Cynthia G. de Hernández

«¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Qué más puedes querer?»

Estas palabras son parte de una de las conversaciones de la Santísima Virgen con San Juan Diego. Palabras que cada uno necesitamos grabarnos en el corazón, porque siempre habrá cosas que nos aflijan. Ella en su misericordia materna, sabe y conoce qué es lo que sucede en nuestras vidas. María se duele, se preocupa e intercede por nosotros. Pero también sabe que es parte de la vida del hombre llevar la Cruz de su Hijo amadísimo que, llevando esa Cruz con amor, nos templa, nos hace fuertes y nos mereceremos estar junto a la Santísima Trinidad gozando de su gloria para la eternidad.

Ella conoce nuestras penas y sabe que no es conveniente evitarnos todos los sufrimientos, lo que sí anhela es que la dejemos estar a nuestro lado, muy cerca y nos pide que vayamos a ella, que nos acerquemos a llorar, a contarle, a pedirle su auxilio.

El consuelo más grande que tenemos sus hijos es creer que ella se apareció y se quedó. Que estamos bajo su manto y en el cruce de sus brazos. ¿Qué niño pequeño se cae de los brazos de una madre cuidadosa? Ninguno. Tú y yo estamos ahí, no nos dejará caer, no nos desamparará, no nos olvidará ni un segundo. Nos tiene en su corazón, si nosotros también la tenemos en el nuestro.

 

Gracias Niña Mía, la más pequeña de mis hijas, así la llamaba Juan Diego, llámala tú así, con esa inocencia y ternura, verás cómo tu corazón no puede endurecerse, no puede cerrarse a la gracia de creer con todas sus fuerzas, que no hay nada que nos pueda afligir hasta llegar a desesperar. Ella enjugará nuestras lágrimas, no con un pañuelo, las enjugará con sus propios labios, llenándonos de besos y caricias maternales.

Ella, la Princesa, la Reina, la Amada por Dios, ha puesto en los corazones de sus pequeños hijos, los más pequeños, esa certeza de su desvelo, de su amor privilegiado, porque no ha hecho cosa igual con ninguna otra Nación. No tenemos obligación de creerlo, pero qué alegría los que sí creemos porque se nos esfuman todos los temores y miedos de estar solos. Me dan pena los que no creen, porque ¿si tú estás conmigo, a quién temeré?

La Santísima Virgen al escoger a un indígena como su intermediario ante el Obispo Fray Juan de Zumárraga, nos hace pensar en nuestros indígenas, México como otros países necesitan de sus indígenas y los indígenas necesitan de su País. Necesitan de la justicia, de la equidad, del respeto, de su dignidad.

Amemos con todo el corazón nuestra raza, vivamos nuestras costumbres con raíces cristianas, llevemos de rodillas a nuestra Patria y pongámosla como ofrenda ante nuestra Santísima Madre. Que nos conceda la paz, que construyamos la paz, y que seamos sembradores de alegría. Esa alegría que sólo puede darse en vidas limpias, en vidas que se esfuerzan por hacer la voluntad de Dios, en cumplir los mandamientos con generosidad, no solo por miedo a perder el Cielo, sino con el deseo de hacer feliz a nuestro Dios.

Cuántas sonrisas podemos sacarle a Nuestra Madre de Guadalupe este diciembre, tratando bien a su Hijo, poniéndolo en el centro de nuestras celebraciones, en el centro de nuestros hogares, perdonando, disculpando, cediendo, tolerando, siendo apoyo y buen ejemplo para otros… nos necesitamos tanto, ¿por qué crear divisiones? ¿por qué no pasar inadvertidos? ¿por qué no servir sin ser notados? Pidámosle a la Virgen que nos haga personas pequeñas ante sus ojos y que nos sintamos felices de servir a cualquiera, pues todos somos hermanos en un mismo Padre.

¡Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros!

¡San Juan Diego, ruega por nosotros!

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