El Año Nuevo es un rito de renovación en todas las culturas, una fiesta compartida en el mundo. “Creyentes, agnósticos, ateos y miembros de todas las creencias podemos estar de acuerdo: sin renovación de la esperanza no es posible vivir, y este es el profundo significado de esta festividad”.

Para numerosas personas, el Año Nuevo es una ocasión para afianzar sus lazos sociales. Durante las celebraciones se reúnen con amigos y familiares y suelen acompañarse de rituales importantes: desde los alimentos que se preparan para la cena, estar en familia, realizar algún viaje o hasta tener una experiencia que marque de manera especial el inicio de otro año. “Somos seres gregarios, en la medida que nos vinculamos con otros nos vamos construyendo como sujetos”.

Las reflexiones de esta temporada no siempre se dan en términos positivos, respecto de lo que una persona esperaba de sí o lo que su contexto social más cercano deseaba de ella.

“Lo importante es no soltar la posibilidad de pensarse, hacerse preguntas con relación a lo que quiero, realizar una evaluación y saber dónde está colocado mi malestar. A lo mejor la forma en que evalúo el paso del año no sea tan positiva, pero el inicio de ciclo nos permite replantearnos expectativas y deseos”.

Durante el fin de año aumentan los cuadros depresivos, la ansiedad, en gran medida porque se piensa en las pérdidas que hubo, las personas que ya no están, situación que experimentan en mayor medida los adultos mayores, razón por la cual no hay que olvidarlos en estas fechas de cierre de ciclos e inicio de nuevas etapas.

 “Es un momento para recordar, expresar los sentimientos y puede serlo también para encontrar un sentido a lo acontecido”.

Integrar a los infantes y jóvenes a la reflexión y a los rituales  es importante, ya que una forma en la que los niños se comunican es a través del juego, entonces, podemos incorporarlos mediante esta forma de expresarse, de simbolizar sus vivencias y constituirse.

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