En la Cuaresma pasada, el Papa Francisco dijo que, “cuando no vivimos como hijos de Dios a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y también hacia nosotros mismos”, pero hay una fuerza regenerativa en el arrepentimiento y el perdón. En esta Cuaresma, podemos hacer el propósito de cuidar especialmente la Penitencia hecha sacramento, es decir, el Sacramento de la Confesión. Hemos de fomentar la contrición sin darla por supuesto. Examinarse no es fácil, es tarea que dura toda la vida, por eso con frecuencia los niños piden a sus padres ayuda para hacer su examen de conciencia antes de confesarse. ¡Cuánto ayuda a los niños las sugerencias de sus padres para vivir bien la Cuaresma!
A veces uno se pregunta: ¿qué sacrificios se pueden hacer? Quizás podrían ser algunos de los siguientes: cumplir el pequeño deber de cada instante con alegría, vencer la flojera y la soberbia, comer lo que no gusta (aunque sea una cucharadita); no ver muchas películas, escuchar poca música, usar menos el celular para poder mirar de frente y a los ojos a las personas, vivir la paciencia y la caridad, ser más compresivos y ponerse en el lugar de otros.
Al prepararnos para la Confesión, hacemos examen de conciencia. Si el examen de conciencia no concluye en dolor, no procede del amor. La verdadera contrición incluye propósitos de enmienda. ¿Qué son nuestros pecados? Pequeñas o grandes ataduras que nos impiden la unión con Dios, o al menos la retrasan. Con un pequeño esfuerzo se nos borran los pecados. Toda Confesión es un encuentro con la misericordia divina. En este sacramento se paga nuestra liberación ¡con la Sangre de Cristo! San Juan Pablo II recordaba la importancia de estas palabras: “Padre, he pecado”.
Dios tiene una palabra para cada uno de nosotros, pero a veces no lo oímos por falta de recogimiento. Esta Cuaresma podemos darle a Dios tiempo de oración.
La propuesta de Dios para cada Cuaresma es grande: es hacernos nuevos a través de la conversión; convertirse es buscar a Dios. Significa cambiar de rumbo en el camino de la vida: pero no con un pequeño ajuste, sino con un verdadero cambio de sentido. Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, que a menudo nos hace esclavos del mal. La conversión es una elección de fe que nos lleva a la amistad íntima con Jesucristo. Tenemos necesidad de él, que lleva a la alegría infinita.
Podríamos decir que este es un tiempo de “combate espiritual” que hay que librar juntamente con Jesús, sin orgullo ni presunción, sino más bien utilizando las armas de la fe, es decir, la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la penitencia. Si en el corazón de las personas persisten rencores y malquerencias, no puede germinar allí la paz.