Jaime Rodríguez Leyva
Existe un solo hecho cierto que sabemos sucederá en nuestra vida: un día moriremos. La única diferencia será el tiempo y circunstancias en que esto suceda.
A pesar de que este conocimiento ligado al ser humano como la sombra a la luz nos acompaña y desde que somos conscientes del mismo, en raras ocasiones estamos preparados. Sin duda cuando perdemos un ser querido, este desprendimiento puede ser muy doloroso. Este misterio tan grande cuando lo vemos a la luz de la fe sólo podemos entenderlo a través de la experiencia del amor de Dios mostrado en su máxima expresión en la Cruz. Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo, pasa por la muerte para darnos vida, el Padre acepta con agrado este sacrificio y María al pie de Cruz, sólo puede ofrecer su gran dolor por la misma causa de su hijo: la salvación de los hombres.
Dolor, sufrimiento, separación, como penetran en lo más íntimo del hombre y, paradójicamente son los medios escogidos por Dios para su salvación. Es en la cruz donde se da el sacrificio de amor, de redención. La diferencia ahora es, que en esta cruz está Cristo con un corazón traspasado por amor a los hombres dando un nuevo significado: salvación, redención, nueva vida, vida eterna!
Hoy más que nunca vivimos una época donde queremos desaparecer el dolor, sufrimiento de cualquier forma en la vida de la humanidad; seguimos buscando utópicamente la fuente de la eterna juventud, evitando así enfrentar nuestra realidad. Contrariamente, Cristo nos invita a participar del misterio de la cruz, tomar nuestra cruz de cada día que en algún momento será enfrentar la pérdida de un ser querido. Si este sufrimiento a través de la gracia de la Cruz de Jesús, se transforma en su cáliz, cruz salvadora -inclusive para el mismo ser amado que perdimos- sin duda, cuando logramos entender esto y unimos nuestro dolor al dolor de Cristo, a ejemplo de María, será de gran consuelo para nosotros.