Adán Torres Dorantes
Quién de nosotros no ha visitado un cementerio en su vida, ya sea para llevar flores a la tumba de sus seres queridos, o bien, para asistir a un funeral, normalmente estos lugares nos producen si no miedo al menos tristeza porque yacen allí aquellos que no volveremos a ver con vida y es algo normal, hasta natural porque tememos a lo que no conocemos, en este caso, la muerte, pero veamos esta acción a la luz de la fe y encontremos en ello un acontecimiento de gran valor espiritual y sumamente piadoso.
Es muy común ver epitafios en las tumbas de los diferentes lugares de nuestro país; leyendas como la siguiente llaman mucho la atención de muchos fieles al leerlas: “Aquí yacen los mudos huesos de los difuntos que a la vez no se callan, claman: lectores arrepiéntanse de sus malas costumbres porque si la muerte llega repentina, la pena será eterna” y ésta es una de las grandes verdades que nuestros difuntos gritan; cada vez que visitemos un panteón pongamos atención a esos mensajes que los muertos nos dicen, no sintamos pena ni miedo, más bien escuchemos a la luz del evangelio esa voz que nos dice: después de la muerte ya en nuestra tumba nada podremos hacer por nuestra salvación, y es triste ver a muchos fuera de ella que viviendo en el pecado, es como si existieran sin vivir.
Traduzcamos todo esto: cada vez que veas o vayas a un panteón piensa dos cosas: la primera, aún puedo ayudar a los difuntos rezando por sus almas y éstos puedan tener descanso; la segunda, y más importante: piensa que tú estás vivo y puedes cambiar lo que está mal en ti y que no agrada a Dios. Los muertos nos invitan a convertirnos en buenos cristianos porque sólo así se puede llegar a la resurrección, nos invitan a ir al cielo donde están todos los santos, de quienes también celebramos su fiesta en estas fechas.
Haciendo un análisis histórico, la muerte es uno de los primeros problemas en los que el hombre pensó, desde la antigüedad sintió la necesidad de plasmar de alguna forma el dolor que sentía al desprenderse de un ser querido, y lo hizo en el arte primitivo que conocemos como pinturas rupestres donde ya podemos ver de manera gráfica el mensaje que los difuntos y la muerte de un ser querido expresan.
Los muertos nos invitan a vivir, puede sonar ilógico, quizá irracional, pero nuestro cuerpo una vez muerto es inútil para obtener la salvación; no vivamos en la mediocridad, eso es desgastarnos, pero sobre todo es desperdiciar el don que Dios nos ha dado como primera vocación, como primer llamado, la vida; el tiempo no se recupera y la vida pasa, es efímera, preparémonos bien para el goce eterno que será con el Creador y autor de todo lo que existe desde la percepción que sólo dos cosas sabemos con certeza absoluta, que hemos nacido y que algún día tenemos que morir, por eso recemos por nuestros difuntos y escuchémo