En este mes de junio, celebramos una de las solemnidades más conocidas, el Sagrado Corazón de Jesús. Y como la Iglesia misma, en su tradición y doctrina nos enseña, consideramos el gran amor que Cristo tiene para la humanidad, cuyo signo sensible es su corazón humano, herido como resultado del amor llevado al extremo, pues sólo el corazón de Jesús, que conoce la profundidad del amor del Padre, puede mostrarnos su eterna misericordia (Cfr. CEC, 1439).
Tradicionalmente hemos colocado el corazón como centro o fuente de todo lo bueno y bello que se puede conocer de una persona, lo cual queda manifiesto en la correcta relación entre su sentir y actuar, de esta manera Jesús revela su corazón como amante y amable, nos procura la grandeza de su amor a la vez que nos incita a amarlo y seguirlo.
Esta devoción encuentra su especial manifestación por el siglo XI y XII, en el ambiente de fervor de los monasterios, aunque no se tiene claro dónde o por quién inicia.
Santa Gertrudis (1256-1302), durante la fiesta de San Juan Evangelista, tuvo una visión en que se le permitió recostarse en el costado herido de Cristo, logrando escuchar los latidos de su corazón. Ella preguntó a Juan si había escuchado lo mismo y por qué no habló de ello, a lo que el Evangelista respondió que era una revelación reservada para los momentos en que la frialdad del mundo necesitara de un nuevo impulso a su amor a Dios («Legatus divinae pietatis», IV, 305; «Revelationes Gertrudianae», ed. Poitiers y París, 1877).
En los siglos siguientes se extendió esta devoción, principalmente entre las órdenes religiosas. Ya para el siglo XVI es una devoción generalizada con oraciones y ejercicios especiales, muchos fueron los santos que la practicaban y hablaban de ella. Es san Juan Eudes quien celebra la primera fiesta del Sagrado Corazón de Jesús el 31 de agosto de 1670, en el Seminario de Rennes, difundiéndose en otras diócesis.
Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690) es elegida por Cristo para revelarle su corazón amoroso y confiarle la tarea de impulsar su devoción. En una de sus visiones le permitió también recostarse en su costado herido; en otra, le descubrió las maravillas de su amor para que las mostrara a la humanidad. En una revelación, en que Jesús aparece radiante de amor, le pidió que se practicara una devoción de amor expiatorio: la comunión frecuente, cada primer viernes de mes y la observancia de la Hora Santa.
En una de sus revelaciones, Jesús muestra su corazón a Santa Margarita, diciendo: “Mira el Corazón que tanto ha amado a los hombres… en vez de gratitud, de gran parte de ellos yo no recibo sino ingratitud». Y le pidió que se celebrase una fiesta de desagravio el viernes después de la octava de Corpus Christi. Tras compartir estas revelaciones con el Padre de la Colombière, éste se consagró al Sagrado Corazón y promovió arduamente su devoción.
En 1765, Roma permite la celebración de la fiesta en su honor. Posteriormente, el 11 de junio de 1899, el Papa León XIII, consagra solemnemente toda la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús.
Hoy, como fieles cristianos, debemos considerar que en la celebración de esta devoción, Jesús nos invita a considerar el gran amor que Dios nos tiene, expresado a través de su Hijo amado; amor que se extiende y abraza a todo, y que en reciprocidad, amemos a Jesús tanto como él nos ama, al recibir la Eucaristía en reparación y mostrando compasión por Jesús sufriente. Unamos nuestro corazón al corazón de Cristo.