Un hecho, un acontecimiento que ha cambiado el curso de la historia. Dios se hizo hombre para hacernos hijos de Dios (San Ireneo). Esta es la alegría de la Navidad: «Hoy les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor » (Lc 2,11, Evangelio de la noche). El Señor Jesús se acerca a nosotros para decirnos que no tengamos miedo, que rompamos la indiferencia de los unos hacia los otros, porque Dios, en su Hijo Jesús, se ha comprometido con la humanidad herida por el pecado para salvarnos.

 El pesebre

«Cuando se le cumplieron los días del parto, dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre» (cfr. Lc 2,7, Misa de la noche). Dios Padre, el Todopoderoso, a través de María, deposita en un pesebre a un Niño, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Un Niño que inicia un nuevo Reino, una nueva Historia de salvación: un Reino de justicia y paz, de amor y verdad.
«Lo puso en un pesebre». El niño Jesús está acostado en el lugar donde comen los animales. Un comienzo que sugiere que toda la vida de Jesús será así: los ángeles cantan en el cielo y un rey lo persigue; un día será aclamado por el pueblo y al día siguiente será condenado por la misma multitud. Un día hecho rey y al siguiente clavado como un malhechor. El rechazo y la gloria serán los signos que distinguirán a este Niño.
Pero también hay otro detalle que se suele indicar en los iconos. Como hemos dicho, ese Niño es colocado donde se alimentan los animales. Este Niño, que necesita alimentarse para crecer, es celebrado desde el principio como el «pan» que alimenta: «Haced esto en memoria mía». Este Niño, en estos detalles, se nos revela por lo que es, pero al mismo tiempo nos revela el camino para una vida buena. En una época en la que el hombre es esclavo de sus propios apetitos superficiales, Jesús señala una vida nueva capaz de poner orden en los muchos apetitos desordenados que no satisfacen más que el propio anhelo de emanciparse de Dios, de engañarse a uno mismo pensando que es «como Dios», al igual que sucedió en el pecado original: «La mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir sabiduría; tomó del árbol y comió, y luego se lo dio a su marido» (Gn 3,6). En ese ‘estar en el pesebre’, Jesús nos enseña a nutrirnos de lo que cuenta para que de ser comedores compulsivos aprendamos a ser «pan que se da». Basta recordar que la primera de las tentaciones de Jesús en el desierto se refería precisamente al concepto de «alimento»: «Di que estas piedras se conviertan en pan…” La respuesta de Jesús, “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,3-4), nos muestra el estilo que hemos de adoptar.

Los pañales 

María «envuelve» al Niño «en pañales»: incluso en su precariedad, está organizada. Esto sugiere que debemos aprender a «organizarnos» para que el Niño que pide nacer en nuestros corazones, en nuestras vidas, encuentre acogida, cuidado y protección. En otras palabras, podemos decir que la memoria de la Navidad del Señor ilumina los «nacimientos cotidianos» en los que la fe -es decir, la amistad con el Niño Jesús- pide ser acogida y guardada en los «pañales» de nuestra atención y cuidado, para que no se estropee.
En ese «niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, se nos invita a ver la lógica con la que actúa Dios y de la que aprendemos a actuar «como Dios». Se nos invita a invertir nuestra lógica, nuestras estrategias: se nos pide un cambio de mentalidad y de perspectiva. No cuenta lo grande e importante, sino lo pequeño y aparentemente insignificante: de lo grande a lo pequeño, de la fuerza a la debilidad, del poder al don, ¡porque así actúa Dios! También nosotros, como cristianos, estamos llamados a ser un «signo» discreto del poder del amor de Dios, un humilde instrumento del Reino del Señor, seguros de que «lo que es débil en Dios es más fuerte que los hombres» (cfr. 1Co 1,25). El término «signo» no debe entenderse como debilidad o rendición, pues si «la sal pierde su sabor… no sirve para nada sino para ser tirada» (cfr. Mt 5,13). Nuestro ser cristianos debe convertirse en ese recuerdo vivo y creíble del grano de trigo que da fruto; un «signo» del Niño de Belén, Jesús, aquí y ahora. Una forma de vivir y actuar capaz de mostrar la alegría de la Navidad, una Vida dada desde lo alto, capaz de «romperse» por los demás por amor.

Navidad

La Navidad de nuestro Señor Jesús nos recuerda que Dios está presente en todas las situaciones en las que creemos que está ausente o en las que creemos que no puede estar presente. La fe nos impulsa a mirar este tiempo con mayor serenidad y esperanza: Dios está aquí, tan presente que, de hecho, nos está pidiendo que revisemos nuestras costumbres. Nos invita a recordar que vino a salvarnos, y que  en Él podemos salvarnos sólo si caminamos juntos, si aprendemos a cuidarnos unos a otros. Estamos invitados a hacernos «pesebres», donde otros puedan alimentarse del pan de la amistad, del amor, de la misericordia y de la esperanza. El Señor se nos ofrece para que lo llevemos con el testimonio de nuestra vida. Como cristianos, estamos invitados a asumir la esperanza de esta humanidad tan desorientada y sola, a ser centinelas de la nueva mañana… para que las tinieblas de este tiempo sean atravesadas por la Luz que viene del Señor Jesús y que es el Señor Jesús.

Jesús, realidad decisiva de la existencia

Él es la realidad decisiva de nuestra existencia. Del Señor Jesús, que se hizo cercano a nosotros, aprendamos a hacernos hermanos para compartir solidaridad y cercanía interior, a fin de que podamos alabar a Dios junto a los ángeles diciendo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los que son amados por el Señor».

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