El evangelio nos cuenta que a los ocho días de la resurrección, Jesús se hizo presente en medio de los apóstoles. Tomás, uno de los doce, que no estaba presente la primera vez y dudó que Jesús estuviera vivo, se encuentra de frente con el Señor. ¡Qué gran misericordia la del Señor! Entregar la vida para la salvación de la humanidad, y una vez resucitado mostrarse para confirmar su palabra y fortalecer la fe: “Tú crees porque me has visto, dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20, 29).

Previamente, el día de la resurrección, Jesús otorga la capacidad de perdonar los pecados a sus discípulos, gracia que recibimos en el sacramento de la Reconciliación o Confesión, donde Dios perdona nuestras faltas real y totalmente. Ésta es la gracia de la misericordia de Dios.

En una revelación personal, en febrero de 1931, el Señor Jesús se dirigió a Santa Faustina Kowalska hablándole sobre su Divina Misericordia, estas revelaciones quedaron consignadas en sus diarios. Llegado el momento, el Señor pidió a Santa Faustina realizara una imagen tal y como se le manifestaba, la primera imagen fue realizada por Eugenio Kazimirowski con las instrucciones de Santa Faustina: vestido de blanco, con la mano derecha elevada, haces de luz roja y blanca manando de su corazón (la luz blanca representa la justificación del bautismo y la roja la sangre de Cristo, que es vida de las almas) y la inscripción “Jesús, en vos confío”. La imagen más conocida es obra de Adolf Hyla, que la ofreció como agradecimiento por la salvación de su familia de la guerra.

Por este motivo, y para resaltar el gran valor de este don, el Papa San Juan Pablo II, en el año 2000 declaró el segundo domingo de Pascua como el Domingo de la Divina Misericordia, al tiempo que declaraba santa a Sor Faustina. Al cumplir con las condiciones requeridas este domingo, podremos obtener la gracia de la indulgencia plenaria. Esta devoción tiene como rezo especial la Coronilla de la Misericordia.

Jesús se ha manifestado de esta manera para invitarnos a buscar la gracia de su misericordia, expresada en el perdón de nuestros pecados, y como preparación inmediata para su segunda venida, ya que declaró: “Quien no quiera pasar por la puerta de mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de mi justicia”.

Hoy que tenemos la oportunidad de acercarnos al sacramento de la Reconciliación, acudamos con corazón penitente y dispuesto a cambiar, para que al encuentro con Cristo podamos proclamarlo con la alegría del amor: “Señor mío, y Dios mío”.

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