazón.
Confía en su bondad, en su poder y en su amor, y Él renovará tu alma sacerdotal, encendiendo en tu corazón el fuego apostólico de tu vocación, para que cumplas tu ministerio en virtud y perfección, alcanzando la santidad con la gracia que el Espíritu Santo ha infundido en ti, cuando has sido ungido con el Sacramento del Orden Sacerdotal.
Tú eres sacerdote para siempre.
Pero sigues siendo discípulo, y tu Señor es tu Maestro. Él te ha dado ejemplo, para que tú seas ejemplo para su pueblo.
Y tú, sacerdote, ¿estás dispuesto a ser en todo como tu Maestro?

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