¿Y si misionamos desde las redes?
La Iglesia encontró en las redes sociales un territorio donde millones de jóvenes pasan buena parte de su vida. Sacerdotes, religiosas y laicos aprendieron a evangelizar con videos de menos de un minuto, mientras el Vaticano intenta responder una pregunta inédita: ¿cómo se anuncia la fe en la era del algoritmo?
Cinthya Sánchez
Son las diez de la noche. En distintos puntos de México comienzan a encenderse pequeñas luces. No son veladoras. Son teléfonos celulares. Una mujer escribe desde Chihuahua que su matrimonio está a punto de romperse. Un universitario de Monterrey pide oración porque la ansiedad no lo deja dormir. Una madre pregunta cómo explicarle a su hijo la muerte de su abuelo. Alguien más, desde Estados Unidos, simplemente escribe: “Necesitaba hablar con Dios”.
Ninguno entra a una iglesia. Todos abren TikTok. Del otro lado de la pantalla aparece un misionero digital, saluda, hace la señal de la cruz y comienza a rezar el rosario. Los comentarios empiezan a subir con la velocidad de cualquier transmisión en vivo: manos juntas, corazones, peticiones, agradecimientos.
Durante casi una hora, cientos de personas que probablemente nunca compartirán el mismo templo rezan al mismo tiempo desde habitaciones, salas, automóviles o camas. No hay campanas ni bancas de madera, tampoco vitrales. Hay una pantalla. Y para Esteban, ese también es territorio de misión.
Hace apenas unos años esa escena habría parecido una contradicción. El mismo algoritmo que unos minutos antes recomendaba bailes, recetas de cocina, bromas o videos de gatos ahora reúne a desconocidos para rezar un rosario. La aplicación diseñada para retener la atención se convirtió, inesperadamente, en un espacio para hablar de Dios.
Durante siglos la iglesia católica entendió la evangelización como un movimiento físico. Los misioneros cruzaban océanos, caminaban pueblos, levantaban parroquias, organizaban misiones y recorrían comunidades donde la presencia de un sacerdote era escasa, pero el Internet cambió las coordenadas.
Los nuevos misioneros digitales ya no cargan únicamente una Biblia. También llevan un teléfono celular.
Durante mucho tiempo la Iglesia observó ese fenómeno con cautela. Mientras millones de jóvenes abandonaban los medios tradicionales para instalarse en TikTok, Instagram o YouTube, algunos sacerdotes, religiosas y laicos comenzaron a hacer algo que parecía insólito: utilizar el mismo lenguaje de las redes sociales para hablar del Evangelio. Grababan videos de menos de un minuto, respondían dudas sobre la Biblia, transmitían el rosario en vivo, explicaban sacramentos y contaban cómo vivían su fe entre tendencias virales, filtros y música de moda.
No todos dentro de la Iglesia entendían lo que estaba ocurriendo. Lo que comenzó como iniciativas aisladas terminó convirtiéndose en un movimiento internacional, tanto que no solo los reconocieron, sino que los invitaron al Vaticano.
En 2023, durante la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, muchos de esos creadores de contenido se conocieron por primera vez. Poco después, el Vaticano decidió reunirlos oficialmente. Llegaron desde unos cincuenta países. Eran sacerdotes, religiosas, matrimonios, músicos, comunicadores y jóvenes laicos con millones de seguidores acumulados entre TikTok, Instagram, Facebook y YouTube. Compartían una misma intuición: las redes sociales ya no eran solamente un lugar para entretenerse. También podían convertirse en un espacio de encuentro espiritual. La Santa Sede dejó de llamarlos simplemente influencers. Les dio un nombre mucho más revelador: Misioneros Digitales.